El pasado 21 de abril de 2025, nos conmovió la noticia del fallecimiento del Papa Francisco. Durante 12 años, ha guiado a la Iglesia con un elocuente servicio, hecho de gestos y palabras. De manera particular, él hizo de la misericordia de Dios, inspiración de su ser y obrar. Nuestro blog, en agradecimiento a su testimonio, dedicará las próximas entradas a recordar, en dinámica orante, su inestimable legado.
DESDE LA MISERICORDIA
Desde el inicio de su pontificado, el papa Francisco hizo de la misericordia, inspiración de su misión pastoral. Ya en su primer Ángelus, nos exhortó a vivir la misericordia de Dios desde la paciencia que tiene con nosotros: “¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Esa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos, si sabemos volver a Él con el corazón contrito. Grande es la misericordia del Señor.”
¡Qué sugerente nos resulta vincular la misericordia a la paciencia! En nuestra vocación educadora, sabemos bien que la paciencia nos acompaña en la tarea de cada día. Aceptar que cada estudiante ha nacido en una familia diferente, con sus oportunidades y dificultades, nos mueve a respetar el proceso educativo de cada uno de ellos. Una actitud de servir, escuchar, acoger, animar, llevar de la mano…, a tiempo y a destiempo, es testimonio de la presencia del Espíritu de Dios entre nosotros.
Educar con misericordia es hacer de la paciencia, alma de nuestro ser y obrar. Porque Dios siempre me comprende, me espera, no se cansa de mis cansancios y protestas. En la medida que yo le miro con cariño, le llamo con un corazón pequeño y humilde, le digo con toda confianza: “puse todo de mi parte, aunque no logré el resultado previsto”, el Padre me perdona y me regala el mejor don: el Espíritu Santo, que me renueva en la paz, la serenidad, la confianza. Le invocamos:
Ven, Espíritu Santo.
Ten misericordia de mi.
Lléname de la bondad de tu gracia.
Canto: Os daré el Espíritu Santo, no os dejaré huérfanos. (CD 2)
Vivimos en el tiempo de la misericordia, en palabras del Papa Francisco. Él nos ofreció un rostro nuevo, fresco, vital de la Iglesia, como si la brisa suave del Espíritu renovara de nuevo sus entrañas más íntimas. La iglesia, como “un hospital de campaña en medio del combate”, esta llamada a mostrar su rostro materno a una humanidad herida. Sale a buscar a las gentes a las calles, las periferias, las acoge, las abraza, las cura, hace que se sientan amados. Con frecuencia, hacía suyas las palabras del Papa Juan XXIII en el inicio del Concilio Vaticano II: “la Esposa de Cristo, prefiere usar la medicina de la misericordia, en lugar de empuñar las armas del rigor.”
Muchos contemporáneos de Jesús, encontraron en sus gestos, miradas y palabras, el rostro del Dios, compasivo y misericordioso: la adúltera, que ante los que la acusaban, Jesús la redimió de su condena (Jn 8,1-11); el hijo perdido de la parábola, que después de malgastar todas sus riquezas, llevando una mala vida, decidió regresar donde su padre y sentir su abrazo misericordioso (Lc 15,11-32); el encuentro del samaritano con aquel hombre, malherido en el camino, al que se acercó, vendó sus heridas, lo llevó a una posada y cuido de él (Lc 10,29-37); la viuda pobre de Nain, que llevaba a enterrar a su único hijo, ante la que Jesús se compadeció, enjugó sus llágrimas, y le devolvió a su hijo resucitado (Lc 7,11-17).
En la medida, que las personas sentimos heridas profundas, nos sentimos desorientados, no sabemos cómo curarlas y hacer frente a nuestras responsabilidades. El hombre moderno se encuentra ante heridas sangrantes que dañan su identidad y estabilidad vital: la división, las enemistades y las discordias, que roban la vida de tantos pequeños indefensos en los enfrentamientos armados; las ideologías que arrastran a miles de personas en la manipulación y despersonalización; los movimientos migratorios de tantas personas obligadas a abandonar su propia patria en busca de trabajos inhumanos, muchas de ellas, deportadas injustamente; la pobreza que condena al hambre, la penuria y la necesidad; la dependencia de dispositivos electrónicos que roban nuestro afecto y atención de quien espera nuestra cercanía y servicio; el exceso de ruidos y voces que nos expropian de nuestro mundo interior. En suma, el drama de quien vive su propio mal y culpa, como incurable, irredento, sin posibilidad de rescate: cerrado a una mano que levante, un abrazo que restaure y colme de amor infinito, paciente, indulgente.
En medio de las heridas desangrantes, uno necesita ser atendido, comprendido, curado y perdonado. Necesita levantar la mirada y otear un horizonte de esperanza. Los niños, en su inocencia y transparencia; en su sencillez y simplicidad; en su confianza y abandono nos abren las puertas del Reino de la compasión y fidelidad de Dios (Os 2,21-22). Permanecen en la presencia del Dios vivo, en una relación de amor, fe y esperanza. Junto a ellos, los mayores aprendemos a mirar la creación, las dificultades y oportunidades, los logros y fracasos de la vida con corazón y mirada de niño. Guiados por los pequeños del Reino, nuestro corazón endurecido y herido por las adversidades de la vida, aprende a ponerse ante Dios, todo Él, ternura y misericordia, ofreciéndole nuestra nada, nuestras miserias y pecados. Es entonces, cuando Dios nos precede, se nos anticipa, nos “primerea”, como gustaba decir al Papa Francisco. Cuando nos abrimos de todo corazón a Dios, la quietud, serenidad, bondad, pureza… llenan nuestra alma, restaurando, nuestro ser de hijos e hijas de Dios, en Jesucristo. Quien ha sido tocado, acariciado por la ternura de Dios, le conoce no solo con la inteligencia, sino de forma primordial con el corazón. “Hasta ahora te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento”, confiesa Job después de su encuentro con Dios. (Jb 42, 5-6) Él sabe de nuestros pecados, traiciones, negaciones y miserias. Sin embargo, está allí siempre esperándonos, para “entregarse del todo a nosotros, para que nosotros lleguemos a ser todo de Él.” (Nuestra Oración Continua hoy, 20).
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1629: “La estrada o vía más breve y más fácil para ser exaltado al propio conocimiento, y de este, a los atributos de la misericordia y prudencia, infinita paciencia y bondad de Dios, está en bajarse a dar luz a los niños, en particular, a los que son desamparados de todos…” (EP 1236)
En dinámica de oración
Jesús, deseo acoger tu ternura y misericordia. En ocasiones, experimento la fuerza del pecado y la debilidad. La disfrazo con mis éxitos, mis triunfos, mis anhelos de grandeza. A veces, me escucho por dentro, quejándome, protestando, ansiando, ser centro para los demás.
Tú, Jesús, me coges de la mano, me llevas, guiado por tu silbo amoroso, hasta la fuente nutricia, escondida en mi interior, donde mis heridas, limitaciones y pecados encuentran el agua refrescante de tu bondad y tu gracia. Allá en lo escondido, estás Tú, con infinita ternura y paciencia. Allí, quiero quedarme contigo, sentir tu presencia, acogerte y ofrecerte lo que soy, en un encuentro de corazón a corazón.
Guardo silencio. Me dejo llevar de ti, Jesús. Dame una mirada simple y callada, que se goce solo de permanecer junto a Ti. Atiendo a mi respiración, serena y pausada que pacifica mi alma. Me dejo llevar por la inspiración del cielo:
Ven, Espíritu Santo.
Ven, Señor Jesús.
Lléname de tu ternura y misericordia.
Sáname porque he pecado contra Ti.
Dame un corazón simple, confiado, limpio como el tuyo.
Me abandono en Ti.
En tus manos de Padre, pongo mi vida.
Me abandono en Ti mi Dios.
Canto: En tus brazos de Padre, pongo mi vida, me abandono en Ti, mi Dios. (CD 2)
