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III Domingo de Adviento. Ciclo C.

“Estad siempre alegres en el Señor” [1]. Con estas palabras, el apóstol san Pablo exhorta a los cristianos a alegrarse, porque la venida del Señor es segura y no tardará. Acogemos esta invitación cuando sentimos más cerca la celebración de la Navidad, y miramos con mayor atención el misterio acontecido en Belén. Aquí se revela el Dios cercano a nosotros, por qué ha querido unirse a todo lo humano, a partir del hágase sincero, limpio, humilde de la Virgen Inmaculada.

María nos hace partícipes de un silencio profundo de todas nuestras preocupaciones. La Purísima, imagen de la Iglesia, que quiere ser virgen, limpia de todo pensamiento, indigno e inútil, para centrar la atención, solo en Jesús, el esposo de nuestra carne, tantas veces herida y dañada. Él quiso nacer de una madre virgen, tener por padre a un varón casto, ser anunciado por un precursor virgen[2]. En esta unión íntima, de corazón, a corazón se regocija el alma desolada, hasta ver, germinar la esperanza, la confianza, la comunión con el Dios que nos trae la alegría sin límites a nuestras vidas.

Anhelantes, suplicamos la venida del Salvador:

Marana tha

Ven, Señor Jesús.

Ven a salvarnos.

Canto: Esperando a Jesús. CD 1

Desde la cárcel, Juan hace llegar a Jesús una pregunta que todo discípulo suyo se formulan en algún momento de su existencia: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

Jesús había comenzado ya su actividad: la predicación de sus grandes mensajes[3], sus milagros y curaciones[4], su misión[5]. La pregunta del Precursor transmite una cierta inquietud y duda. Juan esperaba un Mesías “temible”, que viene a “talar y echar al fuego a todos los que no dan el fruto que pide la conversión”[6]. Jesús no responde con un Sí o un No.  Remite a las obras que ya conocen. Unas obras, que, en la mentalidad de Juan, dan lugar a una imposición inmediata del Reinado del Mesías:  los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los mudos hablan y los pobres son evangelizados[7]. En Jesús, se realiza todo lo que habían anunciado los profetas. Ha llegado el tiempo de la gracia y la bondad de Dios, pero todavía debe esperar el juicio de Dios[8]. Las acciones de Jesús son signos que mueven a la fe en Dios. Jesús no impone la fe a nadie, nos sitúa en actitud de discernimiento y decisión. Todo acontece en la perplejidad y oscuridad, de unos signos de diversa interpretación: ¡Dichoso quien no se escandalice de mí![9]. La personalidad y la débil condición humana de Jesús siempre serán un tropiezo, una razón para esperar a otro.

Nosotros también nos encontramos en una disyuntiva semejante a la del Bautista. Hemos sido testigos de las señales del Reino de Dios:  una mirada limpia para contemplar en el pan partido y entregado, la presencia del mismo Dios; unos oídos abiertos a la escucha de la Palabra que nos renueva en la filiación divina;  unos pies ligeros para correr presurosos al encuentro de los hermanos, particularmente los más descartados, para escuchar, compartir, servir…; una vida resucitada que nos libra de la tristeza y  el desánimo;  el anuncio de la Buena Noticia que,  en los pobres y los pequeños, encuentra su mejor acogida.

Aun así, vamos a Jesús y le preguntamos: “¿Eres tú?” Porque han venido muchos voceando ideologías, abusando de poder, imponiendo sus formas y maneras, como si fueran un absoluto del cielo. Han creado imperios, formas de interpretar la realidad, provocando miedo, inquietud, angustia, humillación. Han cambiado la realidad, pero de forma destructiva, han desterrado la esperanza, la confianza, la cordialidad y la alegría en el compartir.

Así, miremos a Jesús y preguntémosle: “¿Eres Tú?” El Señor, con el estilo humilde y silencioso, que le caracteriza, nos insinúa: Mirad mis actitudes entre vosotros. No he impuesto mi mensaje a la fuerza, sino que conviví con vosotros manso y humilde de corazón[10]; me entretuve con gusto con los niños[11], porque me abrían con confianza y simplicidad su intimidad; me senté a la mesa con los pecadores y publícanos para derramar en sus almas la misericordia del Padre[12]; me despojé de mi condición divina, me hice semejante a vosotros los hombres, humillándome a mí mismo, en una obediencia hasta la muerte de cruz[13].

Ésta es la vida y la luz que Dios trae a nuestro mundo[14].  La palabra violenta, el grito amenazante, la imposición, rígida, las estructuras inflexibles…  provocan miedo, temor, el desánimo en las almas de los pequeños. En su raíz, la silenciosa luz de la Verdad y de la Vida bondadosa de Dios cambia el mundo. Es el signo de su presencia y nos confirma la certeza de que somos amados hasta el fondo, de que no hemos caído en el olvido, que hemos nacido de una voluntad de amar[15]. Dios, aunque no siempre lo sintamos, nos mira atentamente, comparte nuestra debilidad y sufrimiento, alienta nuestra esperanza: “Un niño pequeño será nuestro pastor, el lobo habitará con el cordero, la vaca pastará con el oso. (…) Nadie causará daño ni estrago por todo mi monte santo: porque está lleno el país del conocimiento del señor, como las aguas colman el mar[16].

Así, sentimos la cercanía de Dios. Él es el Dios con nosotros, pero a menudo nos alejamos de Él. Acerquémonos, vayamos hacia la presencia de su luz. Callemos toda tentación de violentar su llegada. Oremos al Señor, en la oración cada uno nos transformamos en Luz para los demás, en la simplicidad, la humildad, la pequeñez de una vida oculta, testimonio de la auténtica presencia de Dios. Como la Virgen María que esperó en la oración, con íntimo e intenso deseo el nacimiento del Redentor.

“Aunque hasta ahora no hayan dado el fruto deseado las oraciones hechas aquí y ahí para el arreglo de nuestras cosas, no debemos desconfiar de la misericordia divina, sino perseverar en la oración para que el señor mande el remedio más oportuno, cuando parezca más conveniente a su Divina Majestad.”, nos dejó escrito san José de Calasanz en 1645[17].

En dinámica de oración

Jesús, ¿quién eres Tú? Es el interrogante que nos acompaña en nuestro deseo de verte, acogerte y adorarte[18]. Tu Palabra nos enseña que Tú eres el Hijo amado del Padre, el Espíritu Santo habla en tus palabras, sana en tus gestos, consuela en la aflicción. Jesús, quiero que Tú lo seas todo para mí.

En ocasiones, me distraigo y disperso entretenido con mis distracciones. Jesús, Tú nunca me das por perdido. Descubres mis heridas, las juntas con el aceite de tu misericordia, me tomas sobre tus hombros, me llevas a tus pastos de vida eterna. Entonces, siento recuperar la vida, mi identidad, la razón de ser de mi existencia.

Aquí, quiero quedarme contigo, dedicarte un poco de tiempo. Dejar que Tú penetres en mi alma, ilumine en mis tinieblas tu Verdad y tu Bondad.

Sereno mi ser. Dejo que el ritmo pausado de mi respiración me centre en mi presente. No estoy sólo. Dios está aquí, conmigo. me siento acompañado por Él. Le invoco:

Marana tha. Ven, Señor Jesús

Ven, Jesús, ilumíname en tu Verdad.

Ven, Jesús, libérame de mis opresores.

Ven, Jesús, alégrame en tu Espíritu.

Ven, Jesús, espero tu venida.

Ven, Jesús, quiero ser todo tuyo, vivir para Ti.

Ven, Jesús, mi alegría

Canto: Sinagoga de Nazaret. CD 2

 


NOTAS:

[1] Flp 4,4

[2] Santa Teresa de Lisieux, Carta 122, Obras Completas, Editorial Monte Carmelo. 3ª edición, 1992, p. 448.

[3] Mt 5-7

[4] Mt 7-9

[5] Mt 10

[6] Mt 3,8-10

[7] Is 26,19; 35, 5-6; Mt 11,5;

[8] P. Bonnard, Evangelio según san Mateo, Editorial Cristiandad, 2ª edición, 1983, pp. 250-251.

[9] Mt 11,6

[10] Mt 11,29

[11] Mc 10,13-16

[12] Mt 9,10-13

[13] Flp 2,7-8

[14] Jn 11,4-5

[15] Benedicto XVI, Homilía 12 de diciembre de 2010.

[16] Is 11,6-7.9

[17] San José de Calasanz, Ep 4272, Opera Omnia, vol. VIII, Ediciones Calasancias, 2019, p. 218.

[18] “El amor engendra el deseo, se crece con el ardor y, por el ardor tiende a lo inalcanzable. ¿Y qué más?

El amor no puede quedarse sin ver lo que ama: por eso, los santos tuvieron en poco todos sus merecimientos, si no iban a poder ver a Dios.

Y por esto mismo, el amor que anhela ver a Dios, aunque carezca de juicio, lo que sí tiene es un afán de piedad. Moisés se atreve por ello a decir: Si he obtenido tu favor enséñame tu gloria.” San Pedro Crisólogo, obispo, Sermón 147, Liturgia de las Horas, vol. I, Coeditores litúrgicos, 1984, pp. 206-207; Catecismo de la Iglesia Católica, nº 27, Asociación de Editores del Catecismo, 3ª edición, 1994.