Acoger al Rey como niños. Domingo de Ramos. Ciclo C
Durante el tiempo de Cuaresma, hemos escuchado la Palabra de Dios en el silencio y recogimiento del corazón. S. Lucas nos ha ayudado a comprender con mayor profundidad la paciencia que Dios Padre tiene con cada uno de nosotros, su providencia misericordiosa que siempre sale a nuestro encuentro para fundirse en un abrazo de corazón, y su ternura entrañable que redime de todas nuestras culpas y nos devuelve la dignidad de hijos de Dios.
Con la celebración del domingo de ramos, entramos en la gran Semana Santa, días de oración y recogimiento. En nuestro orgullo y vanidad pensamos que la vida es algo nuestro, que lleva la dirección que nosotros le imprimimos. En estos días, Jesús nos lleva por su camino, nos indica un destino inesperado, porque nuestra vida es más cosa suya que nuestra.
En el silencio del corazón acojo a Jesús que viene a mi vida en la humildad de un peregrino, dejándose conducir por un borriquillo. San José de Calasanz nos dejó escrito en sus Constituciones: “adoptan una actitud grata a Dios dejándose llevar y traer por su Providencia a través de los Superiores; como el borriquillo aquel que Cristo cabalgaba el día de Ramos, que se dejaba conducir y encaminar a todas partes” (108).
Dejémonos conducir con docilidad por Jesús y su Espíritu. Entreguémosles las riendas de nuestra vida. Ellos no nos llevan por un camino de pompa y poder, sino por una senda de humildad y servicio.
Muchos niños le aclaman con alegría. Abren sus corazones al que trae la paz y el perdón. Unámonos a sus voces, dejemos que nos enseñen el camino que lleva al Reino de Dios. Le invocamos:
Señor, despierta mi oído.
Hazme escuchar tus palabras, como un discípulo.
Quiero seguir tu camino.
Canto: Dejándome mirar por Ti. (CD 2)
Jesús, estoy aquí, dejándome mirar por Ti. Acallo mi corazón, para escuchar tu voz.
Junto a los discípulos, con alegría grande, acompañamos a Jesús en su entrada a Jerusalén. Le aclamamos porque somos testigos de sus proezas en la vida de las personas: cómo nos libera de la dispersión y las distracciones y nos educa en el recogimiento y la interioridad donde Él habita; cómo nos libra del orgullo y la vanidad para llevarnos hacia la humildad y simplicidad; cómo nos fortalece para oponernos a la violencia para sembrar paz y reconciliación.
Jesús llega a Jerusalén después de un largo camino, en el que se ha encontrado con muchas personas a las que ha sanado y dignificado, y en el que ha instruido a sus discípulos en los misterios del Reino de Dios. Ahora, manda traer un borrico a dos discípulos, sobre el que entrará en la ciudad santa. Él es el Rey manso y humilde, el Rey de la paz y la justicia.
Reconocerlo como Rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y seguimos. Significa aceptar su palabra como inspiración válida para nuestra vida. Su autoridad se fundamenta en la Verdad de Dios, sobre nuestra vida.
En nuestro camino hacia Jerusalén, Jesús nos concede ser sus amigos, conocerle y amarle porque Él nos ha llamado y nos ha confiado el secreto de su existencia. Nuestra alegría expresa nuestro SÍ a Jesús, nuestra disponibilidad a ir con Él a dondequiera que nos lleve. Seguir a Jesús es la quintaesencia de toda vida cristiana.
En los relatos evangélicos, seguir a Jesús es algo sencillo e inmediato: dejar sus trabajos, su familia… para ir con Él. Exigía un nuevo aprendizaje: el discipulado. Externamente, significaba caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones; internamente, asumir una nueva orientación en la vida ya no centrada en el trabajo, la actividad, la propia voluntad, sino en abandonarse totalmente a la voluntad de Otro. Eso implicaba renunciar a lo propio, desprenderse de sí mismo.
También nosotros hemos sido alcanzados por la llamada y el amor de Jesús. Quizás, no me lleve a un desplazamiento geográfico, pero sí a un cambio interior de vida. Requiere que me entregue libremente a Otro, Verdad y Amor eterno, que me precede e indica el camino. Nos pide que pongamos los ojos en Él, aprendamos su estilo de hablar, mirar, escuchar… Se trata de hablar menos de mí mismo, de mis éxitos y triunfos, para fijarme en los otros, en sus preferidos: los pobres, los niños, los pecadores. Perdiendo lo mío, me encontraré en Él.
Sus discípulos, entusiasmados, le aclaman: “Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor” (Sl 118,26). Él es el Rey esperado que colma todos los anhelos de la humanidad. Su aclamación nos recuerda el cántico de los ángeles en el nacimiento del Salvador: “Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra para los hombres a los que Dios ama.” (Lc 2,14). Los discípulos a las puertas de Jerusalén dicen: “Paz en la tierra y gloria en lo alto”. Saben que la paz sólo está junto a Dios, en el cielo. Muchas guerras, conflictos, deportaciones, agresiones dañan la convivencia entre los pueblos. Su aclamación expresa una profunda pena y, a la vez, una gran esperanza: Aquel que viene en el nombre del Señor, el peregrino de la esperanza, traiga a nuestra tierra, la paz que está junto a Dios en el cielo; que su realeza se convierta en presencia del cielo en la tierra. En su cruz, abrirá de par en par las puertas de Dios, para que lo humano y lo divino convivan en íntima comunión.
Los niños, cuando invocan el nombre de Jesús, acogen al Rey de la paz en sus corazones. Su presencia pacifica la dispersión y el activismo estéril. El cielo toma forma en el alma de cada estudiante. Aquel es un instante breve e intenso de serenidad. Saludemos a Jesús, Rey de paz. Viene a quien le invoca con corazón de niño, y se deja conducir en la sencillez y simplicidad.
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1648: “Que el Señor les dé a todos Vds. gran espíritu de profunda humildad, la cual cuanto más profunda sea, tanto más alta y grande será la virtud del conocimiento y amor a Dios y al prójimo…” (4557)
En dinámica de oración
Camino con Jesús. Voy detrás de Él. A veces, siento su mano amiga que me ayuda a seguir adelante. En otras situaciones, el entusiasmo y la alegría me vence. ¡Ha hecho tanto por mí! Recuerdo agradecido los bienes que de Él he recibido: su Palabra, la Eucaristía, su perdón, su llamada, las personas con las que comparto mi fe…
Leo pausadamente el texto. Jesús deja que los discípulos le ofrezcan sus mantos, le aclamen con alegría: “Bendito el Rey que viene, en el nombre del Señor”.
Me identifico con aquellos discípulos. Yo también quiero ofrecerle lo mío, mis proyectos e ilusiones, pero de forma especial mi corazón.
Guardo silencio, me relajo. Nada urgente me reclama. Atiendo mi respiración. Le miro y le invoco:
Jesús, Tú, mi Rey.
Jesús, la esperanza de mi vida.
Jesús, Tú, la bendición del Padre.
Jesús, llévame en tu compañía.
Jesús, quiero acompañarte en la cruz.
Y verte en la Resurrección.
Canto: Hacer su voluntad. (CD 2)
Contigo, Jesús, quiero escuchar al Padre, amarle y hacer su voluntad.
