IV Domingo de adviento. Ciclo A
¡Viene… a la espera con José!
Llegamos ya al final del adviento. El camino ha sido intenso, la Palabra de Dios, abundante, la esperanza y la alegría cierta. La Navidad ya está ahí con su misterio de encarnación de Dios en lo humano, en lo nuestro, en la debilidad y la impotencia. La misericordia de Dios abraza la tierra.
San José, el esposo purísimo de María, nos acompaña con su testimonio, silencioso, de fe y disponibilidad a la obra de Dios. Nos enseña a escuchar y acoger cordialmente las decisiones de Dios. En ocasiones, nos encontramos ante desafíos que nos sobrepasan, nos remueven por dentro y nos dejan a la intemperie, sin saber qué camino tomar.
Abramos el corazón, de la mano de San José, para comprender cómo el Señor guía nuestra vida, a veces de forma inesperada, y respondamos, con la confianza de María y de José:
Ven, Señor Jesús.
Suscita la confianza.
Hazme dócil a tu Palabra.
Quiero acogerte en mi corazón.
Canto: Esperando a Jesús. CD 1
Hoy, san José protagoniza la entrada del Hijo de Dios en nuestra tierra. Él está apunto de desposarse con María, su prometida. Sueña ya con una familia unida, una esposa fiel, un trabajo humilde y digno, la llegada de los hijos… Ilusiones de una persona sencilla, que confía en el Señor, fiel a las tradiciones de su pueblo.
Sin embargo, un descubrimiento le desconcierta: ¡María espera un niño “por obra del Espíritu Santo!” Seguramente, san José se sintió desorientado, confuso, inquieto… Conocía bien a María. Siempre la respetó como una mujer bendecida por Dios. Siente que sus deseos se vienen abajo[1].
Según la Ley, o la denuncia y le hace pagar el precio de una presunta infidelidad, o anula su compromiso en secreto, sin exponer a María al escándalo, asumiendo él una conducta inexplicable. José reflexiona en ambas opciones. Lee y medita la Palabra de Dios. Busca y espera una luz de Dios que le guíe y oriente a la decisión más acertada. En su bondad, José se decanta por repudiarla en secreto. Su corazón está inmerso en Dios[2]. Vive conforme a la Escritura, porque “En la Ley de Dios encuentra su delicia” [3]. Opta por el camino de la compasión y la misericordia[4].
Entonces, Dios le envía un ángel que enciende una luz nueva en su alma, una nueva comprensión de la realidad. San José busca la verdad de Dios porque su deseo es obrar en comunión con Él[5]. José acepta que María sea su madre, y él, su custodio. Su corazón se abre a un modo inesperado de fundar una familia, según el querer de Dios.
Para ser fiel a Dios, José madura su relación con Él: camina de una observancia fiel de la ley, a un fiarse y abandonarse en el Padre por encima de todo, acogiendo a María y a su hijo de un modo distinto a como lo esperaba, según las costumbres de Israel. José renunciará, como un nuevo Abraham, a sus certezas y seguridades para abrirse a un futuro nuevo, desconcertante, en las simplicidad y sencillez de su hágase. En su silencio, José se fía, se hace disponible, no exige pruebas, le deja a Dios el protagonismo.
Junto a la invitación de tomar a María como su mujer, José recibe el encargo de dar un nombre al niño, adoptándolo así, como hijo suyo. Es el mismo nombre que el ángel había indicado a María: Jesús que significa “Dios ayuda, salva de los pecados” (Lc 1, 31; Mt 1,21). Él viene a curar todas las enfermedades, a perdonar todas las culpas que condena a las personas a una relación herida con la Paternidad de Dios. En Jesús, somos colmados de gracia y de ternura[6]. He aquí, la auténtica Navidad: nacer de nuevo, en Jesús, el Hijo Amado del Padre, a la vida del Espíritu[7].
Nosotros también tenemos sueños e ilusiones. Añoramos algunos que nos parecían lícitos, pero se frustraron. Acudimos a ti, San José, a pedirte ayuda y consejo: ¿cómo avanzar en el camino de Dios?
Quizás, nos sugerirás desprendernos de sentimientos negativos, liberarnos del apego a las seguridades inmediatas y acoger las sorpresas de Dios, de la vida, que nosotros ni imaginamos. Abrirnos al trato íntimo con Dios en la oración. Incluso en las situaciones que cuestionan y “ponen en crisis” nuestras convicciones, decidir con calma, considerando todas las opciones, desde el criterio principal: la bondad y misericordia de Dios, su querer.
Cuando las crisis habitan nuestras almas, cuando caminamos en la oscuridad de la desorientación y la duda, si abrimos nuestra puerta a Dios, él puede intervenir. Él es experto en transformar las crisis en sueños: Dios abre siempre caminos, nuevos e impensables, no como nosotros los proyectamos, sino como él sabe. Así son los horizontes de Dios: sorprendentes, más amplios y hermosos que los nuestros[8].
“El camino para llegar a ser hombre sabio y prudente en las escuelas interiores, es hacerse necio a los ojos de los hombres, dejándose guiar como un asnillo” [9], nos dejó escrito san José de Calasanz en 1622.
En dinámica de oración
“Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo.” (Sl 22,4) Es la convicción de Jesús, de San José, y de cada fiel en el momento de la dificultad. La apertura a la acción de Dios, te abre a la sorpresa a conceder al Señor, la iniciativa de tu vida.
Los niños, en su simplicidad nos abren a la novedad de Dios. Ellos no se aferran a hábitos rígidos ni a suspicaces prejuicios. Su horizonte está en el progreso y la novedad de la vida, de las personas, de Dios. Nos enseñan a mirar a lo lejos, a las personas y los acontecimientos con la pureza de Dios[10]. Con corazón de niño, déjate acompañar por José. Él se hizo pobre de espíritu, en la humildad, de dejarse instruir por un ángel. En su mensaje, escuchó la voz de Dios.
Sereno mi ser. Me desprendo de tantos pensamientos inútiles y vacíos. Abandono en el corazón de Dios, mis miedos y temores. Aunque me sienta en una noche, sé que pronto amanecerá y llegará la “Luz radiante que alumbrará a los que habitan en las tinieblas y nos guiará por el camino de la Paz.” (Lc 1,78s) Le invoco:
Maranatha. Ven, Señor Jesús.
Ven, Jesús, ven, Salvador.
Ven, Enmanuel, Dios con nosotros.
Ven, Enmanuel, edúcame en el silencio de José.
Ven, Enmanuel, edúcame en la fe y oración continua de José
Ven, Enmanuel, edúcame en la apertura a tu voluntad.
Ven, Enmanuel, edúcame en la confianza y abandono en el Padre.
Canto: En tus brazos de Padre pongo mi vida, me abandono en Ti mi Dios. CD 2
[1] Papa Francisco: Ángelus, 18 de diciembre de 2022
[2] Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Planeta, Barcelona, 2014, pp. 45-46.
[3] Sl 119,50.
[4] Sl 112,4.
[5] Jn 3,19-21.
[6] Sl 103,4.
[7] Benedicto XVI, La infancia de Jesús, Planeta, Barcelona, 2014, pp. 48-51.
[8] “Para venir a lo que no gustas / has de ir por donde no gustas. / Para venir a lo que no sabes / has de ir por donde no sabes. / Para venir a poseer lo que no posees / has de ir por donde no posees. / Para venir a lo que no eres / has de ir por donde no eres.” S. Juan de la Cruz, El monte de la perfección, en Obras Completas, Editorial Espiritualidad, Burgos, 1988 p. 129.
[9] Dionisio Cueva, Mensaje espiritual y pedagógico, Publicaciones ICCE, Madrid, 2006, n. 721, p. 181.
[10] Juan Carlos Vera, Infancia y filiación en la vida cristiana, Ciudad Nueva, Madrid, 2025, pp. 66-70.
