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En memoria e intercesión por todos los fallecidos y damnificados en la reciente inundación en Valencia (España)

Hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve? Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con paciencia (Rm 8, 24-25), nos dice el apóstol S. Pablo.

Cuando la contrariedad y el sufrimiento invaden el corazón, fácilmente nos vence la tristeza y el desánimo. En las recientes inundaciones en Valencia, las muchas pérdidas humanas, materiales, familiares han dañado intensamente las emociones más puras y auténticas de la vida.

Jesús, una vez más, se acerca a cada alma desorientada, perdida, derrotada y noqueada. Proclama: “Ánimo, soy Yo, no temáis”. Él te sugiere que pegues tu oído a su corazón, para escuchar el murmullo sonoro de su fuente, que recrea el alma y enciende la llama de su luz en la oscuridad de nuestro espíritu.

Jesús rebosa amor y ternura. Sólo nos pide que le abramos la puerta del corazón. Él conoce bien nuestra rabia y enfado. Él desea que le presentes la amargura de tu corazón, que te presentes ante Él como eres, sin máscaras. Él es el buen Pastor. Déjate encontrar por Él. Deja que te cargue sobre sus hombros. Le darás una gran alegría.

Invocamos el espíritu Santo:

Ven, Espíritu Santo, visita mi corazón.

Espíritu Santo, renuévame en la esperanza.

Tú eres mi fortaleza. Dios mío, confío en Ti.

CANTO: Ven, Espíritu Santo (CD 1)

Escuchando a Calasanz

Según narran sus biógrafos, el 24 de diciembre de 1598, tuvo lugar una de las más catastróficas inundaciones del río Tíber que se recuerdan en Roma. (…) Parece increíble: unos diez metros de agua sobre el nivel normal del río. Hubo 1400 víctimas según unos o 4000 según otros. Los daños materiales fueron ingentes, superando los dos millones de escudos de oro, según cálculos aproximados.

Uno de los barrios más castigados fue el Trastévere por su cercanía con el Tíber, por su bajo nivel del suelo y por al pobreza e inconsistencia de sus casas. las consecuencias se notaron también en la escuela de Santa Dorotea. Los días festivos de Navidad dejaron más libre a Calasanz para entregarse de lleno al rescate de víctimas y al socorro de todos, pero especialmente de los más pobres.

Bajaron las aguas, y hubo que reparar daños en las escuelas. Si tiempo atrás se dejó “tocar por el sufrimiento de la gente común”, ahora él mismo padecía junto a las gentes más afectadas. Con sus escuelas anegadas en el lodo, sin recursos para hace frente a las reformas.

Marco Antonio Arcangeli, uno de sus mejores colaboradores y miembro de la cofradía de la Doctrina Cristiana propuso que la cofradía tomara bajo su protección la escuela cotidiana de Santa Dorotea para favorecerla y ayudarla en cuanto la cofradía pudiera. La junta de priores se ofreció a tenerla bajo su protección y ayuda en lo que fuera necesario. (Severino Giner, San José de Calasanz, maestro y fundador, págs. 407-408)

Calasanz, en este contratiempo, se encontró vacío de riquezas y seguridades, sin posibilidades para seguir por sí mismo su obra. Dios le fue conduciendo para abrirse más plenamente a la Providencia divina y a quiénes podían ofrecerles ayuda. Los niños pobres le habían robado el corazón, pero Jesús le fue llevando a un mayor despojo de sí mismo, para darse de todo corazón a Dios con mayor intensidad, y para dejarse ayudar por los compañeros que le ofrecían recursos para llevar adelante su obra.

A la escucha de nuestro interior

Calasanz fue despojado de todo lo suyo. Nosotros también vivimos expuestos a la pérdida y al despojo. Cuando una catástrofe natural provoca tanta destrucción y muerte, se encoge el corazón. Surge espontánea la queja y la protesta ante tanto desamparo. Ocurrió en el Tíber Romano en 1598, y ahora ha ocurrido en las poblaciones de Valencia. Calasanz, como hoy tantos voluntarios de buen corazón, se entregó en cuerpo y alma a socorrer a los más desamparados. La angustia y la turbación ante el agua que arrasa con todo roban la paz del corazón. Sólo nos queda confiarnos a la mirada providente de nuestro Dios.

En dinámica de oración

Ahora, escucho en mi interior. Me dejo visitar por las situaciones e imágenes que más me han golpeado el corazón. Guardo silencio. Es mi mejor amigo. De su mano, puedo entrar en mi alma, sentir mis heridas e indignación; mi tristeza y pesar; la impotencia ante la ingente labor de limpieza. Atiendo a mi respiración en su cadencia suave y prolongada. Me pacifica y serena.

Invoco a Jesús, deseo unirme a Él de corazón a corazón, sentir que Él comparte mi tristeza y dolor. Aunque me siento triste, débil, sin fuerzas, deseo que Él me regale sus emociones más hermosas: la confianza inquebrantable, una firme esperanza, una mirada limpia, una compasión entrañable, la sólida convicción de que la Providencia vendrá en nuestra ayuda.

Sencillamente le digo:

Jesús, ven.

Jesús me siento muy pobre y pequeño

Como un niño pequeño, Espíritu Santo me abandono en Ti.

Madre de Desamparados, protégenos con tu bendito manto.

Canto: Virgen de Desamparados.   (CD 1)