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II Domingo de Pascua, de la Divina Misericordia

“Trae tu mano…cree”[1]

“¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!” Con estas palabras, muchos cristianos se saludan tradicionalmente en Pascua. Es una bonita costumbre. La Resurrección de Cristo transforma e ilumina la existencia. Si lo recordamos en todas las situaciones de la vida, transmitiremos la luz, la alegría y la paz de Cristo Resucitado al mundo.

La Pascua ha sido una gran fiesta en nuestras comunidades escolapias. Más allá de sentimientos y sensibilidades compartidas, hemos recibido el amor misericordioso que vive para mirarnos. Su amor no es ciego como el de los enamorados. Él está alerta ante lo que un niño y un adolescente podrían llegar a ser. Su presencia hace que las semillas broten. Él provoca ese encuentro que trastoca nuestras seguridades para que la apertura a su presencia suscite nuevas dinámicas de vida, esperanza y alegría.[2]

Me dispongo en este tiempo de oración. Jesús quiere acompañarme. Solo te pregunta por tu motivación, tu deseo de encontrarte con él. Me sereno interiormente. Le invoco:

Ven, Jesús resucitado.

Tú, mi fuerza y energía.

Tú, mi gozo y alegría.[3]

Canto: Jesús ha resucitado[4]

1. Al anochecer, aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús entró, se puso en medio y les dijo: “la paz con vosotros “.[5]

Los discípulos permanecían encerrados por miedo. Están asustados y desanimados. Jesús en medio de ellos les muestra sus heridas: las huellas de su pasión. Después de recoger toda la bondad del Padre en su misterio de dolor, sus llagas se convierten en canales de misericordia y perdón.[6]

También nosotros tenemos nuestros miedos. Sentimos su amenaza, su agresión. Cuando nos vencen, nos replegamos en un aislamiento que daña nuestra esperanza. Un niño, cuando teme ante cualquier adversidad, acude a sus papás, sus educadores, sus amigos en busca del cariño que protege y de la sabiduría que ilumina ante la dificultad. De ellos, aprendemos a salir de nuestro aislamiento y buscar a Jesús. Basta con mirarle crucificado y resucitado, encontrarle en los sacramentos y en la oración, dejarme llevar por esa fuerza que me mueve a amar a los otros y tener más vida y esperanza.

Me recojo en mi interior. Yo también me asusto y me aíslo. Jesús me llama a salir de mi tristeza y desánimo. Él está aquí. Me susurra:

Soy yo.

No temas.[7]

Toma mis heridas

2. Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».[8]

Tomás nos representa un poco a nosotros. Cuando sentimos una decepción, un fracaso resulta difícil creer. Es fácil sentirnos desanimados cuando las personas, los proyectos se tuercen. Entonces se nos hace difícil la relación con Dios, la oración, como si nos venciera el deseo de culpabilizarle de nuestras adversidades.

Para creer, Tomás quisiera una señal extraordinaria: tocar las llagas. Jesús se las muestra en la comunidad, con nosotros. Es ahí, en la comunidad, en la oración compartida, en el pan partido y la sangre derramada, en el amor hasta el extremo…donde se le encuentra. Ahí se siente la paz de Dios[9]. Tocar las llagas de Jesús es escuchar, acoger las dificultades, los problemas, las enfermedades, las humillaciones, los desprecios de tanta gente que sufre. Cuando vivimos la turbación, es bueno acercarnos, visitar y escuchar a quien lleva sobre si una llaga de Jesús, de donde brota el consuelo y la ternura de Dios. Nuestro tesoro son las heridas de Jesús, fuente de misericordia.[10]

Los niños confían en la presencia de Jesús. Sus preguntas, sus inquietudes no les alejan de Dios. Ellos han experimentado su amor y misericordia que siempre deja su paz y alegría en el silencio y el recogimiento. Muchos de ellos, también tienen sus propias heridas en su vida, en su familia, en su colegio. La pobreza, la enfermedad, la soledad amenazan sus vidas. En la intimidad de la noche, antes de dormir, le rezan a Jesús con simplicidad y sinceridad. Saben que Jesús no se enfada con ellos, ni les riñe, Él siempre ayuda a crecer y confiar.

San José de Calasanz dejó escrito en 1645, “Aunque hasta ahora no hayan dado el fruto deseado las oraciones hechas aquí y ahí para el arreglo de nuestras cosas, no debemos desconfiar de la misericordia divina, sino perseverar en la oración para que el Señor mande el remedio más oportuno, cuando parezca más conveniente a su divina majestad”[11].

Jesús, me espera en la comunidad. Él busca un encuentro conmigo, que va más allá de la emoción de la inmediatez. Él me ofrece sus llagas misericordiosas, no desconfío de ellas. En mis dudas, persevero en la oración. Le escucho en mi interior:

Trae tu mano.

Métela en mi costado.

No seas incrédulo, sino creyente.[12]

En dinámica de oración

“Trae tu mano y métela en el agujero de los clavos. Y no seas incrédulo, sino creyente.”[13] Jesús resucitado es el amigo que nos ofrece sus manos, para que las veamos heridas, las acariciemos, las besemos y recibamos por ellas su misericordia.

El lenguaje de las manos transmite tantos secretos, que no sabemos verbalizar con palabras. Un niño recibe siempre con agrado la mano que guía y acompaña, que acaricia cariñosamente, que señala un horizonte y nos colma de amor.[14]

Me dejo acompañar por las manos heridas de Jesús. Ahí contemplo su dolor pasión y muerte. Él me las ofrece para que las acaricie y en sus heridas reciba su perdón. Guardo silencio. Atiendo mi respiración. Me imagino allí, con los Apóstoles, dejando que Jesús tome mis manos y las acerque a sus heridas. Le digo:

Ven, Señor Jesús.

Entra en mis miedos.

Regálame tu paz.

 

Acompaña mis dudas.

 

Enséñame a confiar en ti, aunque no te vea.

Canto Permanecer en tu amor[15]


[1] Jn 20,19-31

[2] Mons. Erik Varden, OCSO: Contemplar y vivir la Semana Santa.

[3] Sl 117, 14-15.

[4] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1

[5] Jn 20,19

[6] Papa Francisco, Regina caeli 7 de abril de 2024

[7] Mt 14,27; Ex 3,14.

[8] Jn 20,29.

[9] Papa Francisco, Regina caeli 6 de abril de 2023.

[10] Papa Francisco, Regina caeli 28 de abril de 2019.

[11] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. VIII, p. 218. Ep 4272. Ediciones Calasancias, 2019.

[12] Lc1,45; “La fe cristiana, centrada en Cristo, “sí” definitivo a todas las promesas de AT, consiste en confesar que Él es el Señor y es también un acto de confianza, un abandonarse en el Dios fiel”. Rm 1,17. Nota pie de página de “La Biblia. Escrutad las Escrituras”, pág. 2680

[13] Antífona Comunión Eucaristía II Domingo de Pascua. Cf. Jn 20,27

[14] Jn 20,27-29

[15] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 3