V Domingo de cuaresma. Ciclo A
Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?
En nuestro itinerario cuaresmal, llegamos al V domingo centrado en la Resurrección de Lázaro. La pregunta que Jesús dirige a Marta: “¿Crees esto?” nos mueve a una relación con Jesús que, más allá de nuestras convicciones religiosas, nos abre a la experiencia viva de la fe en Aquél que es la Resurrección y la vida.
Nuestros niños nos ayudan a comprender el misterio de la vida. Ellos nos contagian su amor e ilusión por la vida que han recibido, por las experiencias maravillosas que van forjando su identidad: la amistad, la confianza, el aprendizaje, la belleza de la Naturaleza… Su crecimiento natural se abre a nuevas dimensiones que les llevan a ir más allá de la creación, y a comprender que tienen un deseo de eternidad que sólo se sacia con el agua viva que Jesús ofreció a la samaritana, la luz nueva que recibió el ciego de nacimiento, y la Vida misma que es Jesús. Hacerse amigo de Él en la oración y compartirlo con los amigos y compañeros es la fuente de la auténtica vida divina.[1]
Jesús te ofrece un encuentro con Él en la oración que te dispone a mirar tu humanidad desde la novedad de una vida resucitada en Cristo. Guarda silencio. Atiende tu respiración. Invócale sin prisa:
Ven, Señor Jesús.
Señor, escucha mi voz.
Mi alma espera en tu Palabra.[2]
Canto: Ven, Espíritu Santo [3]
1. Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». [4]
Lázaro era un buen amigo de Jesús. Cuando sabe que está cercano a la muerte, se pone en camino, pero llega cuatro días después de su sepultura. La esperanza de sus hermanas se debilita. Marta se lo expresa con claridad: “Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.”[5] Ellas se aferran a la pequeña esperanza que les trae Jesús.
Jesús es contundente: “Yo soy la Resurrección y la Vida. Quien cree en mí, aunque muera vivirá.” Jesús da la vida, incluso cuando parece que ya no hay esperanza. Las experiencias negativas: una enfermedad, una ofensa, un fracaso… ponen a prueba nuestra esperanza. Son situaciones de la vida semejantes a un sepulcro cerrado. Todo es oscuridad, dolor, desamparo.[6]
Los niños se encuentran también ante situaciones difíciles: la burla de un compañero, la traición de un amigo, las discusiones de los papás, los abusos de los mayores, el desprecio de los demás. Fácilmente se sienten desamparados. Pero son capaces de abrir su intimidad a Jesús. Él les ama, respeta y escucha. Tienen una confianza plena en Él. En la oración, le esperan hasta recibir su amor, paz y consuelo. Jesús está cerca para darles nueva vida. Cuando los pequeños le invocan con simplicidad y confianza la luz, la esperanza, el buen ánimo revitaliza su corazón.
Haz memoria de las situaciones que te roban la vida y la esperanza. Escúchale en tu interior:
“Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, vivirá para siempre”.
Repítelo despacio, al ritmo de tu respiración. Deja que te pacifique el corazón y restaure la confianza.
2. Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».[7]
Jesús nos conoce bien. Sabe que las adversidades minan nuestra confianza. Nos llama a mantener viva nuestra fe y esperanza, a no dejarnos vencer por las dificultades. A veces, se parecen a piedras pesadas que nos atan e impiden seguir nuestro camino. Jesús ordena: “Quitad la piedra”.
Jesús quiere quitar las piedras que impiden a los niños avanzar en el camino de la vida. Ellos se expresan con veracidad y autenticidad ante Jesús. Confían en Él. No esconden los problemas, los presentan ante Él. Como Jesús, saben que el Padre siempre les escucha. Dejan que, en el encuentro con Él, les libere de las piedras pesadas del deseo de venganza, el desánimo que deprime, el temor que aísla, o el miedo que paraliza. Él desata sus ataduras y les mueve a andar. Él Levanta su ánimo, les ofrece su Palabra y la Eucaristía, alimento de vida eterna. Como a los niños, Jesús te quiere libre, vivo, por eso te acompaña en la oscuridad para revitalizar tu esperanza y ponerte a andar. Como a Lázaro, Él puede rescatarnos de nuestro miedo a morir y mantenernos en la vida sin fin.[8]
En silencio, recuerda las losas que te paralizan y desaniman. Escucha a Jesús decirte:
“Quita la piedra, sal fuera, desata y camina”.
Deja que estas palabras permanezcan en tu corazón. Repítelas sin prisa.
San José de Calasanz dejó escrito en 1631: “Los caminos que el Señor tiene para guiar las almas al paraíso son todos santos y misteriosos; todos son rectos, con suma y paterna providencia; y no deja a nadie sin cruz, que la sensibilidad de algunas la hace muy difícil; pero, con paciencia, el espíritu encuentra una gran suavidad.” [9]
En dinámica de oración
Este pasaje de la Resurrección de Lázaro es un himno a la vida y a la esperanza. Nos hace mucho bien leerlo sin prisa, dejándonos interpelar por cada diálogo. También nosotros llevamos algún peso que parece aplastarnos, algún error de nuestro pasado, algún sufrimiento inconfesable, alguna decisión equivocada. La pregunta de Jesús nos toca por dentro: “¿Crees esto?”
Jesús, hombre verdadero, lloró a su amigo Lázaro y lo hizo salir del sepulcro. Compadecido de nosotros, nos conduce a la vida nueva por medio de los sacramentos.[10]
Él me ama como a su amigo Lázaro. Se interesa por mí. Le entristece que me encierre en mi desánimo. Siente compasión por mí. Se acerca a mí, me conduce a la vida nueva. En el sacramento, me espera. Le abro mi corazón. Le comparto mis preocupaciones y oscuridades. Ahora es momento para la serenidad y la tranquilidad. No hay prisa. Atiendo mi respiración. Acallo mis inquietudes y preocupaciones. Dejo que Él me lleve a esos fondos oscuros de mi alma, donde me encuentro con mis piedras y losas pesadas. Me confío a Él:
Jesús, Tú eres mi Resurrección.
Jesús Tú mi esperanza.
Jesús, Tú mi vida.
Jesús, creo que Tú eres el Hijo de Dios vivo.
Jesús, no me abandones en la muerte.
Jesús, sáciame con tu pan de eternidad.
CANTO: [11]
[1] Benedicto XVI, homilía 9 de marzo de 2008
[2] Sl 129
[3] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1
[4] Jn 11,25-27
[5] Jn 11,21
[6] Benedicto XVI, ángelus 10 de abril de 2011
[7] Jn 11, 38-39.41-44
[8] Papa Francisco, ángelus 26 de marzo de 2023
[9] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. III, pág. 524. Ep 1565. Ediciones Calasancias, 2019
[10] Prefacio Eucaristía V domingo de cuaresma.
[11] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1
