DESDE LA VOCACIÓN
“Lo miró con misericordia y lo eligió”.
La vocación del Papa Francisco nació en una experiencia intensa de la misericordia. Él mismo lo relata: “De joven, antes de ir a una fiesta, al pasar por una parroquia, sentí la necesidad de confesarme. Fue para mí una experiencia de encuentro: descubrí que alguien me estaba esperando. Llevaba mucho tiempo esperándome. Sentí que algo había cambiado. Yo no era el mismo. Decimos que hay que buscar a Dios, pero cuando vamos, él nos está esperando. Y esta es realmente una gracia: encontrar a alguien que te está esperando.” (Vigilia de Pentecostés, 18. mayo.2013)
En palabras del Papa Francisco, Dios es alguien que “siempre nos está esperando.” En muchas ocasiones, tenemos ante Dios, la imagen de alguien que con frecuencia nos exige: cumplir con los compromisos de nuestra familia o de nuestro trabajo, realizar nuestros actos de oración y de entrega a Dios; atender a las personas que nos reclaman dedicación…, como si Dios fuera un patrón, rígido y severo, insensible ante nuestra debilidad.
Sin embargo, Dios es el Padre misericordioso que siempre nos está esperando. Como en la parábola del hijo pródigo, (Lc 15, 20), permanece sereno y paciente, esperando nuestro regreso. Cuando vislumbra en la lejanía de nuestro interior el más pequeño movimiento de volvernos hacia Él, lleno de alegría, nos mira, sale corriendo a nuestro encuentro, nos abraza y nos regala su perdón y misericordia. En cada experiencia de oración, el Padre nos espera, porque “sus delicias están con los hijos de los hombres.” (Prv 8,31).
Invocamos al Espíritu que ilumina nuestro entendimiento e inflama nuestro corazón. Ahora no es momento para la exigencia, sino para dejarnos conducir hasta Aquel que nos espera con infinita paciencia y ternura:
Ven, Espíritu Santo.
Dios clemente y compasivo,
acógeme y ten compasión de mí.
CANTO: Os daré el Espíritu Santo. (CD 2)
Os daré el Espíritu Santo no os dejaré huérfanos.
La experiencia de misericordia de Jorge Mario Bergoglio a sus 17 años fue tan intensa, que años más tarde, cuando fue consagrado obispo, eligió el lema: “miserando atque eligendo”, cuya traducción aproximada es: “Lo miró con misericordia y lo eligió”. El Papa Francisco encontró en la llamada de San Mateo, la integración de la misericordia y la elección.
Mateo estaba sentado en el despacho de los impuestos. Era un traidor a los suyos. Vivía aferrado a aquellas monedas que acumulaba, contaba, custodiaba con avaricia. Toda su atención allí. Esas monedas, son un símbolo de todo aquello a lo que nos atamos, porque nos ofrecen seguridad y tranquilidad: la imagen social que presentamos en nuestra familia o trabajo; las costumbres y rutinas, que en su reiteración nos tranquilizan narcóticamente; las ideologías y justificaciones que nos brindan seguridad; nuestros conocimientos y títulos académicos que alimentan una cierta altanería y superficialidad; nuestra misma expresión caduca de la fe, que impide una mayor disponibilidad a un Dios que quiere provocarnos a una mayor confianza en Él.
Jesús se acercó hasta Mateo, y lo miró. No llevaba una agenda repleta de compromisos, tenía tiempo para Mateo, lo miró, sin prisa, con paz. Lo miró con ojos de misericordia, como nadie lo había mirado antes. Esa mirada abrió su corazón, lo liberó, lo sano, le dio una vida nueva…
En nuestra historia personal, Jesús también nos mira primero. Nosotros tan enfrascados en lo nuestro, que ni advertimos que Jesús está ahí. Es un bonito ejercicio, decirme a mí mismo: yo también soy un pecador, en el que Jesús ha puesto su mirada. Él mira más allá de las apariencias, de las culpas y pecados, de los fracasos y frustraciones, de la categoría social, del color de la piel, de la marca de la ropa. Él ve la dignidad filial en cada uno de nosotros. Él justamente viene a los que no se sienten dignos, por sí mismos o por el rechazo de los demás. Si su mirada nos atrae, Él nos devuelve la alegría, la esperanza, el gozo de vivir.
Después de su mirada misericordiosa, Jesús le llama a Mateo: “Sígueme.” Y, él le siguió. Después de la mirada, su palabra. Mateo ha cambiado por dentro. La mirada de Jesús, el encuentro con Él, lo transforma. Las monedas pierden atractivo, algo tiene la mirada y la palabra de Jesús que le seducen. Ligero, se levanta para ir con Jesús, entregarse a los demás, en la alegría del servicio. Para quien se encuentra con Jesús, los otros no son anónimos con los que se vive, se usan o se abusa de ellos. La mirada de Jesús hace del otro un hijo/a de Dios a quien servir con el mismo amor recibido de Jesús. Su amor cura nuestra mirada egoísta, para llevarnos a mirar más allá de las apariencias, a mirar el corazón. (1Sm 16,7-8). (Homilía, 21. septiembre. 2015)
Jesús viene a desafiar nuestra fe. ¿Crees que una persona egocéntrica como Mateo pueda convertirse en un misionero, en un servidor para los demás? ¿Es posible que un traidor se convierte en amigo? Su mirada, su presencia es transformante.
San José de Calasanz también amasó sus propias monedas. Sus muchas cualidades y riquezas, le mantenían insatisfecho. El deseo ardiente de alcanzar seguridad en un cargo eclesiástico, le carcomía el corazón. Hasta que en Roma le salieron al encuentro los niños descartados del sistema educativo. Jesús hizo un camino exterior e interior con él. Por fuera, la pobreza de la infancia le golpeó el corazón. Por dentro, el encuentro orante con Jesús, fue iluminando, su mirar amoroso. El encuentro entre exterior e interior, niños, pobres y encuentro con la mirada de Jesús, alumbró una respuesta nueva, generosa, ilusionada de entregarse a los más pequeños, en humildad, sencillez, silencio, oración… sin otro ruido que el rumor del Espíritu de Dios: “He encontrado en Roma, el mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeños, y no lo dejaré por nada de este mundo.”
En dinámica de oración.
Ante la pregunta: ¿Quién es Jorge Mario Bergoglio?, el Papa contestó: “Soy un pecador en que el señor ha puesto sus ojos.” Él mismo confiesa que cuando viajaba a Roma, se acercaba con frecuencia a visitar la iglesia de S. Luis de los franceses, a contemplar el cuadro de la vocación de San Mateo de Caravaggio.
“Ese dedo de Jesús, apuntando así… a Mateo. Así estoy yo. Me impresiona el gesto. Así me siento. Mateo se aferra a su dinero, como diciendo:” ¡No, no a mí! ¡Este dinero es mío!” Esto es lo que yo soy: un pecador al que el Señor ha dirigido su mirada…” (Entrevista al P. Antonio Spadaro, 19. agosto.2013).
Ahora me dejo acompañar por la imagen de la vocación de San Mateo que encabeza nuestra entrada. Es la misma ante la que el Papa Francisco le gustaba detenerse. Fíjate en todos los personajes, reconoce a Mateo, ensimismado en sus monedas, junto a sus compañeros, ricamente vestidos. Jesús, pobre y humilde en la penumbra.
Dejo que me hable la imagen. Mateo, con sus monedas. Pienso en las mías. Me pregunto a qué me agarro en mi día a día. Me detengo en la mirada de Jesús, serena, pacífica, tierna. Siento que me devuelve mi dignidad.
Guardo silencio. me recojo en mi interior. Me dejo llevar por mi respiración tranquila y pausada. Atiendo a mi interior, donde sólo llega la mirada de Jesús. Dejo que Él me mire con su serenidad y tranquilidad. Sé que me mira, me acoge, me bendice. Ante Él, me siento niño, pequeño. Muchas veces, tropiezo y me caigo. Pero su mirada me rescata, me restaura en mi dignidad. Me dejo llevar por mi voz interior:
Ven, Señor Jesús.
Acércate a mi vida.
Soy pecador.
Regálame tu mirada.
Perdóname.
Líbrame.
Renuévame en tu amor.
CANTO: Tu amor en mi pequeñez. CD 2
Gracias Padre bueno, por tu amor desbordado en mi pequeñez, por amarme tanto. Por llevarme siempre en tus brazos.
