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27 de noviembre. Patrocinio de San José de Calasanz.

Calasanz, símbolo y sacramento de Dios y del niño

Conforme un niño crece, es capaz de leer e interpretar con significado y afecto, su mundo más cercano: el mar, en su grandeza y majestuosidad; los padres, en sus gestos de ternura y cariño; los hermanos y amigos, en el compartir intimidades y desafíos; los espacios naturales donde jugar y descubrir los entresijos de la naturaleza; el sol de cada mañana, con su luz que ilumina y calienta o la lluvia, que generosamente, empapa la tierra y ayuda a germinar, flores y frutos.

De esta forma, el niño descubre el mensaje que el mundo lleva en sí, aprende su gramática propia y disfruta de las emociones más bellas que le provoca: el estupor ante la creación; la ternura y el cariño en el cuidado de nuestros mayores; el apoyo y la fidelidad de los amigos; la alegría de compartir las risas, las bromas, los juegos…

Cuando las cosas empiezan a hablar y aprendemos a escuchar desde dentro, entonces nacemos a una nueva realidad: en lo efímero, intuimos lo permanente; en lo temporal, lo eterno; en el mundo, a Dios. “Ante Dios, nada es vacío. Todo habla de Él.” (S. Ireneo).

“El Señor se manifiesta a los que no le exigen pruebas y se revela a los que confían en Él. Entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas. (Sb 7,26-27), nos dice la Palabra de Dios

Invocamos al Espíritu de la Sabiduría. Él ilumina su presencia en toda realidad y nos educa en la auténtica amistad con Dios.

 

Ven, Espíritu Santo.

ven, edúcame en tu amor.

Hazme amigo de Dios.

CANTO: Espíritu Santo, maestro (CD

Las personas hemos recibido una capacidad extraordinaria:  hacer de objetos, símbolos y de acciones, ritos.  De esta forma, otorgamos sentido a las cosas, a las personas que acompañan nuestra vida. Unas son muy personales, solo resultan significativas para mí. Otras, nos vinculan con diversos grupos humanos: la familia, los amigos, “la terreta”, la nación.

Calasanz es el gran DON que Dios nos ha regalado, que nos congrega, unifica y apunta siempre hacia Dios. Él es símbolo, pero aún algo mayor, porque aprendemos, actitudes, opciones, prioridades que confieren una identidad propia a nuestro ser y obrar. En la medida en que alguien se deja asumir y penetrar por Dios, se convertirá en trasparencia divina de todas las cosas.

San José de Calasanz, en su encuentro con los niños pobres, quedó tocado por Dios. Hasta ese momento, él era un buen sacerdote, fiel a su compromiso de vida. Pero fue Dios quien le abrió su mirada para ver en los pobres, al que hasta ahora permanecía oculto para él. “He encontrado mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeños y no lo dejaré por nada de este mundo”.

Calasanz centra su vida en Dios. Entra en un camino nuevo para él, donde Dios sale a su encuentro. La prioridad ya no es el esfuerzo y la actividad, la referencia a él mismo, a sus planes y necesidades a satisfacer. Va dejándose llevar por el Dios que es confianza, esperanza, amor. Un Dios con quien mantiene una relación filial, de niño pequeño, en la intimidad de la vida de cada día. Surgen nuevas iniciativas y proyectos que con el tiempo serán probados en la contrariedad; ahí Calasanz se retirará con asiduidad a orar. Busca tiempo para estar a solas con Dios. Ha descubierto su presencia en las personas, en la cotidianidad de lo que acontece. Para él, vida y oración van de la mano: “Exhorto a todos a ser muy diligentes en el apostolado con los alumnos, lo cual se hace con gran provecho mediante la oración.” (Ep 776)

Calasanz aprende a llevar la vida a la oración y en el encuentro íntimo con Dios, encuentra luz e inspiración para su vida de cada día. Con los niños aprendió la apertura de corazón a Dios. Ellos nos enseñan a fiarnos de Dios, a ser “todo de Dios, ya que Él es todo nuestro, a imagen de la Llena de Gracia que responde con todo su ser: he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según su Palabra. (CIC 2617)

Orar con los niños y con corazón de niño es el camino que Calasanz ha iniciado para nosotros. Como le ocurrió a él, los niños nos llevan a un vaciamiento de tantas inquietudes y preocupaciones ancladas en nuestro hombre viejo, para dejar el protagonismo a la auténtica presencia de Dios. En la simplicidad de los pequeños, el corazón se vuelve humilde, reconoce que solo Dios es plenitud, y en ello encuentra su alegría, de tal forma que ya no se vuelve sobre sí mismo, sino sobre Dios. Entonces, se deja llenar por la alegría de la alabanza, en la pobreza de corazón. Con la pureza de corazón de los niños, asumimos la contemplación y la adoración como la manera natural de permanecer en la presencia de un Dios, que encuentra su alegría en habitar en nuestros corazones. El alma que adora se abre al Espíritu de Dios.

El Santo de los niños, ha hecho de la realidad vivida y asumida en humildad y sencillez, apertura a la confianza de crecer y madurar hasta alcanzar plenitud. En sus escritos, nos ha dejado algunos símbolos que nos hablan de él, de su persona, de sus predilecciones. He aquí algunos:

Quien llegue esta práctica de saberse mantener como un niño de dos años, que sin ayuda cae muchas veces, desconfiará siempre de sí mismo e invocará siempre la ayuda de Dios. (1628)

El camino para llegar a ser sabio y prudente en la escuela interior, es hacerse como un necio a los ojos de los hombres, dejándose guiar como un asnillo. (1634)

Dios sabe con cuánto amor le deseo la continua asistencia del Espíritu Santo, para que, tratando con él a puerta cerrada, al menos una o dos veces al día, sepa guiar la navecilla de su alma por la senda de la perfección religiosa al puerto de la felicidad eterna. (1642)

Para llegar a ser un vaso bueno, digno de ser presentado ante cualquier señor, se necesita primero que el metal sea bien golpeado. Lo mismo sucede en el servicio de Dios: conviene soportar con paciencia todas las cosas y devolver con toda caridad y mansedumbre bien por mal, de tal manera que el prójimo quede edificado. (1621)

… presagiando acaso el bien de la reforma universal de las corrompidas costumbres, que es consecuencia del diligente cultivo de esas plantas tiernas y fáciles de enderezar que son los muchachos… MT 15

Por la amanecida se conoce el día y por el buen comienzo el buen final, y el transcurso de la vida depende de la educación recibida en la infancia – jamás se pierde su buen olor, como tampoco en el recipiente el del buen licor-. (MT  25)

Le exhorto en cuanto sé y puedo a que, por ningún acontecimiento, por grave que sea, pierda la paz interior, sino que procure conservar siempre su corazón, tranquilo y unido a Dios recurriendo a la oración, cuando más turbado esté, porque el Señor suele entonces aquietar la tempestad del mar. (1628)

En dinámica de oración

El símbolo nos lanza a una mirada más allá de lo que se ve, hace de lo próximo, una vivencia de eternidad. Cuando entro en mí mismo, observo mi entorno más cercano e íntimo, me siento querido, cuidado, protegido… Un libro, una mesa, una copa, un lienzo, etc. dicen más por lo que significan que por lo que son. Evocan experiencias y vinculan con personas. Calasanz también hizo de su entorno símbolo y sacramento de la presencia de Dios. Él lo es hoy para nosotros.

Guardo silencio. Dejo que el espíritu de Calasanz me guie y acompañe hacia mi interior. Él es maestro de vida que hace del Jesús, acogido en el niño, palabra de eternidad. Releo las expresiones de la meditación. Me fijo en aquellas con las que me siento en plena comunión de corazón. Invoco al Espíritu de Jesús.

Ven, Espíritu Santo

Ven, habla a mi corazón.

Ven, concédeme el espíritu de Calasanz.

Dejo que sus expresiones me muevan por dentro:

Calasanz, tocado por Dios, en los niños pobres… Dios, que yo te deje tocar mi corazón…

He encontrado el mejor modo de servir a Dios… Que te Encuentre a Ti, Dios mío, en mi servicio…

Dejarse llevar por el Dios que es confianza, esperanza y amor…. Que te deje a Ti, Señor, llevar las riendas de mi vida…

Calasanz se retiraba a orar con asiduidad… Señor Jesús, derrama en mi alma el espíritu de la oración continua…

En Calasanz, vida y oración van de la mano… Jesús que yo lleve en la oración, mi vida a tu presencia…

Ser todo de Dios, ya que Él es todo mío… Espíritu Santo, que en mi ser y obrar sea todo tuyo.

Me dejo vaciar de lo mío, en la sencillez y pobreza de corazón. Dios es plenitud. De Él, recibo la alegría de la alabanza y la adoración. Así, soy todo suyo, en su presencia, como un niño en el regazo de su madre.

Canto: Dichoso quien sabe orar en espíritu y verdad.