I Domingo de cuaresma. Ciclo A.
La victoria de Jesús en el desierto, nuestra victoria.
Hace unos días, hemos iniciado la cuaresma, tiempo en el que la Iglesia nos invita a poner en el centro de nuestra vida el misterio de Dios. No se trata de un tiempo aislado, está íntimamente unido a la Pascua. Nos disponemos a emprender con Jesús su camino hasta la cruz, para “pasar “con Él a la vida nueva de la Pascua. Tiene un carácter muy dinámico: el pueblo de Israel pasó de la esclavitud a la libertad; Cristo, a través de la muerte, a la vida nueva de la resurrección; nosotros en cada Pascua celebramos el paso de lo caduco a lo eterno, del pecado a la gracia, de la tristeza al gozo y pasamos con Jesús a la vida nueva.[1]
En este primer domingo, iniciamos el camino desde la verdad de nuestra existencia: la tentación, el mal y el pecado están presentes en la vida de los hombres. El engaño del maligno confunde medios y fines, nos impide elegir libremente el camino que lleva a la vida. Jesús, en su diálogo con el demonio, nos enseña rechazar la tentación, a vencer la fuerza del pecado, y así nos abre la puerta que nos conduce a la Pascua, que no acaba.
Dejemos el protagonismo al Espíritu de Dios. En muchas ocasiones, nos sentimos derrotados por la debilidad, seducidos por palabras que distorsionan la Verdad. Invocamos al Espíritu, en el deseo de que su luz nos guíe en esta cuaresma:
Ven, Espíritu Santo.
Fortaléceme contra el mal.
Vence en mí, la tentación.
Edúcame en tu amor.
canto: Espíritu Santo, maestro (CD 2)
1. El Espíritu llevó a Jesús al desierto, para que el diablo lo pusiera a prueba.
En su bautismo, Jesús fue ungido con el Espíritu Santo, que con sus siete dones le acompañará en su vida y misión. Aquel fue un momento único: recibe fuerza e inspiración para dar una respuesta divina a toda realidad humana. Jesús dedica tiempo a recogerse en oración, acompañado por el mismo Espíritu. En estos encuentros íntimos con el Padre, encuentra ciencia y sabiduría para responder a los peligros que amenazan la existencia humana, desde la ternura y bondad divina que se compadece de toda miseria humana.
También nosotros hemos recibido la unción del Espíritu Santo, con sus siete dones en nuestro bautismo. Él nos empuja a los desiertos inhóspitos de nuestro mundo. El miedo, la soledad, la turbación que nos asalta… Nos vence la tentación de resolver por nosotros mismos las carencias y dramas de la vida, desde el poder y el éxito inmediato. Jesús nos enseña a dar la prioridad a Dios: dedicar tiempo a escucharle en su Palabra, acogerle en la vida, aprender de Él a dar respuesta a los desafíos de la existencia, desde una sabiduría que da sentido y plenitud a la vida.
Recógete en silencio. Ora en tu interior: Jesús, enséñame a dar la prioridad al amor del Padre.
2.Si eres Hijo de Dios …
Es la carta de presentación del maligno, en la que se integran burla y tentación: para ser creíble, Cristo debe avalar lo que dice de sí mismo. Esta exigencia de pruebas acompañará a Jesús durante toda su vida. [2] Este reclamo se lo dirigimos también nosotros a Dios: si existes, Dios, si me amas, tienes que mostrarte, demostrar con claridad quién eres, en la satisfacción de mis necesidades más profundas.[3]
Jesús se ha hecho uno con nosotros, ha asumido nuestra naturaleza humana, para atraernos tras de sí en su ser hijo del Padre, y capacitarnos para mirar, hablar y actuar desde el mismo ser de Dios: “La vida de Cristo, su manera de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con Él, abre una nueva luz a la experiencia humana.”[4]
Jesús revela este misterio a los pequeños [5]: los niños y los pobres de espíritu abren su corazón a Dios y a los demás en reciprocidad, nunca sospechan de la bondad y recta intención del Padre, se confían y abandonan en Él.[6] Ante los dramas de la humanidad oran, suplican, interceden, ofrecen lo mejor de sí mismos.[7] Esperan pacientemente la intervención de Dios que nos devuelva la armonía entre Dios, el hombre y la naturaleza del paraíso.[8] Acoger y escuchar a Dios con inocencia y simplicidad nos conduce a vivir con Él y como Él, en su presencia, a amarle, creer y esperar en Él hasta el día de la Pascua eterna en que Él lo será todo para todos.
“Es un buen principio de la vida espiritual, el del propio conocimiento y miseria en la que todos nacemos y también de la ingratitud con que después de tantos beneficios hemos correspondido a Dios y si se ejercita en ello con diligencia, yo le aseguro que tendrá en esta vida por premio, algún conocimiento de Dios, el cual es una ciencia tan grande que una partícula del mismo aventaja a todas las ciencias humanas, detrás de las cuales consumen los hombres los más y mejores años de su vida y por premio suelen hinchar y enorgullecer a quien las posee”, nos dejó escrito San José de Calasanz en 1630 [9](EP 1339)
En tu interior, ora diciéndote: “Di Señor a mi alma: yo soy tu victoria”[10]
En dinámica de oración
La cuaresma es un tiempo privilegiado para progresar en “el conocimiento del misterio de Cristo y vivirlo en su plenitud”[11]. San José de Calasanz nos enseña que el propio conocimiento es el único camino para conocer a Jesucristo y su victoria sobre el pecado y la muerte.
Guardo silencio. Estoy en la presencia de Dios. Atiendo mi respiración serena y pausada. Recuerdo y reflexiono en circunstancias de mi vida que me ponen a prueba, y las siento como tentación. Es algo muy íntimo y personal. Me imagino allí, acompañado por Jesús, vencedor de toda tentación y pecado en su muerte y resurrección. Me siento débil, pero Él fortalece mi confianza. Sé que unido a él, venceré y reinaré junto a él en la Pascua, que no se acaba. Le invoco:
Ven, Señor Jesús
Jesús, Tú eres el Hijo amado del Padre
Jesús, ayúdame en mis luchas.
Jesús, quiero vivir en la voluntad del Padre.
Jesús, quiero conocerte, amarte, vivir contigo, ser tu amigo, entregarte mi corazón.
Canto: quiero ser tu amigo… (CD 1)
[1] Papa León XIV, Mensaje de cuaresma 2026
[2] Mt 2,1-2.8; Mt 27,40; Jn 6, 28-30
[3] Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, La esfera de los libros, 2007.
[4] Papa Francisco, Carta encíclica Lumen fidei, 18.
[5] Lc 10,21
[6] So 3,12; Is 66,10-14
[7] St 5,16-18; “No dejen de apoyarse con oraciones de personas devotas y especialmente con las de los alumnos más pequeños, con la esperanza de que Dios enviará su ayuda cuando le parezca tiempo oportuno”. San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. VIII, pág. 370-371. Ep 447.1. Ediciones Calasancias, 2019
[8] Is 11,6, en la nota a pie de página de la Biblia de Jerusalén, se nos ofrece un rico comentario de la vida nueva en la era mesiánica.
[9] San José de Calasanz, Opera Omnia, vol. III, pág. 329. Ep 1339. Ediciones Calasancias, 2019
[10] Sl 34,3
[11] Oración colecta de la Eucaristía I domingo de cuaresma
