Pocos meses antes de morir, el Papa Francisco firmó su cuarta encíclica “Dilexit nos.” En palabras de Bruno Forte, arzobispo de Chieti-Vasto, que la presentó en la sala de prensa de la Santa Sede, “es un cambio de ritmo para quienes han interpretado el magisterio de Francisco, como aplanado, aplastado sobre lo social y lo político, y no han comprendido la profunda inspiración presente en todos sus textos… Al hablar del sagrado corazón, el Papa ha puesto en ello su corazón, todo su ser.”
“Dilexit nos” se inspira en la experiencia personal, en la espiritualidad del Papa Francisco. Nos exhorta a volver al corazón. “En un mundo líquido, es necesario apuntar de nuevo allí donde cada persona tiene su fuente y raíz. (…) el hombre moderno se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Falta corazón”, (DN 9) nos dice el Papa Francisco.
Urge regresar a la centralidad del corazón. El corazón es lo que nos distingue, nos configura una identidad personal y nos pone en comunión con las demás personas. En alguna medida, la identidad personal, familiar y social de nuestras propias culturas se van diluyendo en la uniformidad de deseos y aspiraciones al ritmo de las nuevas tecnologías: las mismas formas de pensar, sentir, expresarse, convivir… Parece que nos vaciamos de lo más auténtico de nuestros ser para dejarnos invadir por los mensajes de la sociedad de consumo. Nuestro corazón es frágil, está herido. El único camino es volver al corazón de Cristo, que es un horno ardiente de amor divino y humano. Allí es donde aprendemos a amar. En nuestra misma acción docente, la urgencia de resultados evaluables, nos roba la paciencia que exigen los procesos de interiorización y maduración del propio yo.
En nuestra oración continua, el ejercicio pausado del silencio, la quietud y serenidad del propio cuerpo, que nos libera de la primacía de resultados en favor del proceso de cada estudiante, la atención de la respiración acompasada de la invocación del nombre de Jesús nos conduce a una comunicación con el propio yo. La presencia del Resucitado renueva con su bondad y misericordia nuestra identidad en la integración de las fortalezas y limitaciones que nos configuran, siempre abiertos a las actitudes y sentimientos que el espíritu santo siembra en nosotros: la alegría, la paz, la esperanza, la caridad, la bondad, la confianza…
Invocamos ese mismo espíritu de oración. Él nos acompaña hasta lo más escondido de nosotros. Con Él, se renueva nuestro mundo interior:
Ven, Espíritu Santo.
Crea en mí un corazón puro.
Renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro.
No me quites tu Santo Espíritu.
CANTO: Os daré el Espíritu Santo no os dejaré huérfanos. (CD 2)
En el corazón de Jesús, está el origen de nuestra fe, el manantial de nuestra vida cristiana. Cristo quiso mostrarnos su amor, en sus gestos, miradas y palabras. En su modo de obrar, descubrimos cómo nos trata a cada uno de nosotros. En el Evangelio, nos revela su amor.
“Jesús, el Hijo de Dios, se encarnó y se anonadó a sí mismo, tomando la condición de esclavo.” (Flp 2,7). He aquí, su primer gesto de amor. Él quiso nacer, niño de una mujer, María, en la pobreza de una pequeña gruta, junto a su padre José y la compañía de unos pocos animales y unos pobres pastores. Poco a poco, en torno al pesebre, se fueron congregando las personas que se sintieron atraídas por su cariño, su cuidado. Él no se impone, no levanta la voz, viene siempre así, sin hacer ruido, en la cercanía y proximidad que se hace escucha, diálogo, encuentro, caricia y sanación. Su ternura no se expresa en las palabras vacías de los fariseos y doctores de la ley, sino en los abrazos y caricias, expresión de un amor auténtico.
“Abrazaba a los niños, y los bendecía, poniendo las manos sobre ellos.” (Mc 10,16). Cada niño, primordialmente los más heridos por la dureza de la vida, son una entrañable encarnación del misterio de Dios. Ante un niño, siempre nos encontramos ante esa “tierra sagrada”, a la que acercarnos, con el mismo estupor, y veneración con que Moisés se descalzó ante la zarza, que ardía sin consumirse. (Ex 3,2-5) En el corazón puro e inocente de un pequeño, brilla la bondad de Dios. Los fracasos y desilusiones de la vida nos desaniman, pero los niños siempre nos susurran al oído: “vamos a orar, confía, Jesús siempre está con nosotros y nos escucha.” Ellos nos llevan a Jesús, renuevan la confianza en Él, aman y guardan su Palabra, e interceden por todo el sufrimiento de la humanidad.
Pero aún hay algo más sublime. Jesús en el Evangelio ve, mira, fija su atención en las personas. Su mirada penetra en lo íntimo de la conciencia, Jesús nos hace sentirnos conocidos, respetados, acogidos y amados por Él. En la mirada de cada niño, intuimos la profundidad de Dios. En sus ojos, brilla la apertura confiada, la transparencia y autenticidad, el abandono en quien se interesa por él. Cuando parece que los demás nos ignoran, que no tenemos importancia, Jesús nos mira y presta atención. Él mira con gozo cada gesto de amor, cada intención hermosa.
En el día a día, los niños expresan en sus acciones ese amor natural y espontáneo que inspira los sentimientos más entrañables: el compartir lo propio con el compañero necesitado; esa broma, que provoca la sonrisa y el buen humor; el abrazo que nos conmueve; y tantas otras actividades de la vida, de las que se hace eco el Papa en su mensaje: jugar a pelota con una pelota de trapo; cuidar gusanillos en una caja de zapatos; secar una flor entre las páginas de un libro; pedir un deseo al deshojar una margarita… (DN 20)
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1628, “Quien llegue a esta práctica de saberse, mantener como un niño de dos años, que, sin ayuda, cae muchas veces, desconfiará siempre de sí mismo e invocará siempre la ayuda de Dios. Y esto quiere decir esa sentencia tampoco entendida y mucho menos practicada: En verdad les digo, si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos” (Mt 8,3)
En dinámica de oración
En los gestos y miradas de Jesús, sentimos el corazón de Dios. Cuando Él nos habla interiormente, nos lleva al mejor lugar: su propio corazón. En mi corazón, me encuentro con el suyo. Él permanece allí, esperándonos.
Cuando me relajo y decido dedicarle un poco de tiempo, leer un breve fragmento de la Palabra, y dejar que brote, ese movimiento interior, silencioso y auténtico de confianza, alabanza, ruego o intercesión, se vive un encuentro tan singular que no encontramos palabras para expresarlo.
Guardo silencio. Dejo que Jesús me guíe y me conduzca hasta su corazón herido del que brotan sangre y agua, ternura y misericordia. Allí, abro mi alma mi verdad ante Él. Sé que sólo le encontraré a él. Allí, quiero quedarme con él. En un diálogo de corazón a corazón, porque el corazón habla al corazón. (DN 26).
En comunión con los santos de tantos tiempos y lugares, le digo:
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.
Ante el corazón de Jesús, oramos con las mismas palabras del papa Francisco:
Pido al señor,
Que una vez más tenga compasión de esta tierra, herida que él quiso habitar como uno de nosotros.
Que derrame los tesoros de su luz y de su amor, para que nuestro mundo que sobrevive entre guerras, desequilibrios, el consumismo y el uso antihumano de la tecnología, pueda recuperar lo más importante y necesario: el corazón. (DN 31)
Que, de su corazón, broten esos ríos de agua viva que sanen las heridas que nos causamos, que fortalezcan la capacidad de amar y de servir, que nos impulsen para que aprendamos a caminar juntos hacia un mundo justo solidario y fraterno.
Eso será hasta que celebremos felizmente unidos el banquete del reino celestial. Allí estará Cristo Resucitado, armonizando todas nuestras diferencias con la luz que brota incesantemente de su corazón abierto. (DN 220)
Papa Francisco, Tú que permaneces ya en el banquete del Reino, no te olvides de nosotros… intercede por nosotros.
CANTO: Tu amor en mi pequeñez (CD 2)
Gracias, Padre bueno, por tu amor desbordado, en mi pequeñez, por amarme tanto. Por llevarme siempre en tus brazos.
