IV Domingo de Pascua. El buen Pastor. Ciclo A
Jesús/pastor, puerta de la Vida[1]
Desde los primeros siglos de la iglesia, la imagen del buen pastor, uno de los iconos más bellos del Señor Jesús nos ayuda a profundizar en la relación íntima y cordial entre Cristo pastor y su rebaño que nadie podrá arrebatar de su mano.[2]
En nuestro mundo moderno, encontramos tutoriales para resolver los problemas más prácticos de la vida. Sin embargo, ninguno de ellos sacia el ansia de sentido, felicidad y plenitud que emergen desde lo más íntimo del corazón. Se necesita contemplación e interioridad, silencio y recogimiento para fijar la mirada en el Pastor Bueno que cautiva el alma. Junto a él, sentimos que la vida es algo realmente hermoso. Cuando detenemos nuestra ajetreada actividad, nos escuchamos por dentro, conocemos sin miedos nuestros entresijos más tenebrosos, oramos con la confianza de un pequeño, diciéndole: “Me fío, Jesús, mi Pastor Bueno, contigo la vida puede ser realmente hermosa, quiero crecer en esa belleza que colma de paz, alegría y confianza.”[3]
Me dispongo para un encuentro con Jesús buen pastor. Me sitúo en su presencia. Atento a la disposición de mi cuerpo. Expreso mi deseo de una oración auténtica. Respiro profundamente, sin prisa. Le pido que pueda sentir su cercanía que pacifica el alma. Le invoco.
Jesús, Buen Pastor,
condúceme hacia las fuentes de agua viva,
guíame por el sendero justo.
Nada temo, porque Tú vas conmigo.[4]
CANTO: Jesús, lléname de tu amor[5]
1. El que entra por la puerta, es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden su voz y él va llamando por el nombre a sus ovejas y la saca fuera.[6]
Jesús nos habla y llama por nuestro nombre. ¡Cuánta necesidad tenemos de escuchar a Jesús, que nos llama por nuestro nombre! Cuando un niño o un joven escucha su nombre, se siente amado, reconocido, tenido en cuenta. Y en esa relación de escucha mutua, conoce poco a poco, el amor de Dios por medio de la oración, de la escucha de su Palabra y del Pan de vida eterna. Al mismo tiempo, siente que Dios le conoce por dentro, no se asusta de sus debilidades y equivocaciones, confía cada día en él y le ofrece un camino para vivir en una comunión profunda con Él.
El silencio interior facilita la escucha del Buen Pastor. Ayuda a intuir el corazón de Dios, a comprender lo que Él ha pensado para la felicidad de cada uno de nosotros. Él no se impone, nos ofrece un camino, adaptado a nuestra singularidad. Escuchar a Dios no para aprender conceptos que olvidaremos con el tiempo, sino para vivir un encuentro personal que nos transforma por dentro. Dios habita en el corazón. Escucharle en un diálogo íntimo sacia nuestra sed de plenitud y nos mueve a responder con alegría y generosidad. ¡Escuchemos la voz del señor![7]
Me detengo sin prisa. Facilito un espacio de silencio interior, en el que mi pensar y sentir se quiten. Quiero conocer al señor en la intimidad de la fidelidad y la amistad. Le escucho:
Te amo.
Te llamo por tu nombre.
Escúchame.
Respóndeme.
2. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.[8]
Al final de la jornada, el pastor lleva al rebaño hasta el aprisco, cuenta sus ovejas, se asegura de que ninguna haya quedado fuera, cierra la puerta para resguardarlo de la intemperie, ladrones y bandidos. También nosotros, al atardecer, regresamos a nuestros hogares, los papás se aseguran de que la puerta quede cerrada, para evitar cualquier peligro.
Jesús es la puerta. Para entrar y salir del redil del Reino de Dios es necesario permanecer en Él. La puerta del aprisco está abierta para los suyos, no impone un horario que restringe su acceso. Es una puerta muy pequeña y solo pueden entrar por ella los niños, los pobres de espíritu, los pequeños.[9]
“Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el reino de los cielos.”[10] Los niños nos enseñan que la amistad con Jesús es un camino que poco a poco nos va haciendo más humildes, más vacíos del propio ego y de los propios proyectos, más atento a las necesidades ajenas y menos pendientes de las propias, más atraídos por la luz, la verdad y la transparencia, y menos seducidos por la oscuridad, la mentira y el chismorreo; más abiertos, a ser claros y a confiar en Dios y en los demás, y menos encerrados en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones.[11]
San José de Calasanz recorrió un camino sublime. Él es un icono de confianza total en Dios. Escuchó la llamada de Dios, le respondió con una voluntad decidida, pero el encuentro con los niños pobres le transformó el corazón. Confió incluso cuando todo parecía andar en dirección opuesta a la obra de Dios. Él se fío y confío, seguro de un Dios/Pastor que no abandonaría a los pequeñuelos.[12]
Jesús es una puerta escondida, pequeña. En ocasiones, resulta difícil encontrarla. Es la puerta de entrada al Reino de Dios. Me siento en la presencia de Jesús. Me dispongo para escucharle:
Ven.
Entra por mi puerta.
Hazte pobre y pequeño.
Confía en mí.
En dinámica de oración
“Dios, todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor.”[13] En mi encuentro y diálogo con Jesús, siento mi debilidad, compartida con los hermanos. Los otros, frágiles como yo me sostiene con su oración y amistad. Sé que me precede la fortaleza del pastor. Con él, nada me falta.
Ahora, en este espacio de oración, me quedo en silencio. Atiendo a mi respiración. Es imagen de la vida del Espíritu. Deseo que él me llame, me escuche, me llene de su amor. Le suplico:
Jesús, llámame
Buen Pastor, quiero escuchar tu voz y tu palabra
Jesús, quiero ser fiel a tu amistad,
Contigo me siento feliz.
CANTO: Fiel a tu amistad[14]
[1] Jn 10,1-10
[2] Papa Benedicto XVI, Regina caeli, 15 de mayo de 2011
[3] Papa León XVI, Mensaje para la LXIII jornada de oración por las vocaciones
[4] Sl 22
[5] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2
[6] Jn 10,3
[7] S. Agustín, Confesiones, III, 6, 11
[8] Jn 10,9
[9] Mt 5,3; Mt 11,25-26
[10] Mt 18,1-5;
[11] Papa Francisco Regina caeli, 3 de mayo de 2020;
[12] “Quien llegue a esta práctica de saberse mantener como un niño de dos años, que sin ayuda cae muchas veces, desconfiará siempre de sí mismo e invocará siempre la ayuda de Dios” San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. II, pág. 418. Ep 912. Ediciones Calasancias, 2019.
[13] Eucaristía IV Domingo de Pascua, Oración colecta
[14] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2
