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III Domingo de Cuaresma. Ciclo A.

Dame de beber

En los domingos de cuaresma, y de forma especial en este año litúrgico del ciclo A, se nos propone vivir el itinerario de los que se preparan a recibir el bautismo en la Pascua. De esta forma, reavivamos en nosotros este don y pedimos la gracia de que nuestra vida recupere la vitalidad de este sacramento, fundamento de la vida cristiana, a través de tres imágenes, muy expresivas de nuestra identidad:  el agua, la luz y la vida.[1]

Este tercer domingo, nos presenta la Samaritana:  aquella mujer, que en la rutina de un día más, fue a sacar agua del pozo, y allí se encontró a Jesús, que permanecía sentado, cansado del camino, en el calor sofocante del mediodía. Allí surgió un diálogo entrañable, sorprendente, imprevisto para la mujer:  Jesús, Como el buen maestro, le fue guiando hasta comprender que Él mismo conoce la sed profunda que habita nuestra intimidad, tantas veces amenazada por la soledad, la contrariedad y el fracaso. Él nos ofrece un “agua viva”, capaz de saciar nuestra sed y transformarnos en manantiales para tantas personas que, en nuestras familias, parroquias y escuelas tienen sed de algo más que dé nuevo vigor e impulso a la vida cotidiana.[2]

Nos disponemos para un tiempo de oración.  Es un regalo que el Padre ha previsto para cada uno de nosotros. En silencio, con una postura adecuada, atendemos nuestra respiración, aquietamos nuestro espíritu. Le invocamos:

Espíritu Santo, fuente de agua viva, ven.

Espíritu Santo Consolador, ven.

Espíritu Santo, gozo eterno, ven.

Canto: Habitados por el Espíritu.[3]

1. Jesús llegó a un pueblo de Samaria, llamado Sicar. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba sentado allí junto al pozo. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. [4]

La escena nos transmite un diálogo veraz, auténtico. Jesús, cansado del camino se sentó en el pozo. Su cansancio transparenta su humanidad. Él también conoce nuestros cansancios y desánimos, el deseo de detenernos, sentarnos, recuperar fuerzas, Esperamos con frecuencia que alguien venga a rescatarnos del agotamiento de lo nuestro.

Jesús nos invita a sentarnos con Él. Inicia la conversación.  Antes de que le hablemos de lo nuestro, toma Él la iniciativa. Como a la Samaritana nos dice: “Dame de beber”, dejándonos muy sorprendidos. Con esta petición, dirigida a cada uno de nosotros, Jesús pone en marcha un camino interior que hace surgir en ella y en nosotros, algo más profundo. Jesús tiene sed de la mirada, la apertura, el diálogo y la confianza de aquella mujer y de nosotros. [5]Cuando dejamos que la Palabra de Dios nos interpele y nos toque por dentro, como a ella, Él mismo nos lleva a nuestro corazón, nos ilumina en la Verdad, nos libera de mentiras y autoengaños.[6] Quiere que encontremos en Él la fuente de nuestra auténtica felicidad. Siempre nos amenaza el peligro de la hipocresía, de no buscar en Dios la respuesta a las expectativas más íntimas del corazón, sino de utilizar a Dios como si estuviera al servicio de nuestros deseos e intereses.[7]

Guarda silencio.  Imagínate ante Jesús. Escucha de Él: “Dame de beber.” Deja que Él te acompañe, te ilumine, te lleve de la mano.

2. “El que beba en el agua que yo le daré, nunca más tendrá sed. El agua que yo le daré se convertirá dentro de él, en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.”[8]

El asombro de la mujer alcanza su cumbre, cuando Jesús le habla de un “agua viva”, capaz de saciar la sed, y convertirse en ella, en un manantial que salta hasta la vida eterna. Dios tiene sed de nuestra fe y nuestro amor.[9] Como un Padre bueno y misericordioso, desea para nosotros todo el bien posible: Él mismo. “Nada, hay más hermoso, que, haber sido alcanzados, sorprendidos por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a otros la amistad con Él.”[10]

Esta agua representa al Espíritu Santo, el “don” por excelencia que nos hace amigos de Dios. [11]Quien renace por el agua y el Espíritu Santo, en el bautismo, entra en una relación con Dios amorosa, filial, confiada, responsable…  y puede adorarlo “en espíritu y verdad.”[12] Gracias al encuentro con Jesús y al don del Espíritu Santo nuestra fe alcanza cumplimiento, como respuesta a la plenitud de la revelación de Dios.[13]

San José de Calasanz dejó escrito en 1632: “Me agrada su sentir sobre la oración, de la que todos los santos dicen cosas muy hermosas y bienaventurado, quien de verdad sabe orar para conseguir de nuestro juez con la oración eficaz, la remisión de los pecados y la abundancia de gracias” [14]

Estate en la presencia de Jesús. Orar es acoger su bendición. Invoca en tu interior: Dame, Jesús, tu agua viva.

En dinámica de oración

La oración es algo hermoso, tiene sabor a bienaventuranza, en la que se recibe el perdón y la gracia. “Cristo, si quiso estar sediento de la fe, aquella mujer fue para encender en ella el fuego del amor divino.”[15]

Los niños sienten sed de Él. Desean permanecer generosamente con Él, y dejar que encienda en ellos el fuego del amor divino. Muchos niños se asemejan a esta mujer Samaritana: desean escuchar la Palabra de Jesús, dialogar con Él, comprender y amar sus palabras, expresarle sus deseos y peticiones.

Guardo silencio. Me identifico con la Samaritana: Jesús me espera, para hablar a mi corazón. Él se sienta junto a mí. Me pide que le preste atención, me detenga en silencio, en mi habitación, en una capilla, en un lugar retirado. Y allí, los dos solos, nos abrimos a un diálogo de corazón a corazón. De la fidelidad a este encuentro, depende mi felicidad.

Le invoco:

Jesús, Tú mi agua viva.

Jesús, sacia mi sed de Ti.

Jesús, quiero saciar tu sed.

Jesús, Tú mi fuente.

Jesús, sólo he de vivir de Ti y para Ti.

Canto: Permaneced en mi amor[16]


[1] Benedicto XVI, audiencia 9 de marzo de 2011

[2] Sl 42,2-4; Sl 84,3

[3] CD 2

[4] Jn 4, 5-7

[5] San Agustín, comentario Evangelio S. Juan, 15

[6] Papa León XIV, homilía 25 de diciembre de 2025

[7] Is 1, 11-17; Is 58, 1-8;

[8] Jn 4, 13-14.

[9] “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo: “Tengo sed.” Jn 19,28.

[10] Papa Benedicto XVI, 24 de abril de 2005.

[11] Rm 5,5; Rm 8,14-17; Benedicto XVI, ángelus 27 de marzo de 2011

[12] Jn 4,24

[13] Is 12,3; Is 55,1; Jn 7,37-39; Jn 14,15-17

[14] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. IV, pág. 142. Ep 1755. Ediciones Calasancias, 2019

[15] Prefacio Eucaristía III Domingo de cuaresma

[16] CD 3