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IV Domingo de Cuaresma. Ciclo A.

La alegría de su Luz

El camino cuaresmal es un tiempo especial de gracia, en el que experimentamos el don de la bondad del Señor para con nosotros. En este domingo, el Señor nos hace partícipes de la alegría y el regocijo de la Redención: “Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto.” [1]

La razón profunda de nuestra alegría es Jesús. En esta dinámica de iniciación catecumenal y revitalización de nuestro bautismo, hoy se revela como la luz auténtica que ilumina a la humanidad. En aquel ciego de nacimiento, sanado por Jesús, estamos representados cada uno de nosotros, que hemos sido creados para conocer a Dios, pero a causa del pecado, vivimos como ciegos, que necesitamos una luz nueva: la fe que Jesús nos regala.[2]

Este relato nos lleva a reflexionar no solo en nuestra fe en Cristo, sino también en nuestro propio bautismo, en el que recibimos la nueva LUZ. En el rito, la entrega de la vela, encendida del cirio pascual, símbolo de Cristo Resucitado, es un signo que nos ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan a la Pascua, reavivemos nuestro bautismo, aquella luz que corre el peligro de apagarse ante los vientos recios de las contrariedades, las ideologías, las mentiras del tentador, el mal…[3]

Nos disponemos para un tiempo de oración, que quiere ser luz en nuestra alma. El Padre quiere encontrarnos en una actitud de escucha y acogida. Atiendo mi respiración. Serenamente le invoco:

Ven, Señor Jesús.

Sana mi corazón.

Ilumina mi espíritu.

Jesús quiero seguirte y amarte.

Canto: Luz de todos los pueblos [4]

1. Al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”. Él fue, se lavó y volvió con vista.” [5]

Con este milagro, Jesús no sólo pretende sanar a un enfermo, sino revelarnos que Él es la luz del mundo. Nos parecemos a este ciego, cuando no nos damos cuenta de que Jesús es la Luz del mundo, y preferimos confiar en nuestras pequeñas luces que nos dejan en la oscuridad y las tinieblas: el interés subjetivo y egoísta de valorar a las personas, según nos resultan útiles, beneficiosas o placenteras, sin considerar el respeto y dignidad de cada ser humano; la facilidad del juicio vano que distorsiona la realidad y nos llena de rechazo contra quienes juzgamos sin piedad… Este camino conduce a la tristeza, el desánimo, y el conflicto. [6]

Con la luz de la fe, aquel ciego descubre su nueva identidad. Es capaz de ver su vida y el mundo que le rodea como es en realidad, porque al entrar en comunión con Jesús, vive su verdadera dimensión. Ya no es esclavo de la ceguera y el desprecio de la gente. Su camino es paradigma del proceso de liberación que estamos llamados a recorrer. El encuentro con Jesús le libra de las sombras y tinieblas de muerte. Enciende un nuevo horizonte en su vida.

En silencio, imagínate en la presencia de Jesús. Viene a sanarte. Pregúntate por tus cegueras y oscuridades. Exprésale con frecuencia:

“Jesús, ilumíname, rescátame de mis tinieblas.”

2. Jesús le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús le dijo: “Lo estás viendo: el que está hablando, ese es”.

Él dijo: “Creo, Señor”. Y se postró ante él[7]

Nos resulta hermoso, contemplar cómo una persona sencilla y sincera, poco a poco, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como una persona buena que le sana; luego lo considera un “profeta”; y al final, sus ojos se abren y lo proclama “Señor”.

Es el itinerario de todo creyente, de nuestros niños en la oración. Al principio, nos resulta difícil verbalizar y explicar el encuentro con Jesús. Solo sabemos que, junto a Él, recibimos paz, confianza, alegría, esperanza… Con el tiempo, su Palabra escuchada, acogida y meditada, nos ilumina nuestro propio ser, hasta que comprendemos que Él es LUZ que ilumina y guía en la vida. Por último, en la participación y adoración de la Eucaristía, pasamos de la luz de los ojos a la luz de la fe, en un ejercicio de comunión profunda, que culmina en nuestra confesión confiada: “Creo, Señor”, en un “darnos del todo a Él, porque Él antes se dio a todos nosotros”.[8]

En contraposición, muchas voces de corazones endurecidos alzan su voz porque se niegan a aceptar el milagro de un Dios tan misericordioso[9] que “se hizo hombre para conducir al género humano, peregrino en tinieblas, al esplendor de la fe; y a los que nacieron esclavos del pecado, los hizo renacer por el bautismo, transformándolos en tus hijos adoptivos”.[10]

“Sabe Dios con cuánto afecto le deseo la asistencia continua del Espíritu Santo, de modo que tratando con él “a puerta cerrada” (Mt 6,6), al menos una vez o dos al día, sepa guiar la navecilla de su alma, por el camino de la perfección religiosa hacia el puerto de la felicidad eterna…”,[11] nos dejó escrito S. José de Calasanz en 1642.

Jesús, te acompaña en tu camino de vida. Te ofrece la asistencia continua del Espíritu Santo. Exprésale tu confianza en Él:

Guíame en mi camino, llévame al esplendor de la fe.

En dinámica de oración

En nuestras oscuridades, Jesús viene como “luz que alumbra a todo hombre que viene a este mundo, ilumina nuestro espíritu con la claridad de su gracia, para que nuestros pensamientos sean dignos de Él y aprendamos a amarle de todo corazón.”.[12]

Jesús sale a nuestro encuentro como la Luz. Él conoce nuestra ceguera. Viene a sanarnos para que aprendamos a amarle y a ser dignos de Él. No es suficiente recibir la luz. Estamos llamados a vivir en ella.[13]

Guardo silencio. Dejo que la luz de Jesús inunde mi corazón. Cuando le invoco su amor y alegría es luz en el alma. Dejo que Él me acompañe en un diálogo de amor que culmine en mi confesión de fe: Creo en Ti, Jesús. Atiendo mi respiración, serena y pausada. Le invoco:

Ven, Señor Jesús

Ven, quiero encontrarme contigo.

Ven, cura mi ceguera para verte y amarte.

Ven, ilumíname con tu Palabra.

Jesús, quiero entregarme a Ti, de todo corazón.

Canto: Ofrecimiento a Jesús.[14]


[1] Is 66,10-11; Antífona entrada Eucaristía IV domingo de cuaresma.

[2] Papa Francisco, ángelus 26 de marzo de 2017

[3] Papa Benedicto XVI, ángelus, 3 de abril de 2011

[4] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 1

[5] Jn 9,1.6-7

[6] Papa Francisco 26 de marzo de 2017

[7] Jn 9, 35-38

[8] CIC 2617

[9] Jn 9,13-23

[10] Prefacio Eucaristía IV domingo de cuaresma

[11] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. VII, pág. 380. Ep 3858. Ediciones Calasancias, 2019

[12] Oración comunión Eucaristía IV domingo de cuaresma

[13] Ef 5,8-9

[14] Recoger y derramar. Cantos para la Oración Continua, CD 3