Habitados, Palabra y Presencia, para vivir con Él. VI Domingo de Pascua. Ciclo C.
El tiempo de Pascua avanza. La alegría exultante del anuncio de la Resurrección va dejando lugar a la presencia del Espíritu Santo: en nuestros corazones sentimos una paz profunda y una fe firme en la presencia del Señor.
La cercanía de la fiesta de Pentecostés, nos mueve a intensificar la invocación del Espíritu Santo. En estos días de mayo, cada comunidad cristiana se convierte en un pequeño cenáculo, en el que María nos acoge como madre y maestra. Ella nos enseña a acoger la gracia del Espíritu, a la vez que nos ayuda a elevar a Dios una plegaria unánime y confiada en el Espíritu.
En la primera comunidad cristiana, surgieron también diferencias entre quienes pretendían imponer tradiciones judías a los nuevos miembros paganos, tensión siempre presente en la Iglesia de todos los tiempos. Después de escucharse unos a otros, se dejaron iluminar por la inspiración del Espíritu Santo. Siempre es importante escuchar la voz de todos, especialmente de los más pequeños y de los últimos. Escuchar no tanto las ideas, los programas, sino la experiencia, la realidad de las personas, con la mirada humilde, de quien busca en los otros la presencia de Dios, que no vive en la grandeza de lo que hacemos, sino en la pequeñez de lo simple, de una acogida fraterna.
En aquella discusión de la primera Iglesia, la unidad prevalece sobre las diferencias y las estrategias, en una caridad que no crea uniformidad, sino comunión. Cada uno con su pequeña aportación, como tesela de un gran mosaico, crean, en comunión, el rostro de Cristo vivo. A la escucha del Espíritu, dejan hablar a la Palabra, que les inspira en la comunión: “El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros más cargas que las indispensables.” (Hch 15,28).
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1622: “…deseo que, al menos una vez a la semana, hagan como una pequeña congregación sobre las cosas de la escuela y la manera de mejorarlas, sintiendo el parecer de todos, que muchas veces habla el Espíritu Santo por boca del que menos se piensa. (EP 132).
El Espíritu Santo habla siempre a la comunidad. En las diferencias y discusiones, su escucha nos devuelve la calma, la paz, el amor mutuo, una mirada limpia e inocente a cada hermano, a su persona, a su realidad. Invocamos al Espíritu:
Ven, Espíritu Santo.
Envíame tu aliento de vida.
Crea comunión y unidad entre nosotros.
CANTO: Espíritu Santo Maestro. (CD 2).
El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo.
En su última cena, Jesús se despide de sus discípulos. Allí, les ofrece sus mejores regalos: su Palabra, el Espíritu Santo y la paz del corazón. Aquel fue un momento entrañable, el anuncio de su regreso al Padre entristece su alma, Él les confirma que siempre permanecerá a su lado.
Jesús es la presencia, la encarnación de la Palabra de Dios vivo. Él ama a cada persona. Le manifiesta su amor en los acontecimientos de la vida, a la luz de su Palabra. Quien guarda su Palabra, responde a su amor. Su presencia se experimenta como cercanía: el Padre y el Hijo establecen su morada en el corazón de los discípulos. Él toma la iniciativa de venir a visitarnos. “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto.” (Jn 15,16) Ahora el Padre y el Hijo vienen a vivir en el discípulo. En su amor, llevan a plenitud la filiación divina.
En el camino del antiguo éxodo, la presencia de Dios se ubicaba en la tienda del encuentro (Ex 26), donde “Yahveh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo.” (Ex 33, 11). En el nuevo camino del discípulo de Jesús, cada miembro de la comunidad, se convierte en morada de Dios. En su interior, es posible escuchar a Dios, hablar con él, expresarle inquietudes y alegrías. En una palabra, dejar que él nos llene de la bondad de su gracia, para hacer de nuestras vidas, un canto de alabanza al padre y una entrega generosa a los hermanos.
Los niños escuchan con agrado la palabra de Jesús, les toca el corazón: le prestan atención, la recuerdan con gusto, la recitan con alegría. Decir la Palabra, en alguna medida, renueva la presencia y cercanía de Jesús, sentida en la oración del corazón. Hace unas semanas, Luchy, educadora en el Centro cultural La Puya en Santo Domingo, preguntó a sus niños después del encuentro de oración:
– ¿Ustedes qué hacen con el texto y el dibujo de la oración que se llevan a sus casas?
Una niña, contestó: “yo la guardo en una libreta”; otra dijo: “yo en una gaveta”. Ivenson confesó: “yo la guardo debajo de mi almohada porque me gusta rezarla cada noche antes de dormirme.”
El gesto ingenuo y sencillo de estos niños, particularmente de Ivenson, nos evidencian una verdad divina: cuando la Palabra de Dios toca y atraviesa nuestro corazón, suscita un deseo de vivir con Él, porque Él ha decidido permanecer para siempre en nosotros.
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1622: La voz de Dios, es voz de Espíritu, que va, y viene, toca el corazón y pasa, ni se sabe de dónde viene o cuando sopla; importa, pues, mucho estar siempre alerta para que no llegue de improviso y se aleje sin fruto.” (EP 131)
Jesús nos habla mientras está con nosotros. Él va de camino hacia el Padre, nos anuncia que nos dejará. Entonces, comprenderemos y profundizaremos su mensaje. No será una mera reflexión nuestra, sino que el Espíritu nos inspirará para llegar a penetrar el sentido de las palabras del Maestro en cada circunstancia de la vida.
El Espíritu Santo no habla de sí mismo. Vive desde Jesús y el Padre: hace recordar y comprender toda la vida y enseñanza de Jesús. Es el Paráclito, el que nos sostiene, nos mantiene firmes, nos defiende y nos levanta, si caemos. Es una persona humilde y simple. No impone una ideología, ni un protagonismo. Él se adapta siempre a la inteligencia y a la voluntad de cada persona, en su ambiente, su cultura, su país. Se le escucha en el silencio y la quietud. Enseña a vivir el misterio. Muchas realidades de nuestra vida y de la doctrina nos resultan ocultas. Sin embargo, él nos ayuda a comprendernos y a comprender mejor el mensaje de Jesús.
Cuando los niños invocan y acogen al Espíritu Santo, entonces Jesús se hace presente en su pensar y sentir. Conocen su Palabra poco a poco, la profundizan en el diálogo y la reflexión, se preguntan cómo encarnarla en sus vidas, y se unen de corazón a la persona del Señor. Dios deja de ser algo externo y distante. Por la presencia del Espíritu, cada persona se convierte en santuario de la presencia de Dios, que santifica y purifica por la gracia. Ya no se trata de buscar a Dios, sino de dejarse encontrar por él, aceptar su presencia en la actitud filial ante un padre tan generoso y bondadoso.
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1642: “Sabe Dios con cuánto afecto le deseo a V. R. la asistencia continua del Espíritu Santo, de modo que tratando con él «a puerta cerrada» (Mt 6,6), al menos una vez o dos al día, sepa guiar la navecilla de su alma por el camino de la perfección religiosa hacia el puerto de la felicidad eterna.” (EP 5858)
El Señor se despide de los suyos, anunciando un gran don: “os dejo la paz, mi paz os doy.” No se trata solo de esa paz universal,” desarmada y desarmante, humilde y perseverante”, en palabras del Papa León XIV, sino también de esa otra paz, la del corazón, la paz del alma, que cada uno guarda y custodia con atenta responsabilidad.
Una paz muy diferente de la que promete el mundo, artificial, anestesiada, provocada por el consumo de imágenes, mensajes, bienes… Nos apropiamos de esta paz, como algo mío que te aísla de los demás y te encierra así en una paz solo para ti. Es una paz egoísta, para mí, encerrada en mí mismo.
En la oración, la paz que vivimos es muy diferente. No te aísla, sino que te pone en movimiento, te mueve a ir a los otros, comunicarte con ellos, compartir sus alegrías y tristezas. Jesús, en el encuentro orante con él, acaricia cariñosamente el dolor y las heridas de nuestra existencia, porque su paz se enraíza en el misterio de la cruz. La paz de Dios se vive en las tribulaciones. En ocasiones, nos resulta imposible vivir con paz, el dolor y el sufrimiento. La paz de Jesús es regalo, fruto del Espíritu Santo. En el sufrimiento de la enfermedad, la guerra, la pobreza, el desprecio… Dios regala esa paz desde dentro, que nos fortalece para llevar la cruz. Pidamos la gracia de la paz de Jesús, para nosotros, y para tantas personas atribuladas:” Jesús, dame tu paz del corazón.”
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1628: “Le exhorto en cuanto sé y puedo a que, por ningún acontecimiento, por grave que sea, pierda la paz interior, sino que procure conservar siempre su corazón, tranquilo y unido a Dios, recurriendo a la oración, cuando más turbado esté, porque el Señor suele entonces aquietar la tempestad del mar.” (Ep 1628)
En dinámica de oración
Jesús, me siento necesitado de ti, de escuchar y guardar tu Palabra, de recibir el Espíritu Santo Paráclito, de sentir la paz del corazón. En ocasiones, me turban las voces de este mundo, que me prometen una serenidad que me aísla y encierra en mis deseos y proyectos.
Hoy, quiero abrirte la puerta de mi corazón, recibir con admiración y estupor tu visita en mi interior. Me pierdo mucho buscándote fuera, en mis tareas y ocupaciones, en mis distracciones y diversiones, mientras que Tú estás siempre dentro, en lo oculto y escondido de mí mismo. Allí, quiero escucharte y amarte.
Guardo silencio. Me desprendo de pensamientos y sentimientos. Pido a Jesús una oración simple y callada, en la sabiduría humilde de permanecer con él. Atiendo mi respiración, serena y pausada que pacifica mi alma. Me dejo llevar por las inspiraciones del Espíritu Santo:
Ven Espíritu Santo.
Ven Espíritu Santo, Paráclito.
Guíame, protégeme.
Edúcame en tu amor.
Ven, Dulce Huésped del alma.
Dame tu paz.
Hazme instrumento de tu paz.
Canto: Ven, Espíritu Santo. (CD 1)
Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con tu amor; recuérdame tus palabras, edúcame en tu amor. Consuélame en la tristeza, fortaléceme en la debilidad, protégeme en los peligros. Acompáñame en la soledad, cúrame en la enfermedad, protégeme en los peligros.
