Desde el inicio de su pontificado, el Papa Francisco quiso que la oración formar parte de su estilo pastoral. En su primera aparición pública, exhortó: “Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad (…) Y antes de dar la Bendición os pido un favor: antes que el obispo bendiga al pueblo, os pido que vosotros recéis para que el Señor me bendiga: la oración del pueblo, pidiendo la Bendición para su Obispo. Hagamos en silencio esta oración de vosotros por mí…” Para terminar con este ruego, que se convirtió en estribillo permanente de sus apariciones públicas: “Rezad por mí”. (Primer saludo. 13. marzo. 2013)
En la oración del Papa Francisco, se advierte un alma contemplativa, bajo la guía de los Ejercicios Espirituales de S. Ignacio, en ese tejer los acontecimientos de la vida con el encuentro misericordioso con Cristo crucificado. En sus palabras, “si la oración no recoge las alegrías y los dolores, las esperanzas y las angustias de la humanidad, se convierten en una actividad “decorativa”, una actitud superficial, de teatro, una actitud intimista.”
El Papa Francisco concibe una iglesia orante, en la que “el uno intercede por el otro”. interceder, pedir a favor de otro, es lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios.” (CIC 2635) Oración y misericordia se encuentran, se abrazan. Al orar, Dios derrama su perdón y su Gracia vivificadora sobre nosotros, pero también sobre aquellos por los que queremos rezar en sintonía con el corazón de Dios, aunque no los conozcamos. Es la santidad del “hermano de la puerta de al lado”, porque a la oración le importa el hombre, y solo el que ama, reza por todos. (Audiencia General, 16. diciembre. 2020)
Desde los inicios de las Escuelas Pías, San José de Calasanz encomendó a la Oración Continua, unas intenciones de intercesión por las necesidades de la Iglesia, la sociedad y nuestra Orden. El encuentro auténtico con la misericordia de Dios suscita un corazón compasivo del que brota la ayuda a los demás y una oración de intercesión por las personas que sufren. Nuestros niños ruegan por todas las situaciones dramáticas de nuestro mundo: la paz y el final de las guerras, las familias, los pobres, los enfermos, y tantas otras necesidades que se viven en cada lugar.
En comunión con toda la humanidad, pedimos el auténtico Espíritu de oración, que es el Espíritu del amor. Quien no ama, reza mal o finge rezar, porque la oración se inspira en el amor y nos impulsa al amor. Invocamos al Espíritu Santo:
Ven, Espíritu Santo.
Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre.
CANTO: Ven, Espíritu Santo
Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con tu amor; recuérdame tus palabras, edúcame en tu amor. Consuélame en la tristeza, fortaléceme en la debilidad, protégeme los peligros, acompáñame en la soledad, cúrame en la enfermedad, protégeme en los peligros. (CD 1)
Durante su vida pública, nos enseña el Papa Francisco, Jesús recurre constantemente a la fuerza de la oración. Se retiraba a lugares solitarios para orar; pasaba la noche en la oración de Dios. Para Él, la oración, no era una actividad a realizar ocasionalmente, cuando me acuerdo o me siento angustiado por alguna dificultad de la vida, sino que vivía inmerso en una vida de oración, porque asumía como algo propio las necesidades de las gentes. En esas horas solitarias de oración, Jesús se sumerge en su intimidad con el Padre, deja que el Padre derrame en su alma todo su amor divino. Su oración era el sentido, la raíz e inspiración de su obrar: algo que se practica al inicio del día para guiar y acompañar la actividad de la jornada, para vivir en la Presencia de Dios.
En nuestra actividad escolar, la oración forma parte de nuestra identidad. Ya al inicio de la jornada, la oración de la mañana, eleva al corazón de Dios nuestras inquietudes, en el deseo de que Él oriente nuestra entrega a los pequeños. Serán muchas las oportunidades en las que sembraremos una actitud de recogimiento, admiración y agradecimiento, por las maravillas que Dios realiza en la naturaleza, en la vida de los hombres, y en nuestras relaciones personales. Junto al Amigo, aprendemos a ser amigos los unos de los otros. La oración transforma en luz, bondad y ternura, la mirada egoísta de quien juzga y condena sin misericordia.
En segundo lugar, Jesús nos educa en una oración asidua, personal y en común, programada, que marcan las jornadas y pauta las tareas. Todos somos capaces de oraciones episódicas, que nacen de la emoción de un momento. Pero Jesús, nos forma en una oración perseverante, que ordena nuestro día (kosmos) y nos redime del caos. Una oración constante produce una transformación progresiva, nos fortalece la tribulación y nos sostiene en Aquel que nos ama y protege siempre.
En nuestra vida escolar, la oración, no es algo puntual, ocasional, reservada únicamente a jornadas especiales. La oración, forma parte de nuestra organización, con lugares y tiempos apropiados en el calendario y el horario semanal, y con personas dispuestas y bien preparadas para esta misión. Entonces, la oración acompaña y ordena nuestra tarea de cada día, en el orden y equilibrio, querido por el Creador. (Reglas de las Escuelas Pías, 113)
La oración también se alimenta del silencio y la soledad. En la ausencia del bullicio exterior, emergen muchas voces que escondemos en la intimidad: los deseos más escondidos, las verdades más acalladas. En el silencio, Dios nos habla. Todos necesitamos cultivar la vida interior, sin la que nos convertimos en superficiales, inquietos, ansiosos. Sin vida en el alma, huimos de la realidad y de nosotros mismos, somos personas en fuga.
En el silencio y el recogimiento, los niños descubren una presencia que habita en su interior: el encuentro con Jesús, el Hijo de Dios, con quien dialogan en confianza y amor, con el tiempo se transformará en una verdadera amistad de corazón a corazón. Acompañarles a la capilla, en el silencio que aviva nuestro oído interior; educarles en una actitud de asombro y estupor, que nos abre al misterio; dejar que el Espíritu de Dios les colme de su paz, serenidad y confianza, les conduce a una interioridad sumergida en la presencia de Dios, al estilo de Jesús. (Audiencia General, 4. noviembre. 2020)
San José de Calasanz, nos dejó escrito en 1622: “la voz de Dios es voz de espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuando sople; de donde importa mucho estar siempre vigilante para que no venga improvisamente y pase sin dar fruto.”
En dinámica de oración
La voz de Dios es voz de Espíritu. Él viene a estarse contigo, hablar a tu corazón, a “tocar” tu interior. El bullicio de la vida moderna dificulta la escucha de Dios. Él sabe que fácilmente te dispersas y distraes, que la ansiedad y las prisas te evaden de tu verdad, de tu realidad.
Sin embargo, Él te llama una y otra vez. Jesús conoce tus cansancios, tus desánimos, tu insatisfacción. Él viene a darte su Espíritu, que es fortaleza, vitalidad, entusiasmo. Él te ha confiado muchos niños a los que amar, educar en la presencia de Dios, a los que guiar poco a poco hacia su interior, donde acontece el más hermoso diálogo de amor entre Dios y nuestras almas.
Guarda silencio. Recógete en tu interior. Atiende tu respiración. No tengas prisa. Invócale, deja que te lleve a tu interior. Haz memoria de la presencia de Dios en el día de hoy, en tu vida. Sé que el Señor me tiene en su memoria. Yo puedo olvidarme de Él, pero yo sé que Él jamás se olvida de mí. “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido.” (Is 49, 15)
Invócale, deja que te lleve a tu interior:
Ven, Señor Jesús.
Enséñame a orar.
Enséñame a orar en la vida.
Enseña a orar a los niños que me has confiado.
Enséñanos a orar en espíritu y verdad.
Canto: Dichoso quien sabe, orar en espíritu y en verdad. (CD 3)
