Amar es servir y dar vida. Domingo V de Pascua. Ciclo C
El Resucitado sigue consolándonos con su presencia y llamándonos a miras altas, a dejar las orillas conocidas, y adentrarnos, en el mar profundo de las nuevas tecnologías, de las ideologías, de las periferias, de la pobreza, para llevar el anuncio de amor de Dios. Allí fácilmente se siente el temor a lo desconocido, pero el Espíritu suscita la escucha, la acogida, la alegría de un mensaje que reconforta el alma.
Los primeros apóstoles se implicaron con acierto profético en abrirse a todos los hombres, en llevar el testimonio de la Buena Noticia del amor de Cristo. En las ciudades, fundaron comunidades, oraban, ayunaban, les encomendaban al Señor. Exhortaban a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. (Hch 14,20-26)
San José de Calasanz, en 1643, escribió al P. Gabriel Bianchi, quien había sido objeto de falsas acusaciones: “… todavía, anímese a padecer por Dios, pues es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.” (Ep 4125)
En la vida y misión del apóstol, son muchas y diversas las tribulaciones. Aunque en ocasiones, nos sintamos sin fuerzas, Dios hace su obra, transforma nuestro corazón, nos libera de falsas seguridades, nos conforma cada vez más con Jesús y su voluntad.
El recién elegido Papa León XIV, en su primer mensaje nos dijo: “Dios nos ama a todos y el mal no prevalecerá. Estamos todos en las manos de Dios. Por lo tanto, sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros, sigamos adelante. Somos discípulos de Cristo. Cristo nos precede. El mundo necesita su luz…”
Estamos en buenas manos, las de Dios, que protegen y bendicen. Él nos libera de tantos temores que atenazar nuestro espíritu. Seguimos adelante en la misión que Él nos encomienda. Le invocamos:
Ven, Espíritu Santo.
Enséñame el sendero de la vida.
Sáciame de gozo en tu presencia.
Yo te amo, Tú eres mi fortaleza.
Canto: Testigo de tu amor. (CD1).
Hazme testigo de tu amor, quiero amarte y hablar de Ti.
En la intimidad de la última cena, Jesús entregó a sus discípulos muchos mensajes, iluminados por su testimonio de amor: “Amaos los unos a los otros, como yo os he amado.” (Jn 13,34). Este es el distintivo propio del discípulo de Jesús.
En aquella cena, intuimos un ambiente cargado de emoción e inquietud. El maestro se despide de sus discípulos en el cariño que siente por ellos, a la vez que el anuncio de la traición provoca nerviosismo. Imaginamos la tristeza y angustia de Jesús, sentida en Getsemaní, (Mt 26, 37); la noche oscura en que se sumergen los discípulos, que apenas comprenden al Maestro, (Mt 26, 56); y la amargura de Judas, que, después de recibir el bocado mojado en su plato, salió para ejecutar su traición (Jn 13, 21-30). En este clima triste, oscuro, Jesús les confirma la única verdad esencial en la vida: Dios nos ama, y en Él, podemos amarnos entre nosotros.
En ocasiones, nos vemos con un cierto halo de vanidad y orgullo, al ubicar nuestras cualidades y méritos en el centro de nuestro ser. En la medida que adquieren protagonismo y les dedicamos nuestra atención, las otras personas van quedando reducidas a espejos en los que auto contemplarnos. Los niños, en su ingenuidad e inocencia, nos ayudan a mirar con más profundidad, para llegar a captar que, más allá de logros y éxitos, el asombro de descubrirnos amados gratuitamente, nos sorprende y desconcierta, provoca confianza, en la sencillez y humildad de quien recoge el amor como una pequeña concha, para luego derramarlo generosamente en las actividades de la jornada. Cuando queramos convencer a nuestros niños que valen por sus resultados, neciamente confundimos valor y precio (A. Machado). Nuestro valor: amados por lo que somos, no, por lo que hacemos.
El amor que recibimos del Señor nos ensancha el corazón, nos predispone a amar. Los niños, en el encuentro con Jesús y en la escucha de su Palabra, sienten que Él está presente en su interior, les conoce, respeta, acoge, llama generosa y gratuitamente. En Él, descubren al amigo, con quien relacionarse íntimamente. Por Jesús, podemos amarnos entre nosotros, porque derrama en nuestros corazones su Espíritu, que nos sana y transforma. Por eso, podemos decidir realizar gestos de amor con cada persona: una alegre sonrisa, una mirada tierna, un abrazo intenso, una caricia cariñosa… Este es el lenguaje humilde del amor, así de simple, sin las complicaciones en las que nos enredamos los mayores.
Jesús expresó este amor lavando los pies a sus discípulos y muriendo en la cruz. Amar es servir y dar vida. Servir significa permanecer atento a las necesidades del otro, realizar las tareas ordinarias que no brillan, pero que alivian las cargas de la jornada porque nacen del amor: limpiar la suciedad, ordenar el salón, preparar el material de un aprendizaje, llevar a los niños a la escuela, escuchar sus preocupaciones e inquietudes, ayudarles a realizar sus tareas, aprender una canción, acompañarlos en un tiempo de oración… Preguntémonos con sinceridad: ¿qué hago por los demás, por los niños? ¿hablo en demasía o concedo la primacía a escuchar? ¿Dialogo con el otro, me intereso por su ser y obrar? Esto es amar: vivir las cosas de cada día, con espíritu de servicio, con amor y responsabilidad, sin quejarme nunca.
Amar es también dar la vida, que no es ofrecer algo que poseo a los demás, sino darme a mí mismo. Cuando contemplamos la vida de Jesús, toda ella fue un darse a los demás: su Palabra es una constante expresión de amor, pero también sus gestos en el contacto de tú a tú fueron una manifestación del amor que se deja afectar por la realidad del otro: la hemorroisa que, al tocar con fe sus vestidos, sintió una fuerza que le sanó del mal (Mc 5,28-34); el ciego de nacimiento, curado por el barro con que Jesús untó sus ojos (Jn 9, 6-7); los niños, abrazados y bendecidos por Jesús, poniendo sus manos sobre ellos (Mc 9, 13-16); los discípulos que le dejaron lavar con sus manos la suciedad de sus pies (Jn, 13,4-5).
La vida no sólo se entrega con las palabras, sino también con gestos y actitudes. Los niños esperan de los adultos el abrazo y la caricia que expresa amor y protección; el pobre, en su indigencia, desea no sólo una limosna, sino la mirada y el abrazo que le restaura la dignidad; el enfermo, en su limitación, acoge la unción sanadora del cuerpo y del espíritu; el inmigrante, que atemorizado, siente la protección de quien le escucha y le ayuda. Tocar, mirar, sentir la carne de Cristo que sufre en los otros es dar la vida, en el amor cotidiano, que se derrama callada y ocultamente en el encuentro personal. Dar la vida es salir de mí mismo, mis seguridades y comodidades, hacia las periferias donde niños, ancianos, enfermos, carecen de amor.
Los niños nos educan en el camino de dar la vida. Con sus simplicidad e ingenuidad, miran a sus compañeros y amigos, a los pobres y enfermos con amor, les acompañan, comparten generosamente su tiempo, sus juegos, sus abrazos, oran por aquellas intenciones que devuelven dignidad al ser humano. Dejemos que ellos sean reflejo luminoso del amor en nuestra historia.
San José de Calasanz dejó escrito en 1636: “… al paraíso solo se va por amor; y según los grados de amor o caridad que tenga uno, así tendrá de gloria, y cuanto más nos humillemos por amor de Dios, es señal de que más le amamos. Igualmente, cuanto más pobres nos hacemos por amor de Dios, tanto mayor amor de Dios mostramos…”
Estamos llamados también nosotros a servir y ofrecer nuestra vida gratuitamente, sin buscar ninguna gloria mundana. San José de Calasanz, nuestro maestro, luz y guía, se desgastó por el Evangelio, amando y abrazando con entusiasmo a tantos niños desamparados, para llevarles así la luz de Cristo. También nosotros queremos seguir su mismo camino, vaciémonos de lo nuestro, para amar de forma única e irrepetible a cada uno de ellos. El Señor tiene un sueño de amor para cada uno de nosotros y para los niños que se nos encomiendan. Llevémoslo adelante.
En dinámica de oración
Jesús, te escucho como tus discípulos en aquella entrañable cena: “ama a los otros, como yo te he amado”.
Quiero acoger la novedad de tu mandamiento, con la inocencia y sencillez de un niño. Muchas voces me atraen y seducen, pero ahora me centro en la verdad absoluta de tu amor divino, que se encarna, se me aproxima en cada pequeño del Evangelio.
Guardo silencio, atiendo mi respiración, serena, pausada, sin prisa. Yo creo que tú habitas en mí, tú siempre me escuchas, te interesas por mí, me amas y conoces mis gozos e inquietudes.
Hoy, quiero presentarte a todos los que me siento llamado a amar: mi familia, mis estudiantes, los hermanos de comunidad, los compañeros en la misión… en particular, por los más débiles y pobres…
Jesús, te ruego por ellos
Guárdalos en tu amor.
Ámalos en mis palabras, en mis miradas, en mis gestos…
Jesús, hazme instrumento de amor, unidad y paz.
Canto: Tu amor en mi pequeñez. (CD 2)
Gracias, Padre bueno, por tu amor desbordado en mi pequeñez, por amarme tanto, por llevarme siempre en tus brazos.
