V Domingo de Cuaresma. Ciclo C
“Solo el amor de Dios transforma desde dentro”
En el camino hacia la Pascua, el silencio, la escucha, el vaciarme de mis preocupaciones, proyectos deseos de éxito, miedos al fracaso, me disponen para acoger con mayor veracidad a Jesús, Palabra viva que resuena en las profundidades del corazón.
“Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él, lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él.” (Flp 3, 8-9) Jesús es presencia que mueve a dejarlo todo por Él. S. Pablo abandonó sus firmes convicciones para vivir en Él y para Él. El encuentro con los niños desarrapados de Roma, llevó a S. José de Calasanz a un cambio de vida, renunciando a atractivas dignidades eclesiásticas. En aquellos pequeños, descubrió un bien más deseable que el prestigio y la fama: la sencillez, la mansedumbre y la pequeñez de quien descubre que la auténtica bienaventuranza es abajarse a dar luz a los ignorados por los sabios e inteligentes. (Lc 10,21): “He encontrado mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a estos pequeños y no lo dejaré por nada de este mundo.”
Jesús camina también contigo. Él mira tu corazón aferrado a tus seguridades. Déjate mirar por Él, no temas entregarle lo tuyo. Nada hay más hermoso que conocer la persona de Jesús. El juicio propio condena y destruye la confianza. El perdón es la alegría propia de quien lo deja todo por Él. Me abandono por entero en el corazón misericordioso del Padre, le confío mi persona, mis ansias de hacer, de triunfar, de brillar, aún a costa de ofender al otro. Le invoco:
Ven, Jesús.
Escúchame, Señor, y ten piedad de mí.
A tus manos encomiendo mi espíritu.
Yo confío en Ti, Señor.
Canto: En tus brazos (CD 2)
En tus manos de Padre, pongo mi vida, me abandono en Ti, mi Dios.
En continuidad con los pasajes evangélicos de san Lucas que escuchamos en esta cuaresma, hoy el Señor nos enseña que sólo el amor de Dios puede cambiar desde dentro la existencia humana, porque sólo su amor libra de todo pecado. Jesús nos ama a cada uno tanto, y su fidelidad es tan profunda que no se desanima ni siquiera ante nuestro apego a lo nuestro, a nuestro anhelo de ser más, a nuestros juicios y condenas. Jesús nos explica el alcance de su perdón y desea que el ejercicio del perdón entregado y recibido sea el maná que alimente nuestro itinerario cuaresmal.
Jesús nos presenta dos escenas: en la primera, una disputa entre Jesús, los escribas y fariseos acerca de una mujer sorprendida en adulterio y condenada a lapidación según la ley de Moisés. En la segunda, un entrañable diálogo de amor y ternura entre Jesús y la pecadora. Los acusadores de la mujer provocan a Jesús, conocían su amor y predilección por los pecadores, sienten curiosidad por ver cómo resuelve el caso.
Jesús se pone inmediatamente de parte de la mujer, escribiendo en la tierra palabras misteriosas, que el autor no revela, y pronunciando una sentencia rotunda: “El que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.” (Jn 8,7) Con sus palabras, guía a sus acusadores a su interior, a su conciencia, para que mirándose a sí mismos, descubran que ellos también son pecadores. Golpeados por estas palabras, se fueron uno tras otro.
Cuando todos se marcharon, quedaron solos la miseria, encarnada en una mujer acusada de un grave pecado, y Jesús, presencia de la misericordia redentora del Padre. Jesús alza sus ojos de las inscripciones de la tierra, y se encuentra con los de la mujer. La mirada de Jesús es más elocuente que sus palabras, acarician tiernamente la conciencia de la mujer. Guardan silencio en un diálogo de ternura y perdón. Una pregunta emerge en aquel coloquio: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” (Jn 8,10). Y la entrañable sentencia de Jesús: “Tampoco yo te condeno. Vete y en adelante no peques más.” (Jn 8,11).
En el diálogo con la mujer condenada, Jesús nos educa en la auténtica relación con Él y los hermanos. No le motiva enredarse en una controversia ideológica a raíz de la adecuada interpretación del precepto de la ley, sino que su objetivo es derramar la misericordia y perdón del Padre en cada corazón dañado por el pecado. Se encarnó en nuestro mundo, vivió entre nosotros, murió en la cruz y resucitó para que descubramos que el cumplimiento moralista y externo de las normas no nos salva. Sólo nos redime el amor que se expresa en perdón y reconciliación.
Cada niño que sale a nuestro encuentro, espera toparse con una mirada tierna y misericordiosa que acoge y perdona, no con la norma que juzga y condena. Cuando el estudiante no se siente al “nivel” que se espera de él, ni capaz de cumplir con altas expectativas, unos ojos misericordiosos le devuelven la confianza en sí mismo, en sus educadores y en Dios. Sólo el perdón divino y su amor recibido con un corazón abierto y sincero nos dan las fuerzas para vencer el mal y dejarnos conquistar por el amor divino, nuestra fuerza.
S. José de Calasanz dejó escrito en 1647: “… en estas circunstancias, debe cada uno mostrar el cariño y la caridad que tiene hacia el prójimo, para probar la interioridad que tiene para con Dios. Que él nos haga crecer siempre en su santo servicio y gracia.” (EP 4495) En el camino que cada uno recorre junto a sus niños, nos debe acompañar la certeza de que Dios no nos abandona jamás y que nuestro amor mana del mismo Dios, manantial de alegría y paz, escondido en nuestros corazones.
El ejemplo e intercesión de san José de Calasanz sea un estímulo constante para renunciar a la falsedad de las apariencias de grandeza para seguir el sendero humilde y paciente de Jesús, en su camino pascual de abajamiento hacia lo más pequeño, pobre y pecador de la humanidad.
En dinámica de oración
Detengámonos a contemplar esta escena evangélica. Si es posible, leo pausadamente, fijándome en cada personaje, sus actitudes, sus palabras. Repito despacio las expresiones que me resultan más sugerentes.
Guardo silencio. No tengo prisa. Busco una postura corporal que me ayude, me relaje y serene mi alma. Atiendo el ritmo de mi respiración.
Me imagino en la escena. De fondo, oigo la palabrería bulliciosa de quienes juzgan y condenan sin empatía. Me fijo con mayor atención en la mirada de Jesús y la mujer: compasiva, entrañable, tierna, confiada, indulgente.
No es momento de mensajes vacíos, sino de palabras llenas de vida. Escucho atentamente: “¿Quién te juzga y condena?” Recuerdo personas, circunstancias en las que me siento juzgado, temeroso, condenado. Y la palabra que resuena en la intimidad: “Tampoco yo te condeno. Vete en paz, no peques más.”
Miro a Jesús y le digo:
Ámame,
Acompáñame,
Perdóname,
Pacifícame…
Me dejo llevar por los ruegos que surgen de mi interior…
Y escucho el susurro de su voz:
Yo te amo,
te perdono,
nadie te condena,
Vive en paz,
No peques más.
Canto: Dejándome mirar por Ti. (CD 2)
Jesús estoy aquí, dejándome mirar por Ti. Acallo mi corazón, para escuchar tu voz.
