El adviento es tiempo de espera atenta, de compromiso y conversión para preparar la venida del Señor. También es tiempo de alegría, porque despierta en nuestros corazones la esperanza del Salvador. Esperar la llegada de un amigo, de una persona amada es siempre motivo de alegría.
En el camino del adviento, el anuncio de la venida del Señor aleja de nuestro espíritu la desconfianza, el desaliento, la tristeza, porque estamos seguros de la presencia del Señor, que por sí sola basta para tranquilizar y alegrar el corazón.
En estos días, el bullicio y las distracciones invade la vida social. El consumo y el alboroto nos evaden de nuestro centro, como si la atención a la imagen, las luces y colores, a las expectativas ajenas, a las rutinas sociales fueran fuente de vida. Dios visita la intimidad de cada corazón, da la verdadera alegría. Él ilumina nuestro camino frecuentemente oprimido por las tinieblas y el egoísmo.
En la oración, los ojos entrañables de Dios reposan sobre nosotros. Su mirada es tan diferente de la nuestra. A veces, pensamos que Él está ausente de nuestras vidas, nuestras comunidades. El sufrimiento aflora en tantas miradas temerosas y ansiosas. La protesta y la queja se asoma a nuestros labios. Sin embargo, Él nos contempla con su corazón tierno y compasivo. Se conmueve ante nuestros cansancios y desánimos. Él viene a nuestra tierra inhóspita para hacer brotar la alegría y la confianza que renueva la esperanza. Le invocamos:
Ven, Señor Jesús.
En Ti, confío, Jesús.
Nada temo, porque Tú vas conmigo.
Canto: Lléname de tu amor Cd 2
Juan, el Bautista es el gran profeta, el precursor de la llegada del Mesías. Su mensaje y su estilo de vida “tocaba” el corazón de sus gentes. Cuando vivimos un encuentro con el Señor, el asombro llena nuestro espíritu, parece que se debilitan nuestras seguridades, y necesitamos volver a aprender a vivir desde nuevas certezas. Aquellos contemporáneos del profeta le preguntan: “¿qué hacemos?” Es la actitud de tantos niños y pobres de espíritu. Ellos, cuando se sienten abrumados por nuevas tareas y desafíos, preguntan con humildad a sus padres y educadores: “¿qué hago?”. Lejos de la autosuficiencia de quien siempre se siento en lo cierto, quien ha sido tocado por la visita de Jesús, escucha, pregunta, dialoga, como aquellos discípulos de Juan. En tu vida, quizás en este adviento, has recibido visitas de Dios. Él, cuando toca el corazón, abre nuevos horizontes y expectativas. Provoca la pregunta: ¿cómo vivir más desde Jesús y menos desde mí?
Juan responde de forma muy simple y práctica: abrir el corazón a Dios, mirar a nuestro entorno, y atender más a las necesidades de los otros que a las propias. La multiplicidad de mensajes de nuestro mundo nos ahoga en conductas egoístas e interesadas. Dios es muy simple y sencillo. Él habla en su Palabra, en las inspiraciones de nuestro corazón. Nos mueve a vivir y actuar con su misma simplicidad. Juan nos ofrece algunos ejemplos de quien escucha a Dios desde la realidad y ofrece respuestas desde la Palabra de Dios: compartir, sin empobrecerse uno mismo; actuar con honestidad; negociar con justicia sin aprovecharnos de los demás. Cada uno, en su actividad, puede dar una respuesta coherente con el mensaje de Dios. En el adviento, el silencio, la escucha, la oración… simplifican nuestros grandes deseos y centran nuestra espera en la llegada del Mesías. Acogerle en lo ordinario de la vida es camino de verdad y sinceridad. “La santa simplicidad es muy querida por el Señor y con los verdaderamente sencillos suele tratar con gusto” (EP 862), nos dejó escrito san José de Calasanz.
Ante el testimonio de Juan Bautista, muchos se preguntaron si no sería el Mesías. Habituados a muchas palabras necias y confusas, vacías de autenticidad, su mensaje y su vida responde a las expectativas de un pueblo sediento de verdad y coherencia con los anuncios de los profetas.
Juan, en un ejercicio de humildad e integridad, nos indica a quién seguir con fidelidad y valor. El que viene detrás de él, es más fuerte. Él bautiza con agua, símbolo de la necesidad de cambiar de vida, pero Jesús bautizará en Espíritu Santo y fuego, por el que perdonará los pecados y nos regalará la nueva vida en el Espíritu. Su predicación nos mueve a acoger el amor de Dios que se hace hombre para entregarnos una certeza: si le seguimos, si vivimos con coherencia nuestra vida cristiana, Él nos atraerá hacia sí, nos conducirá a la comunión con Él y en nuestro corazón reposará la auténtica paz y alegría, también en las dificultades, en los momentos de debilidad.
En dinámica de oración
Jesús viene. Juan Bautista me acompaña con su palabra y testimonio de vida. Él me enseña a acoger a Jesús. Siento que Jesús toca mi corazón, con su bondad, su ternura. Pero no sé, qué decir, cómo orar, qué hacer. A veces me siento perdido y desorientado, pero tengo la certeza de que Jesús me ama, me acoge, conoce mis temores e inquietudes. Por ello, le abro mi corazón con confianza.
Atiendo a mi respiración. Dejo que el silencio acalle todos mis pensamientos y distracciones. Invoco a Jesús:
Ven, Señor Jesús.
Ven, Jesús, toca mi corazón
Jesús, simplifícame.
Jesús, ¿que quieres que haga?
Jesús, quiero amarte.
Jesús quiero seguirte.
Jesús, Tú mi esperanza.
Canto: Fiel a tu amistad cd2
