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1er Domingo de Adviento. Ciclo A

¡Viene! ¡Velad!

Con la llegada de adviento, iniciamos un tiempo hermoso y entrañable en nuestra vida cristiana. En estos días, escucharemos la llamada a disponernos para recibir al Señor que viene en las personas, especialmente las más vulnerables, en los acontecimientos de la vida diaria, en la memoria íntima y familiar de su nacimiento en Belén, y en su retorno glorioso al final de los tiempos.

El adviento es tiempo de activa esperanza, atenta vigilancia y sincera conversión. Oportunidad para despertar de rutinas que adormecen y encender en el corazón la llama viva del amor.  En unos días tan marcados por el consumo, el ruido y la bulla, los niños nos acompañan con su mirada transparente e inocente, con su presencia alegre y esperanzada, con su sed de la bondad y bendición que nos trae la presencia de Cristo.

En este domingo, escucharemos la llamada de Jesús a velar, a abrir los ojos a lo esencial, a vivir atentos en la fe y la esperanza, a un Dios que viene a dar vida. Le invocamos:

Ven, Señor Jesús.

Dios mío en Ti, confío.

Me abro a tu presencia.

Canto: Esperando a Jesús (CD 1)

Ante lo desconocido, un niño teme y se refugia en la protección de su madre. Ella, poco a poco, va convenciéndole de que el diferente es una oportunidad para crecer. Con la misma actitud, la Iglesia nos invita a abrir el corazón, sin miedo al Dios que vino a Belén, que viene hoy en la vida de cada día, y que vendrá al final de los tiempos.

Hoy, el Evangelio insiste en la venida de Jesús:  raíz de nuestra identidad, nuestra esperanza, convencidos de que, en las dificultades y adversidades del mundo, mi nación, mi familia… Él viene a traernos el consuelo y la confianza de Dios. Aunque el peso de la tribulación nos deje en el desánimo, “la esperanza, no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.” (Rm 5,5)

El Señor viene, no nos deja huérfanos. Sí, nuestra vida, nuestras familias, comunidades y presencias, con todos sus problemas e incertidumbres son visitadas por el Señor. Ésta es nuestra alegría: Dios no se ha cansado de nosotros, desea venir a visitarnos, dialogar con cada uno de nosotros, en un compartir de corazón a corazón, escuchar la desazón de nuestras almas, para derramar su bondad, esperanza y alegría. Los niños no se cansan de jugar, dedicar tiempo a los amigos, y al Amigo Jesús que siempre nos espera y escucha cariñosamente, llenándonos de su paz y serenidad de alma.

En ocasiones, el hombre moderno prefiere cerrar el corazón a Dios, sumergirse en las tinieblas del mundo. De una forma encubierta, taimada, ladina, evitar la visita de Dios. En los días de Noé, la gente estaba tan centrada en comer y beber (Mt 24,38), que no eran capaces de abrirse a la novedad, que estaba a punto de llegar. Se contentaban con una vida sin energía, vacía de ideales, en la única pretensión de tener algo que consumir.

El consumo se parece a las bacterias que pudren la raíz y con el tiempo debilitan y marchitan una planta. Hay muchas formas de consumir: tener bienes, manipular ideologías, codiciar reconocimiento social, imponer conductas… Te hace creer que la vida depende sólo de lo que tienes y dejas de mirar a las personas en su dignidad y de escuchar amorosamente al Dios que viene a tu vida. Te arrastran los instintos que te dominan. Te molesta el hermano que llama a tu puerta, porque trastoca tus planes. Tú eres el Dios de ti mismo. Depender del consumo anestesia el corazón. Entonces, nos llenamos de lo nuestro y ya no hay espacio para las personas, particularmente los ancianos, los niños… cada vez más ausentes de nuestras familias y sociedades. En ellos, Dios siempre nos visita.

El tiempo se desperdicia con pasatiempos, redes sociales…, pero no hay tiempo para Dios, ni para los demás. Cuando se vive para tener, nunca se tiene suficiente, la ambición crece, los demás son obstáculos. Se termina por sentirse amenazado y, siempre insatisfecho y enfadado. Mientras vivimos en un mundo lleno de armas que causan la muerte, seguimos armando nuestros corazones con la violencia en los gestos y las palabras.

Jesús viene a despertarnos: “Velad, estad preparados.” Velar es tarea del centinela, que vigilaba despierto mientras todos dormían. Velar es no ceder al sueño, mantener una convicción cierta: la noche no durará siempre, amanecerá pronto. Dios viene e iluminará la noche más cerrada. Al final, triunfará el amor sobre el odio, el ser sobre el tener, el perdón sobre la venganza, el recogimiento sobre la dispersión. Nos corresponde resistir a la tentación amodorrada de acumular, para creer con fe sincera, que la oración y la caridad no son tiempo perdido, sino los grandes tesoros de la humanidad.

“Aquí hacemos oración, con exposición del Santísimo Sacramento y participación de los alumnos. Si bien los adversarios externos, y hasta infernales se ayudan en lo posible, tengo por seguro que la Obra permanecerá en pie. Usted manténgase como una columna fuerte; no solamente esté en pie, sino procure también que los demás estén en pie”, dejó escrito S. José de Calasanz en 1647. (Ep 4474)

En dinámica de oración

“Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre”, nos exhorta Jesús en el Evangelio. (Mt 24,44).

Prepararse, disponerse es deliberar y considerar atenta y detenidamente las actitudes y acciones que preparan su llegada a tu corazón. Jesús viene a nacer en tu interior. A Él, no le importan tus distracciones y debilidades, no mira tus perfecciones. Él no está lejos, está muy cerca, te mira y mendiga tus pensamientos, tus emociones, tus deseos que te avergüenzan y te hacen sentir pequeño.

Jesús tan sólo desea encontrar en ti un pequeño gesto de amor y confianza en Él, porque Él es más que tú y tus cosas. Entonces, Jesús se alegra, sonríe, nos ayuda, aunque parezca ausente, y no sintamos que Él está ahí. El amor todo lo puede, hace posible, lo imposible: la encarnación de Dios en lo nuestro, en mi pensar y sentir.

Por eso, guarda silencio, serena tu mente y tu corazón. Abandona tus reflexiones. Llega el tiempo de un encuentro personal con Jesús. Deja que Él te visite, entre en tu corazón. Él viene a traerte su luz e inspiración, para que seas más feliz, para acoger el sentido que viene a traer a tu vida.

Al ritmo de tu respiración, susurra con convicción la gran súplica del adviento:

Maranatha, Ven, Señor Jesús.

Ven, Jesús en mis noches de confusión y consumo.

Ven, Jesús dame tu mirada a mi entorno, a los míos, a los más heridos.

Ven, Jesús, cúrame de mis egoísmos y ansias de tener y consumir.

Despiértame de mi letargo, para clamar: Hágase en mí tu Palabra.

Silénciame para tener un contacto más íntimo contigo en la Eucaristía.

Aviva mi fe para acogerte en la vida.

Despréndeme de todas mis resistencias a que este Niño Dios conduzca mi vida.

Dame un corazón de niño, simple y confiado.

Maranatha, Ven, Señor Jesús.

canto: Luz de todos los pueblos (CD 1)