En la Cuaresma, escuchamos frecuentemente su exhortación fundamental: “Convertíos, dice el Señor, porque está cerca el Reino de Dios. (Lc 4,17): invitación a volvernos a Dios, arrepentidos de nuestros pecados.
Dios está presente en los acontecimientos de nuestra vida de cada día. En unas ocasiones, nos alegran y hacen felices; pero en otras, nos turban e inquietan en nuestro interior. En todo lo que sucede, Dios nos visita y acompaña. Moisés, ante una zarza que ardía sin consumirse, se asombró y se aproximó para mirar aquel espectáculo admirable, donde escuchó la llamada de Dios (Ex 3,2-4). En cada circunstancia, Dios está presente.
En silencio, recuerda los hechos de tu vida, busca el sentido y el mensaje que esconden. A la luz del Espíritu escucha la llamada a abandonar tus nimiedades y a unirte de todo corazón a Dios, a entregarte de todo corazón a Él y a los hermanos.
Jesús es el viñador que cree en ti, quiere hacer todo lo posible para que des un buen fruto. Déjate tocar por Él, cuidar por su gracia, para que nazcan nuevos brotes en tu corazón. Invocamos al Espíritu:
Ven, Espíritu Santo.
Toca mi corazón con tu misericordia.
Conviérteme a Ti.
Un corazón quebrantado y humillado, Tú Dios mío, no lo desprecias.
Canto: Testigo de tu amor (CD 1)
Hazme testigo de tu amor, quiero amarte y hablar de Ti.
Jesús escucha hoy el relato de dos episodios dramáticos: una represión brutal de la policía romana dentro del templo, provocando la muerte de unos galileos, en el momento de ofrecer sus ofrendas; y el derrumbe de la torre de Siloé, que mató a dieciocho personas. Los contemporáneos de Jesús interpretaban estos hechos como un castigo divino por los pecados de sus víctimas. Al considerarse justos ante Dios, pensaban que no tenían necesidad de conversión.
En nuestro mundo, también acontecen situaciones sobrecogedoras: guerras que destruyen vidas, familias y pueblos en el horror del odio y la venganza; fenómenos naturales que arrasan pueblos y ciudades, dejando muertes a su paso; ideologías que privan de libertad y derechos humanos; deportaciones injustas de inocentes; enfermedades que dejan en la debilidad y la dependencia… Ante estas realidades, puedo creerme a salvo de esos incidentes, confiando que mi vida está segura y que no tengo que reflexionar y cambiar para amar más a Dios y cuidar mejor a las personas.
Jesús denuncia esa actitud como una ilusión: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro, y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo.” (Lc 13,2-3) Jesús, tras exculpar a aquellos galileos, se dirige a sus oyentes, a nosotros, para que reflexionemos en nuestras actitudes ante Dios y las personas, porque la muerte puede llegar en cualquier momento.
En Cuaresma, Dios nos invita a cada uno de nosotros a dar un cambio de rumbo a nuestra existencia, viviendo según el Evangelio, corrigiendo todo aquello que nos aleja de Jesús en nuestro modo de orar, actuar, convivir, trabajar. Fácilmente nos engañamos, evitamos la verdad y preferimos mantenernos en la falsedad y la mentira. La inocencia, sencillez y trasparencia de nuestros niños nos guían en el camino hacia la Verdad de Dios, aunque en ocasiones nos resulta difícil aceptar y asumir.
Para animarnos en nuestro camino de conversión, Jesús nos presenta la parábola de una higuera estéril. El dueño está decidido a arrancarla porque no produce frutos. Sin embargo, el viñador cree en ella y confía que producirá los mejores frutos. Intercede por ella ante el propietario. Muchos de nuestros niños ruegan e interceden ante Dios. Confían en la gracia de Dios, capaz de producir en nosotros los mejores frutos. El diálogo entre el dueño y el viñador manifiesta la misericordia de Dios que tiene paciencia, nos deja a cada uno de nosotros un tiempo para la conversión; y la necesidad de aprovechar los muchos cuidados que Jesús nos ofrece para que correspondamos al amor de Dios con nuestra entrega filial.
S. José de Calasanz nos dejó escrito. “…reforma universal de la humanidad, que es consecuencia del diligente cultivo de esas plantas tiernas y fáciles de enderezar que son los muchachos, antes de que se endurezcan y se hagan difíciles, por no decir imposibles, de orientar” (Tonti, 15) Cada niño es una planta tierna que Dios Padre nos confía. En ocasiones, no dan el fruto esperado. Nos asalta la tentación de arrancarlos de raíz de nuestros salones y escuelas. Pero la luz de Santa María, nuestra Madre y Maestra, renueva en nuestros corazones una mirada materna, paciente y misericordiosa, a la espera del fruto que con el tiempo llegará.
SILENCIO
Jesús te ama, Él quiere entrar en tu corazón, cavar en tus raíces más escondidas, regarlas con su bondad y ternura. Ábrete de todo corazón a su presencia. No guardes con egoísmo nada para ti.
Él está en ti. Atiende en silencio tu respiración. Aunque te confundan voces que pretenden arrancarte de raíz, no les des crédito. Deja que Jesús con su caridad y paciencia te cuide, hasta que Él se goce al contemplar tus primeros frutos. Le invocamos:
Ven, Señor Jesús.
Ven a mi corazón.
Sé paciente conmigo.
Derrama en mí tu misericordia.
Quiero convertirme a Ti.
Quiero vivir en tu voluntad.
Quiero permanecer en tu amor.
CANTO: Permaneced en mi (CD 3): Jesús, quiero permanecer en tu amor,
