El Espíritu vence el mal. I Domingo de Cuaresma (Ciclo C)
En el día de su bautismo, Jesús puesto en oración, recibió el Espíritu Santo y escuchó la voz del Padre: “Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy”. (Lc 3, 21-22) Desde ese día, el Espíritu Santo fue su guía e inspiración, dejándose conducir por Él. Fue el auténtico maestro que le fue acompañando en cada circunstancia de su vida, alimentando su filiación divina hasta alcanzar madurez en el misterio de su muerte y Resurrección.
En estos días, hemos iniciado el tiempo de cuaresma, que nos prepara para vivir en la Pascua, la novedad de la vida que recibimos en nuestro bautismo. El Espíritu Santo también quiere acompañarnos en estos días, con la oración, el silencio, la escucha de la palabra de Dios, el ayuno de tantas distracciones superfluas y el compartir nuestros bienes con quienes viven en necesidad. Demos protagonismo al Espíritu.
Un día el Espíritu llevó a Jesús al desierto, lugar inhóspito y solitario, donde el pueblo de Dios durante 40 años, aprendió el lenguaje de Dios que pone a prueba, ilumina la intimidad del corazón humano, y alimenta con el sabroso pan de la Palabra de Dios. (Dt 8,3) En nuestra sociedad del bienestar, surgen nuevos desiertos que asfixian la existencia humana: la soledad de personas que en nuestras grandes ciudades deambulan sin un hogar donde recogerse; el abandono de tantos niños que en las calles buscan alimento para sobrevivir; el desamparo de quienes pierden a sus seres queridos; el drama lacerante de la guerra en tantos lugares de la tierra; la soberbia de tantos políticos incapaces de diálogo y reconciliación… La cuaresma es un tiempo que quiere iluminar todos los desiertos personales, comunitarios, sociales para abrir nuestra mirada a la novedad que Jesús trae en su Pascua.
Ante nuestros desiertos el temor y la inquietud sobrecoge nuestro espíritu. Sin embargo, la simplicidad y pureza de corazón de los niños, nos acompaña, ellos confian en sus padres y educadores, pero de una manera especial en la persona de Jesús que siempre nos conoce, nos ama, nos respeta y nos ofrece su vida nueva. Los pequeños detienen sus quehaceres para invocar a Jesús, dejarse invadir por su paz y su amor. Invoquemos al Espíritu:
Ven, Espíritu Santo.
Acompáñame en el camino de la vida
Edúcame en el amor de Dios
Canto: Espíritu Santo maestro. (CD 2)
Jesús, lleno del Espíritu Santo, era conducido por el Espíritu en el desierto, durante cuarenta días, tentado por el diablo.” (Lc 4,1-2)
El Espíritu, consuelo del Padre, lleva a Jesús al desierto, donde se encontrará consigo mismo, con la voluntad del Padre y con la fuerza del mal encarnada en un personaje, el diablo, que en su astucia pretenderá apartarlo de la misión propia de Hijo de Dios.
En su doblez, el tentador apela a las necesidades humanas de Jesús para que actúe en satisfacción propia. Sin embargo, Jesús, en la sabiduría propia de quien guarda y medita la Palabra de Dios, ofrece siempre la inspirada respuesta que respeta y adora al Padre y su voluntad y tiene en su mirada en cada uno de sus pequeños que en su Palabra encontrará la fuerza para rechazar el mal y buscar siempre el bien.
Cuando guardamos silencio y aquietamos nuestro cuerpo y espíritu, parece que somos capaces de atender con mayor nitidez los movimientos e inspiraciones en nuestro interior. En ocasiones, el temor, el desánimo, los fracasos, las turbaciones ahogan nuestros mejores deseos. Sin embargo, la Palabra de Dios leída, escuchada, reflexionada, interiorizada emerge en el tiempo oportuno con toda su vitalidad renovando la confianza humilde y sencilla de quien se sabe en el corazón del Padre.
San José de Calasanz nos dejó escrito en 1622: “La voz de Dios es voz de espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuándo sople; de donde importa mucho estar siempre vigilante para que no venga de improviso y pase sin dar fruto.”
El espíritu de la Verdad ilumina los engaños de un corazón doble y torcido. El Espíritu fortalece en la debilidad; en la tristeza, nos consuela; en el peligro, nos protege; en la soledad, nos acompaña; en la enfermedad, nos sana.
Es dejándonos conducir por el Espíritu cuando el Señor nos concede la fuerza de su amor que vence toda tentación, para que podamos vivir como Hijos de Dios.
Ahora guardo silencio. Me imagino junto a Jesús, en un desierto. Allí, está también el tentador. Siento temor e inquietud. Yo me cojo fuerte de la mano de Jesús, que sosiega y pacífica. Sé que Él no me abandonará. Espero pacientemente que se aquieten mis sentimientos y pensamientos. No tengo prisa. Atiendo mi respiración. Invoco al Espíritu de Dios:
Ven, Señor Jesús.
Jesús, envíame el Espíritu Santo.
Jesús, yo creo que estás en mí.
Jesús, Tú eres el Hijo del Dios vivo.
Jesús, dame vida con tu Palabra.
Jesús, ayúdame en mis luchas.
Jesús, quiero vivir en la voluntad del Padre.
Espíritu Santo, visítame.
Espíritu Santo, ilumíname con tu Palabra
Espíritu Santo, guíame en la Verdad.
Espíritu Santo, fortaléceme en la esperanza.
Canto: Ven, Espíritu Santo. (CD 1)
