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VI Domingo de Pascua. Ciclo A

Amados para amar[1]

Continuamos el tiempo de Pascua. La oración inicial de la Eucaristía, nos ayuda a mantener el tono de fiesta y alegría, porque pide a Dios que nos conceda “continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo Resucitado.”[2] La Pascua es tan importante en la vida del bautizado que vale la pena vivirla en plenitud.

En muchas de nuestras presencias escolapias, en estas semanas, muchos niños y adolescentes reciben el Bautismo, la Eucaristía y la Confirmación. Después de un tiempo prolongado de preparación, resulta muy gozoso recibir los Sacramentos de Iniciación, que nos injertan más plenamente en el misterio de Cristo y a la vez revitalizan nuestra comunidad cristiana.

El Espíritu Santo irrumpe con fuerza en los textos de este domingo. Sentimos ya la proximidad de la fiesta de Pentecostés. La misma presencia de la Virgen María en este mes de mayo, que celebramos de forma particular con la fiesta de la Virgen de las Escuelas Pías, nos infunde un nuevo impulso en la vivencia de la espera del Espíritu. Ella que acompañó a los discípulos en su espera del Espíritu, también nos acompaña y nos guía en nuestra oración. Junto a Ella, invocamos al Espíritu:

Ven, Espíritu Santo.

Transforma mi vida.

Purifícame por tu gracia.

CANTO: Pedimos el Espíritu[3]

1.Si me amáis, guardareis mis mandamientos.[4]

En la intimidad de la última cena, Jesús dirige estas palabras a sus discípulos. En la cruz, les revelará su amor hasta el extremo, que cada uno personalizará en su vida cotidiana. En respuesta a su amor, Él nos pide que le amemos. Un amor que no se agota en un deseo o un sentimiento de agrado o bienestar, sino que reclama una disponibilidad a vivir en su voluntad, a custodiarlo en la lectura amorosa y orante de la Palabra de Dios; en la comunión con Él, particularmente en la participación en la Eucaristía; en el permanecer con Él, dejando que nos llene de su amor para luego derramarlo generosamente en el servicio a los hermanos…[5]

Los niños expresan su deseo de buscar y amar a Jesús. En Él, encuentran un amor, paz y alegría que les devuelve la confianza en sí mismos, en los amigos y compañeros, en los mayores… En su simplicidad acogen la ternura de Dios, convencidos de que no les abandonará, ni les hará daño. Saben que, junto a Él, nada hay que temer. Por eso, aman escuchar su Palabra, recogerse en su interior, invocarlo, con fe, esperanza y amor, dejar que él los colme de sus dones y gracias.[6]

Recógete en silencio. Haz memoria de los acontecimientos de tu vida, en los que reconoces su amor singular por ti. En tu interior, escucha su voz:

Ven a mí.

Ámame.

Guarda mi presencia en Ti.

2.No os dejaré huérfanos. Yo pediré al Padre que os dé otro Defensor, el Espíritu de la Verdad.[7]

Jesús nos promete el don del Espíritu Santo, que llama Paráclito, Defensor. El Espíritu nunca nos deja solos, está junto a nosotros, como alguien siempre dispuesto a mantenernos en la comunión y presencia de Dios, cuando nos dejamos vencer por las distracciones y tentaciones. No nos abandona nunca, quiere quedarse siempre con nosotros. En la medida que le invocamos y le abrimos nuestra intimidad, él nos colma de sus dones y frutos. Él es un buen amigo. Cuando nos equivocamos, nos sugiere con suavidad y cariño, el camino que debemos seguir.[8]

San José de Calasanz nos dejó escrito: Sabe Dios con cuanto afecto le deseo a V. R. la asistencia continua del Espíritu Santo, de modo que tratando con él «a puerta cerrada”, al menos una vez o dos al día, sepa guiar la navecilla de su alma por el camino de la perfección religiosa hacia el puerto de la felicidad eterna, siendo éste el primero y principal asunto que debe tratar cada uno de nosotros, y si éste va bien, todos los demás asuntos se resolverán con buen éxito en la presencia de Dios, aunque parezcan de otra manera a la prudencia humana.”[9]

En esta carta, el Santo nos transparenta la confianza que tenía en el Espíritu Santo. Él es quien nos ha de guiar. Por eso, hay que estar atentos a lo que Él inspire. Para ello, es preciso tratar con Él, “a puerta cerrada”, porque así guiará la navecilla de la propia vida.

Entra en tu interior. Escucha al Espíritu. Te acompaña, te protege y te guía. Atiende su voz:

Acógeme en ti.

Escúchame.

Déjame guiarte a la felicidad.

En dinámica de oración

Jesús te escucho, como les dijiste a tus discípulos: “Si me amas, guardarás mis mandamientos.” Amarte es mi mayor alegría.  Disfruto al escuchar tu Palabra, al invocarte en el corazón, al recibirte en la Eucaristía, al compartir con los hermanos…

Quiero amarte con el entusiasmo del discípulo, dispuesto a dar su vida por Ti,[10] y con la sencillez del niño, que se sabe pequeño y necesita ser adulto para crecer en un amor más veraz y auténtico.[11]

Guardo silencio. Atiendo mi respiración serena y pausada. Sé que el Espíritu de Dios permanece en mi interior. Él me acompaña y guía. Centro mi atención en la invocación de su nombre. Me dejo guiar por sus inspiraciones:

Ven, Espíritu Santo

Ven, Espíritu Defensor.

Defiéndeme del engaño.

Guíame y protégeme.

Canto: Os daré el Espíritu Santo[12]


[1] Jn 14,15-21

[2] Eucaristía VI Domingo de Pascua. Oración colecta

[3] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1

[4] Jn 14,15

[5] Papa Francisco, Regina caeli 17 de mayo de 2020.

[6] Dt 4,29-31.

[7] Jn 14,18.

[8] Papa Francisco, Regina caeli, 14 de mayo de 2023.

[9] Calasanz, Opera Omnia, vol. VII, pág. 388. Ep 3858. Ediciones Calasancias, 2019.

[10] Mt 26,32-35

[11] Mt 18,3-5

[12] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2