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Atraídos por su silbo amoroso, su Palabra. IV Domingo de Pascua. Ciclo C.

El encuentro con el Resucitado, nos empuja a comunicarlo a los demás. Fue el testimonio de los primeros apóstoles. Renunciaron a una vida cómoda y superficial, a su propia familia y cultura y se encaminaron a lugares lejanos donde ofrecer el testimonio de la presencia de Cristo vivo, que renueva la esperanza de los hombres.

Ellos se encontraron con el rechazo de muchos contemporáneos suyos, tan fieles a sus costumbres y tradiciones que despreciaron la buena noticia del Reino de Dios, presente en Jesucristo. Movidos por envidia respondían con insultos al anuncio de los apóstoles. Entonces, el apóstol San Pablo, decidió dedicarse a los gentiles, quienes acogieron con mucha alegría el anuncio de la Resurrección y quedaron llenos del Espíritu Santo.

También hoy, muchas personas han perdido la capacidad de recibir y acoger la alegría de Dios, hombres y mujeres que se sienten tristes y deprimidos por las terribles dificultades que tienen que sufrir. “El mundo moderno y tecnológico ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar alegría porque tiene otro origen. Viene de Dios. Es espiritual” (Gaudete in Domino, Pablo VI).

La experiencia de la vida nos enseña que los niños, en su simplicidad, y los más pobres, en su escasez, son capaces de abrirse con confianza a la presencia del Resucitado en sus corazones. En medio de muchas inquietudes y turbaciones, sienten la paz, el consuelo y la serenidad que solo Dios derrama en el corazón humano.

Jesús, el Pastor bello y bondadoso, nos atrae con su silbo amoroso. Nos conduce a esas moradas escondidas en nuestro interior, donde nos alimenta con la gracia de su Espíritu: Le invocamos:

Ven, Espíritu Santo.

Jesús, me alejé de ti, pero aquí estoy de nuevo ante ti.

Te necesito. Mírame.

Hazme escuchar tu voz.

CANTO:  Dejándome mirar por ti. (CD 2)

Jesús, estoy aquí, dejándome mirar por ti. Acallo mi corazón, para escuchar tu voz.

Jesús es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. Él habla de sí mismo como un pastor, quiso compartir nuestra vida con todas sus riquezas y limitaciones para llevarnos a una vida feliz. El guía su rebaño, lo cuida y lo cura.

El Buen Pastor entregó su vida por nosotros, muriendo en la cruz. Derramando su sangre, nos expresa su mansedumbre y la ternura de la cercanía de Dios: en su humanidad, comparte nuestros dolores y sufrimientos para que sintamos el cuidado del Padre. Él nos conoce y ama, como el Padre le ama y conoce a él. No es un conocimiento intelectual, sino una relación personal profunda; un conocimiento que nace del corazón, de quien ama y se siente amado.

Esa relación de amor encuentra su inspiración en la Palabra de Jesús. Quien lo escucha, pertenece a su rebaño, pero quien se resiste a acoger su Palabra, no puede ser discípulo suyo. Su Palabra tiene un gran atractivo para los pequeños del Reino, pero queda velada para los sabios e inteligentes del mundo. (Lc 10, 21-22). El que escucha su Palabra y la pone por obra, se parece al hombre sabio y prudente que edificó su casa sobre roca. (Mt 7, 24-25).

La simplicidad y sencillez de los niños facilita la escucha de la Palabra de Jesús. Vivimos inmersos en una sociedad muy bulliciosa que dispersa y distrae nuestra atención. En la medida que el silencio acalla nuestros ruidos interiores, la Palabra de Jesús ocupa un lugar en la vida de todo aquel que le ama con corazón de niño. Poco a poco, descubre la presencia de una Persona que habita en su interior, conoce sus deseos e inquietudes más íntimas, se interesa por él y, sobre todo, le hace sentir que le ama, con generosidad y gratuidad, sin condiciones.

De este amor, brota una confianza entrañable que se expresa en el deseo de estar con Jesús, amarle, conocerle, seguir sus palabras, unirse a Él de todo corazón. Cuando surge un conflicto, el que escucha la Palabra, perdona; cuando un amigo está triste y solitario, le ofrece su alegría y compañía; cuando todo parece en contra, mantiene la esperanza; Cuando surgen las discordias, fomenta la unidad. En el fondo, somos testigos de lo que vivimos. No se da testimonio convencido de lo que se lee o se sabe de oídas, sino de lo que se vive. En palabras de san José de Calasanz: “… es necesario antes recoger como concha para derramar luego a los demás como canales” (EP 4120).

Entonces, se recibe la vida eterna que nos regala el Espíritu de Dios que nos convierte en hermanos y amigos de Jesús, hijos de un mismo Padre. Ya estamos tranquilos y seguros, Jesús es nuestro Pastor, formamos parte de su rebaño y ya nadie podrá separarnos de su amor.

Jesús, nuestro buen pastor, nos revela así el cuidado providente del Padre. Está presente en su Hijo, en sus palabras, en su amor misericordioso, en su escucha atenta, en su pan partido y en su sangre derramada. En Él, el Padre encuentra su alegría: “Este es mi hijo amado, mi predilecto, escuchadle” (Lc 9,35). Jesús se entrega con todo su ser para realizar la voluntad del Padre: “Padre Santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros” (Jn 17,11). La unión de Jesús con su Padre se expresa en la unidad de todo el rebaño. Hasta ahora, Jesús ha hecho presente al Padre en la tierra. A partir de ahora, el rebaño unido a Jesús mostrará la presencia de Dios. La semejanza entre la unión de Jesús con el Padre y de los discípulos entre sí elimina toda tentación de dominio o dominación: el servicio al último, el amor a los pobres, la entrega humilde será el alma de la comunidad y su misión.

San José de Calasanz dejó escrito en 1637: “Si V.R. desea aprovechar en las almas de los alumnos, como es obligación del maestro, con gran fervor y humildad, debe pedir a Dios bendito semejante gracia, porque quien no tiene en sí fervor y amor de Dios, no puede comunicarlo a los demás”. (Ep. 2717) Cada educador escolapio puede también comprender su misión como un pastor que desea aprovechar en las vidas de sus estudiantes: les acoge cada día, les escucha y acompaña, les ama, les cuida, les guía, les educa en las actitudes y conocimientos que les harán crecer, ora con ellos e intercede por sus vidas, sus familias, la sociedad. Sólo si tiene en sí el fervor y amor de Dios puede comunicarlo a sus estudiantes. Pidamos también nosotros cada día esta gracia, para que seamos “pastores con olor de oveja”, que nos decía el Papa Francisco.

En dinámica de oración.

Jesús, Buen Pastor, me ama entrañablemente. Un día me llamó por mi nombre, y yo le seguí. Su amor, su palabra y su presencia me inspiraban confianza. Sentí que, junto a Él, sería muy feliz.

Con el tiempo, he comprendido que sólo puedo seguirle con un corazón muy unido al suyo, dejando que su Palabra encuentre escucha en mí, y que su cuerpo sea recibido y adorado por mí. Muchos sentimientos se agitan en mi interior. Me abandono en el corazón herido del buen pastor: su sangre derramada me pacifica.

Guardo silencio. Me relajo, atiendo mi respiración. Sé que estoy en buenas manos, las de mi Pastor. Me lleva por senderos de vida, aunque camine en la oscuridad, nada temo, Él viene conmigo. (Sl 23,4) Él me entrega su Espíritu, que reconcilia, sana, integra y une. Le invoco:

Ven, Espíritu Santo…

Buen Pastor, silencia mi alma

Buen Pastor, habla a mi corazón.

Buen Pastor, dame tu vida eterna.

Buen Pastor, guárdame en tu rebaño.

Espíritu Santo, hazme instrumento de unidad.

CANTO: Tu amor es mi pequeñez. (CD 2)

Gracias, Padre bueno, por tu amor desbordado en mi pequeñez, por amarme tanto. Por llevarme siempre en tus brazos.