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Adviento: una espera orante

El adviento es un tiempo oportuno para dejar que la oración protagonice nuestra vida. En sus primeras tres semanas, el anuncio de la venida del Señor nos impulsa a orar con perseverancia, rogando que el Señor visite nuestro mundo tan necesitado de su buena noticia. En la última semana, el anuncio de la celebración de la Navidad nos ayudará a prepararla desde las actitudes de sus protagonistas: el recogimiento, el silencio, la sencillez, la confianza…

El adviento viene a nuestras familias y colegios. Nuestros niños verán crecer su confianza en la oración, porque saben que siempre que escuchan e invocan a Jesús viene a sus corazones. En los anuncios del profeta Isaías y de Juan el Bautista, en las actitudes de María Virgen y S. José encontraremos un mensaje a acoger, reflexionar y orar junto con nuestros niños. Diversas dinámicas ayudan a vivir el adviento: la corona de adviento, la elaboración de nuestro nacimiento… Os sugerimos que en los colegios y parroquias ofrezcáis encuentros de oración entorno al nacimiento del Salvador con nuestras familias.

Desde el blog, acompañaremos este tiempo con la publicación de “Orar en familia” y un taller de oración con el evangelio de cada domingo.

Os deseamos que, bajo la guía de María Virgen, Madre de esperanza, abráis vuestros corazones a la visita del Señor.

La atenta espera. I Domingo de Adviento. Ciclo C

Ven, Señor Jesús, es el clamor de todos los creyentes que peregrinamos en la espera de la venida del Señor. Muchas circunstancias de la vida nos provocan el deseo de Dios: las distracciones a las que nos somete el tecnicismo y el consumismo, el desánimo ante las adversidades de la vida, los conflictos que fracturan el diálogo y bloquean caminos de esperanza.

La oración es un impulso simple y suave del espíritu que abre el oído, escucha la voz de Dios. Déjate tocar por la presencia de Jesús. Él te conoce, te quiere mucho. Está muy contento de ti, de tus actitudes más lindas: tu generosidad desprendida, tu inocencia limpia, tu confianza sin medida, tu bondad auténtica. Admírate de la profunda y cercana relación que tiene contigo.

Jesús viene como una fuente de agua viva a saciar la sed de cada corazón. Todo Él viene para ti. Ábrele la puerta de tu intimidad. Invocamos a Jesús:

Ven, Señor Jesús.

Ven, libéranos.

Ven, sálvanos.

Ven, edúcanos en tu amor.

Canto: Ven, Espíritu Santo. CD 1.

El miedo, la ansiedad y la angustia se apoderan de los hombres, nos dice Jesús en el Evangelio. Vivimos en un mundo amenazado por la guerra, sometido a los abusos de poder de quien devalúa a su precio más bajo la vida humana. Muchos jóvenes se sienten desorientados y angustiados ante una sociedad que les niega su derecho a ser acompañados en su camino a la vida adulta. Muchos niños viven atemorizados porque en lugar de encontrar una cordial acogida son utilizados y manipulados para satisfacer las necesidades de los adultos.

Jesús viene de nuevo a nuestro mundo para recuperar a cada persona, para situarla en el centro de la vida. Jesús no puede callar las verdades que dan sentido a la existencia. Él se acerca a cada persona que sufre en su cuerpo o en su espíritu, comparte su tiempo con ella, pregunta, dialoga, abraza, bendice, acompaña. Sus gestos y palabras atraen y seducen. Poco a poco, alzamos la cabeza tan centrada en lo nuestro. Escuchamos, miramos al que viene. Dejamos que nos devuelva el buen ánimo, la confianza. Puede renacer la esperanza de las bienaventuranzas y del magnificat: los niños, los pobres y los humildes ocupan el centro, reciben la bendición de Dios, heredan el reino de Dios, mientas que los ricos y poderosos van quedando en los márgenes, vacíos en su soberbia.

La atenta espera es la actitud que acompaña estos días de adviento. Muchos atractivos de nuestros entornos ofuscan nuestro espíritu. “Mirad con atención, hasta quedar atónitos, o entornad vuestros ojos hasta quedaros ciegos: embriagaos, y no de vino, tambaleaos, pero no por el licor, porque el Señor derramó sobre vosotros un espíritu de sopor, que cierra vuestros ojos y cubre con un velo vuestras cabezas”, nos dejó escrito el profeta Isaías. (Is 29, 9-10) El abuso del celular, el excesivo consumo, la prisa e inquietud creciente nos roban la serenidad de espíritu para acoger la presencia de un Dios que viene silenciosa y calladamente al alma que lo espera con amor.

Jesús no se cansa de visitarnos continuamente en los acontecimientos de cada día. Nos pide estar atentos para percibir su presencia. Su visita no se puede programar o pronosticar, sino que será repentina e imprevisible. Sólo quien esté despierto, no será tomado por sorpresa.

Los niños no tienen las urgencias de los adultos. Dedican tiempo a Jesús, a escucharle y acogerle en su interior. A la oración, unen una espera atenta, porque saben que cuando invocamos el nombre de Jesús, siempre viene. Nos visita y deja en nuestras almas la paz, la confianza, la alegría, la bendición del cielo. Dejemos que los niños nos enseñen a orar, a elevar con mucha sencillez y simplicidad la mirada al cielo, a invocar a Jesús, a esperar su visita imprevista.

En dinámica de oración

Jesús viene a visitarme. Me sobrecoge que Él venga a buscarme, en lo escondido de mi espíritu. En muchas ocasiones, menosprecio los impulsos y movimientos de mi interior, mientras que Jesús los acoge, los acuna con su voz dulce y tierna. Él quiere arropar mis temores e inquietudes. Él conoce bien mis heridas y desvelos. Le abro las ventanas de mi alma. Le ruego que entre y derrame su bondad y su gracia.

Me recojo en la presencia de Dios. Dejo que el silencio serene mi espíritu, atiendo mi respiración, regalo permanente de Dios. Invoco a Jesús:

Ven, Señor Jesús.

Ven, Jesús.

Jesús, Tú mi esperanza.

Jesús, Tú mi libertad.

Jesús te espero.

Jesús, visita mi familia.

Ven, Jesús, riqueza de los que todo lo han perdido.

Ven, Jesús, consuelo de las lágrimas silenciadas.

Ven, Jesús, alegría de los tristes.

Ven, Jesús, guíame por el camino eterno.

Canto: Quiero crecer en tu amor (CD 2)