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Cristo ha resucitado, sale el encuentro de nuestra vida, porque Él quiere sembrar en nuestras almas la alegría, la paz y la confianza de su presencia. En nuestra tareas y ocupaciones de cada día, Él viene a entregarnos su luz, su vida, que todo lo renueva y revitaliza.
Pedro y los apóstoles sintieron el impulso del Espíritu que les empujó a anunciar la resurrección del Señor. Hoy, muchos creyentes dan testimonio de la vida nueva en Cristo: padres de familia, a sus hijos; educadores a sus estudiantes; catequistas a sus discípulos… es una obra de la gracia. Cuando somos tentados de pensar que el éxito, el prestigio, el abuso, la manipulación nos ofrecen más ventajas o resultan más atractivas que la vida de Dios, su Palabra nos testifica: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”

Esta obediencia es un regalo y un don del Espíritu que conlleva la escucha de la Palabra y de las inspiraciones que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones. El silencio y la escucha nos disponen para acoger la Palabra, la guía del Espíritu en nuestros corazones. Jesús aprendió a vivir siempre a la escucha de su Padre, en una unión de corazón a corazón. Los niños, en su inocencia y pureza, escuchan con agrado la voz De Dios. Expresan deseos intensos de obedecer sus palabras, aunque en ocasiones se vean vencidos por el propio egoísmo y pecado.

Acudamos a la oración, ese diálogo sincero, veraz, auténtico que ilumina nuestra inteligencia y enciende en nuestros corazones el fuego de su amor.

Ven, Espíritu Santo.

Enséñame el sendero de la vida.

Escúchame, y ten piedad de mí.

Te daré gracias, por siempre.

CANTO: Espíritu Santo Maestro. (CD 2).

El Espíritu Santo que el padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo.

Después de la muerte de Jesús, a pesar del anuncio de su resurrección, los discípulos se dispersaron. Unos pocos, se encontraron juntos a orillas del lago de Tiberiades. Eran pescadores. Regresaban a su trabajo cotidiano.

Pedro toma la iniciativa: “Me voy a pescar.” Los otros discípulos le acompañan. Parece que regresan a un estadio anterior, como si la persona de Jesús no hubiera dejado huella en ellos. Vuelven al lago, las barcas, las redes… las tareas y rutinas de siempre. La desilusión, la decepción, el fracaso invade su alma. El encuentro con Jesús no había echado raíces en su corazón. Cuando las circunstancias de la vida no responden a nuestras expectativas, un cierto ambiente “de sepulcro” nos tiñe de resignación y desánimo. Una edulcorada tristeza corroe nuestra esperanza. Así, se arraiga en nuestra actividad escolar, el gris pragmatismo de quien renuncia a luchar por el estudiante más necesitado de cuidados; o de quien deja de confiar en las posibilidades de sus niños y niñas.

Sin embargo, los mismos niños con su mirada limpia e inocente, con su palabra, siempre viva y alegre, nos renuevan en la ilusión y la confianza. Como a Pedro fracasado, Jesús nos ofrece una nueva oportunidad. Él nos llama cada día a revivir nuestra historia de amor con Él, a volver a enraizarnos en su novedad. Cada mañana, nos busca allí donde estamos, entra en nuestros salones con los estudiantes, nos proclama su Palabra, nos invita a abrazar a nuestros niños y niñas, y a creer que estamos hechos para la vida de Dios, para el gozo de convivir, compartir y perdonar.

Jesús es el Señor de las sorpresas. Ante las redes vacías, les propone algo extraño: pescar al amanecer. Les renueva la confianza y les empuja a no dar nada ni nadie por perdido. Jesús nos devuelve el atrevimiento capaz de superar la desconfianza y el temor de quien vive en las rutinas del “siempre se hizo así.“ Dios nos sorprende, cuando invita a ir más adentro, más allá de nuestras, convicciones y seguridades, a mirar la vida, a nuestros niños y a nosotros mismos, con sus mismos ojos misericordiosos, porque en el fracaso, ve personas a recuperar; en la tristeza, corazones, a alegrar; en los conflictos, hermanos a reconciliar. El Señor ama tu vida y la de cada niño que se te confía, incluso cuando tememos mirarla y vivirla.

Jesús nos acompaña, nos sorprende, porque Dios siempre ama a todos. Su lenguaje es el amor. Por eso, lanza a Pedro y a cada uno de nosotros la gran pregunta: “¿me amas?” Pedro comprende ahora que amar es dejar de estar en el centro, es desprenderse de sí mismo, abajarse hasta el más pequeño, el que no cuenta para unos ojos mundanos. Y uno, se siente incapaz. Sólo es posible en Jesús: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.“ Se reconoce frágil, comprende que por sí mismo no puede seguir este camino. Aquí está nuestra fortaleza: Él nos ama, Él se alegra de nuestras iniciativas, Él nos quiere pastores de nuestros niños. Ser cristiano no es una doctrina o una ideología, sino un aprendizaje progresivo en el abandono confiado en el amor del Padre: un amor que se entrega, nos dignifica y nos sorprende.

Quien se deja guiar del amor del Resucitado, hace de su vida, un canto de alabanza al Creador. Tantos educadores, testigos de la Pascua, con una fe humilde y una caridad ardiente, siembran esperanza en el corazón de muchos pequeños del Evangelio, en la simplicidad y sencillez de una vida escondida con Cristo, entre los niños y los pobres. Este ha sido el testimonio del Papa Francisco hasta derramar su sangre por amor. Asimismo, hago memoria del P. Jesús Pérez, religioso escolapio, recientemente fallecido, que se entregó en cuerpo y alma al anuncio del Evangelio a la infancia y juventud venezolanas. Pequeño entre los pequeños; pobre entre los pobres, apóstol incansable de la Oración Continua. El Espíritu Santo, en sus simplicidad y sencillez, hizo de su vida una bella bendición.

Junto con el Papa Francisco, con el P. Jesús Pérez y tantos testigos anónimos de Dios entre los pequeños del Evangelio, miremos al Resucitado, contemplemos su obra en nosotros, para lanzarnos con el mismo Cristo hacia el futuro, para cultivar en el corazón de cada pequeño, la sabiduría de la oración, que nos arraiga en nuestra filiación divina.

En dinámica de oración.

Jesús resucitado sale a mi encuentro, me acompaña en mis tareas y afanes, en lo cotidiano de la vida, con mi familia, mis compañeros, mis amigos, los niños que siempre acogen a Jesús como al mejor amigo. A Él, siempre le hablan en verdad.

Él me invita a echar de nuevo las redes, a renovar mi confianza en Él, en su Palabra y su presencia. Tiene preparada una sorpresa para mí: un banquete de vida eterna.

Me identifico con aquellos discípulos. Yo también quiero echar las redes dónde, y cuándo Él diga, le hablo a Jesús de mis tareas y responsabilidades, de mis niños, de mis noches oscuras, de mis temores e inquietudes.

Guardo silencio, me relajo. Jesús está conmigo. Atiendo mi respiración, le miro, Él me mira, su presencia pacifica mi alma. Le escucho en mi interior: ¿me amas?

Y yo le digo:

Jesús, Tú lo sabes todo.

Jesús, Tú me conoces hasta el fondo.

Jesús, Tú sabes que te quiero.

Jesús, hazme testigo de tu amor.

Jesús, hazme instrumento humilde de tu paz y tu perdón.

CANTO: Testigo de tu amor. (CD 1)

Hazme testigo de tu amor, quiero amarte y hablar de Ti.