II Domingo de adviento. Ciclo C
El adviento trae siempre testigos que nos acompañan en nuestro camino de fe. Son rostros cercanos, próximos… Nos sugieren elevar la mirada más allá de nuestras preocupaciones y reconocer en su mensaje encarnado en la vida, una llamada a vivir este adviento con el espíritu que hace nuevas todas las cosas.
Isaías, el gran profeta del adviento, en su experiencia de Dios lanza un mensaje de confianza y esperanza en la presencia de un Dios que vale la pena tomarlo en serio, porque nos trae el consuelo y el conocimiento de Dios.
Juan, el Bautista, un profeta recio, consecuente, que se sabe precursor de una novedad: la cercanía del Reino de los cielos. Alza su voz en el desierto, en una vida austera y pobre, preparando los caminos del Señor, sin miedo a los poderosos y engreídos de Israel.
La espera identifica la sed de eternidad en los hombres y mujeres de todos los tiempos. Los profetas señalan experiencias humanas de pérdida, desánimo y fracaso, y nos invitan a mirar desde otra óptica la realidad de siempre, reconociendo en ellas la promesa de Dios, y acogiendo los anhelos más profundos del corazón.
Dejémonos alcanzar por la Palabra de Dios. En el tronco ya reseco de Jesé, Isaías intuye un renuevo que florecerá desde su raíz[1]. En su predicación, el Bautista nos toca por dentro para reconocer en nuestras búsquedas, el deseo de la salvación de Dios. Invocamos al Señor que viene:
Ven, Señor Jesús.
Ven, y sálvanos.
Muéstranos tu rostro.
CANTO: Esperando a Jesús. CD 1
En aquellos días, se presentó Juan El Bautista, nos dice la Palabra de Dios. Él era un hombre, desconocido y solitario, que vivía retirado en el desierto. Dios siempre nos sorprende. Nosotros programamos el mejor comunicador para popularizar nuestra propuesta en las redes sociales. El Señor prefiere la pequeñez y la sencillez de quien vive lo que proclama. En un lugar árido y vacío, Dios revela un mensaje reconfortante: en situaciones de adversidad, Dios quiere venir a nuestras vidas.
Convertirse porque viene el Reino de Dios, fue el gran mensaje de Juan Bautista. Una predicación breve, austera, contundente. Convertirse a Dios es un ejercicio de volver a Él[2]. Dios nos ha enriquecido con su amor y condescendencia, con los dones de su Espíritu. Fácilmente, nos dejamos engañar por las falsas voces de nuestro entorno: la dispersión que distrae la atención, la mediocridad de una vida carente de raíces y horizonte, los miedos que paralizan los proyectos… Juan nos invita a ir más allá, a no detenernos aquí y ahora, a contemplar el Reino de Dios que viene.
Su Reino es pequeño y pobre. Nos trae una esperanza que promete renacer cuando todo parece que termina. Un Reino, que sólo se reconoce por los pequeños, por aquellos que, sin grandes pretensiones, saben percibir los detalles ocultos, las huellas de Dios en una historia, aparentemente perdida[3].
“Preparemos el camino del Señor, allanemos sus senderos”, es la exhortación de Isaías, que hace suya Juan Bautista. Es una propuesta también para nosotros. Tengamos una mirada capaz de contemplar el camino del Señor. Él no ha elegido venir por las grandes vías, sino por sendas pequeñas[4], por donde caminan aquellos que no llaman la atención, en donde encontramos pequeñas semillas que germinarán en flores y frutos, gentes que mantienen su esperanza con fe sencilla y genuina, niños que gozan en la amistad de sus compañeros[5], y una mujer, María, que con su sí sencillo y humilde, nos trajo al mismo Hijo de Dios[6].
Juan, al ver acercarse a fariseos y saduceos, desconcierta. Se enfrenta con los poderosos del pueblo, pone en entredicho su sinceridad y desenmascara su altivez religiosa. Tienen un corazón endurecido, encarnan la resistencia a la predicación de Jesús[7]. Dicen, pero no hacen, aferrados a las tradiciones de los mayores[8]. Juan les denuncia con radicalidad: ¡serpientes, raza de víboras! La conversión es cosa de corazón, pero el suyo está lejos de Dios. Bien profetizó de ellos Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”[9].
Juan anuncia un bautismo nuevo, no de agua, sino en el Espíritu Santo, no en el arrepentimiento de los pecados, sino en la vida nueva de Dios. El bautismo de agua limpia, purifica, vacía de toda intención torcida. Hace posible el don del Espíritu, que nos reconcilia con Dios y suscita la paz y la concordia entre las personas.
“Dios bendito le acreciente la gracia, de manera que, si los demás pierden el ánimo acerca del Instituto, a usted se lo aumente Dios, para que pueda confirmar a los espíritus dudosos, y se mantenga fuerte, aunque sepa que ha de permanecer en esa casa con poquísimos individuos; pues espero que Dios bendito, con su gracia particular, devolverá nuestro instituto a su prístino estado, nos dejó escrito san José de Calasanz en 1647[10].
En dinámica de oración:
Jesús viene a visitarte. Juan el Bautista te exhorta: “Conviértete porque el Reino de los cielos está cerca.” La conversión resulta difícil, cuando la reduces un esfuerzo moral. Convertirte es volver al Señor, a escuchar su palabra, a dejarte llenar de su amor, su presencia, su misericordia.
Guarda silencio. Entra en tu interior. Llega el Reino de Dios, para los pequeños. Los niños con su ingenuidad e inocencia nos abren las puertas del reino. Los que se hacen como los niños, entran en su Reino.[11] Siente tu pequeñez. Tus esfuerzos no logran acallarte por dentro. Como un niño, confía, abandona a la presencia de la gracia de dios en ti. Céntrate en tu respiración, pausada y serena. Cierra tus ojos. Es momento para el recogimiento y la contemplación. Tu atención sólo en el que viene. Invoca a Jesús:
Maranatha
Ven, Señor Jesús.
Ven, conviérteme.
Ven, y hazme volver
porque Tú eres mi Dios y Salvador.
Ven, Jesús, llévame a tu Reino.
Ven, Jesús, llévame con tus pequeños, por tus sendas.
Ven, Jesús, ilumíname.
Ven, Jesús, Tú mi alegría
Ven, Jesús, renueva mi esperanza.
CANTO: Sinagoga de Nazaret. (CD 2)
NOTAS:
[1] Is 11, 1
[2] Dt 4,30; Eclo 17,24; Is 31,6
[3] León XIV: homilía 2 de diciembre de 2025
[4] Sl 25,10; Prv 3,17
[5] Lc 10,21-22
[6] Lc 1, 38
[7] Mt 12, 33-37
[8] Mt 23,1-7
[9] Mt 15,1-9; Is 29,13
[10] San José de Calasanz, Opera omnia, vol. VIII, pág. 402. Ep 4486
[11] Mt 18,1-4
