III Domingo de Pascua, Domingo de las Apariciones. Ciclo A
El Resucitado, compañero de camino[1]
La resurrección de Jesús es la buena noticia por excelencia. Los relatos de las apariciones buscan iluminar nuestro camino, a partir del testimonio de los que confiesan con firmeza: “¡Es verdad, el Señor ha resucitado!” Más allá de lo inmediato y urgente abren nuestra atención a la presencia del Resucitado.
La alegría y el entusiasmo de la resurrección renuevan y rejuvenecen en el espíritu, porque nuestra oración profundiza en nuestra la adopción filial.[2] Cuando nos sentimos hijos de Dios todo adquiere un nuevo sentido que ilumina y suscita confianza y esperanza. Los niños en su sencillez e inocencia acogen la presencia del Resucitado, le hablan de sus tristezas y desánimos, mantienen una confianza firme en que Él acompaña en el camino de la vida. Ellos no fingen, ni viven de apariencias, no esconden sus sentimientos. Aunque en ocasiones no entienden, se dejan acompañar por Él, porque en Él encuentran el sosiego que libra del temor y restablece la confianza.
Nos disponemos para orar en espíritu y verdad, con un corazón abierto a su presencia.[3] Él guía y acompaña, en el silencio de nuestras preocupaciones, que permite escucharle en el silencio de la mente y el corazón. Le invocamos:
Ven, Cristo Resucitado.
Mi vida está en tus manos.
Tú estás aquí.
Quiero escuchar tu voz.[4]
CANTO: Dejándome mirar por Ti.[5]
1.Entonces él les dijo: «¡Qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?». Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.[6]
Jesús, después de dejar largo tiempo a los dos discípulos expresar su vivencia de los acontecimientos de la crucifixión del Señor, toma la palabra. Ellos han expresado su sentimiento de pérdida y desamparo. Ahora Jesús se compadece de su necedad. Con la sabiduría de un maestro va poco a poco abriendo su inteligencia para que comprendan las Escrituras, crean en ellas y se adhieran de todo corazón a la verdad de Dios.[7]
Entonces, Jesús les dice: ¡Qué necios y tardos de corazón para creer lo que anunciaron los profetas! Ahora, que los dos discípulos se van desprendiendo de su mirada triste y fracasada, Jesús aprovecha su escucha atenta para anunciarles la Verdad de Dios: ¡Era necesario que el Mesías padeciera todo esto y entrara así en su gloria! Y les explicó todo lo que se refería a Él en toda la Escritura. Serenamente, fueron acogiendo mensaje tan consolador: ¡En el sufrimiento, Dios nos salva!
Recógete en tu interior. Jesús se compadece de ti. Él desea que escuches y guardes su Palabra, que te dejes iluminar por ella. Escucha a Jesús decirte:
¡Qué necio eres para creer con fe la Palabra!
Escúchame con fe y confianza.
En el sufrimiento, Dios salva.
2. Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída». Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.[8]
Los discípulos quedaron fascinados con la persona y las palabras de aquel forastero. A la luz de la Palabra de Dios, Él les había abierto su inteligencia y su corazón para comprender los acontecimientos que tanto les habían entristecido. Se sentían muy felices en su compañía, aunque todavía no sabían que era el Señor.
Cada uno de nosotros, también recibimos la enseñanza de Jesús: escuchando y amando la Palabra de Dios, leída a la luz del misterio pascual, para que inflame nuestro corazón e ilumine nuestra mente para interpretar los acontecimientos de la vida desde Dios.[9] Jesús nos enseña a releer la propia vida. Los juicios que distorsionan la realidad nos amenazan. El discípulo de Jesús, con la sinceridad de un niño, le cuenta todo con trasparencia, sin tener miedo de decir algo equivocado. Jesús se alegra cuando nos abrimos a Él; sólo de este modo nos puede tomar de la mano, acompañarnos y hacer arder nuestro corazón.[10]
Al llegar a Emaús, ellos le rogaron: “Quédate con nosotros.” Jesús se quedó con los discípulos. Entraron en la casa. Se sentaron en torno a la mesa. Las conversaciones alcanzaron plenitud en la mesa compartida. Los discípulos conceden al visitante una autoridad que se ha ganado con su palabra y sabiduría. Jesús toma el pan en sus manos, da gracias al Padre, parte el pan y se lo va dando. Aquel fue un momento entrañable. Aquel desconocido realizó los mismos gestos de Jesús. Entonces le reconocieron, pero Él desapareció de su vista: ¡Era el Señor!
Entra en tu interior. Jesús ora en ti. Como los de Emaús dile:
Quédate, Jesús, conmigo.
Dame a comer tu pan.
Lléname de tu amor.
En dinámica de oración.
“En la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos también el gozo eterno.”[11] Los discípulos de Emaús, en el camino compartido con Jesús, se convierten en testigos de la alegría de Dios. Como los niños, descubren a Jesús en las experiencias más sencillas de la vida: el diálogo, la escucha, la sinceridad, la Palabra escuchada y orada, el pan partido, el encuentro con el Resucitado.[12]
Ahora es momento para la oración. Jesús me espera en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo simple. Allí me ilumina su Palabra y el sacramento enciende mi corazón en el amor. Él me escucha con mucha atención, no me interrumpe, ni me impone su mensaje. Deja que me vacíe por dentro para acoger su presencia. Guardo silencio, me recojo en mi interior, atiendo a mi respiración. Dejo que la serenidad y la paz me llenen por dentro.
Le invoco:
Jesús, camina conmigo.
Escucha mi corazón.
Háblame con tu Palabra.
Te adoro en tu pan de vida eterna.
Canto: Emaús.[13]
[1] Lc 24,13-35
[2] Oración colecta Eucaristía III Domingo de Pascua
[3] Jn 4, 23-24
[4] Sl 15
[5] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2
[6] Lc 24,25-27
[7] Papa Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, 44
[8] Lc 24,28-31
[9] Papa Benedicto XVI, homilía 8 de mayo de 2011
[10] “Dado que nos cuesta confiar, porque nos lastimaron tantas falsedades, agresiones y desilusiones, Él nos susurra al oído: “Ten confianza, hijo (Mt 9,2)” Papa Francisco, Dilexit Nos, 37
[11] Oración sobre las ofrendas, Eucaristía III Domingo de Pascua
[12] Papa Francisco, Dilexit Nos 20
[13] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 2
