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Los que se dejan llevar por el Espíritu De Dios, esos son hijos De Dios. (Rm 8,14) Los que han recibido el Espíritu son como niños, que no se dejan vencer por el temor, sino que el Espíritu les impulsa a exclamar con una gran confianza: “¡Abba, Padre!”. (Rm 8, 15). Ellos encuentran su alegría en permanecer junto a Dios para hacerse amigos de Dios. Los amigos dedican tiempo a compartir su vida, sus alegrías y tristezas, su amor mutuo. Los grandes tienen muchas tareas que realizar, no tienen tiempo para los amigos, para Dios.

El Espíritu nos educa en la práctica calasancia de mantenernos como niños ante Dios, desconfiando de nosotros mismo e invocando siempre la ayuda de Dios.

Dedicamos un poco de tiempo para Dios, pedimos al Espíritu que nos guíe e inspire en la amistad con Jesús.

Ven, Espíritu Santo.

Confío en ti.

Me abandono en Ti.

Dame un corazón de niño

 

CANTO: Espíritu Santo, maestro. CD 2

 

Escuchando a Calasanz

En las visitas de Calasanz a los barrios de Roma, conoció no sólo la pobreza material, sino también la miseria moral y religiosa de niños sin educación. Eran demasiado pobres para pagar los maestros de las escuelas de barrio. Se necesitan escuelas gratuitas. Calasanz pidió ayuda a los maestros asalariados, a los Senadores de Roma, a los Jesuitas del Colegio Romano y a los Dominicos de la Minerva. Todos se negaron a dar respuesta a la necesidad.

El 9 de abril de 1597, Calasanz conoció en el Trastévere a D. Antonio Brandini, párroco de Santa Dorotea, quien había abierto una escuelita donde se enseñaba a los niños a leer, escribir y el catecismo. Algunos miembros de la cofradía de la Doctrina Cristiana, en la que Calasanz se inscribió en 1598, colaboraban en la tarea. Calasanz frecuentaba la escuelita y concibe la esperanza de transformarla en escuela gratuita sólo para niños pobres y abierta a todos. Pronto se difundió la noticia y aquella pequeña escuela necesitó ampliar sus locales. Con la muerte del párroco en 1600, Calasanz la trasladó al interior de la ciudad, en una peregrinación con varias residencias hasta llegar a su residencia definitiva en la casa de San Pantaleón.

He encontrado ya en Roma la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a los pequeñuelos. No los dejaré por cosa alguna del mundo”.

Con estas palabras, Calasanz rechazaba nuevas propuestas de canonjías en España. Nuestro Santo acabó diciendo SÍ a Dios en los niños, renunciando a otros planes tan deseados en el pasado. En su SÍ a Dios, no sólo intervino el encuentro con los pobres, sino que también le fue de gran ayuda la entrega a una intensa vida de oración de la mano de los carmelitas reformados de la iglesia de la Scala; el encuentro con la pobreza franciscana y las peregrinaciones a Asís, Loreto y La Verna.

En los niños, Calasanz vio la presencia de Dios. En un camino de pérdidas y fracasos, aquellos niños surgieron como una puerta abierta del Reino de Dios, que pedía abajarse en su pequeñez para abandonarse confiadamente en los brazos del Padre.

Con los niños, Calasanz sintió que Jesús le amaba, se había fijado en Él, y recogiéndose en ese amor, alcanzó su plenitud, hasta derramarse en el servicio y la entrega a los pequeños. Entonces, decidió darse de todo corazón a Dios.

Había encontrado el único amor de su corazón. Ya no se trataba de esforzarse para realizar un proyecto, sino de escuchar la voz De Dios y dejarse llevar en la intención de darse de todo corazón a Jesús. Cómo escribiría Calasanz años más tarde, “Nada le has dado a Cristo, si no le has dado tu corazón”.

 

A la escucha de nuestro interior

También hoy Jesús quiere encontrarse con cada uno de nosotros. El niño es un sacramento que nos abre las ventanas del alma a una peculiar relación con Jesús. Cada niño, en sus gestos y miradas, trasmite una inocencia y confianza capaz de trasformar nuestra autosuficiencia en humildad, nuestro egoísmo en caridad, nuestra tristeza en alegría. Quien dedica tiempo a compartir vida con los niños se contagia de sus actitudes que preparan para el encuentro con Dios: la sencillez y transparencia en la expresión de los propios deseos; sinceridad y recta intención en el deseo de ver a Dios; simplicidad en su apertura a la Palabra y presencia de Dios; abandono en el Padre bueno, siempre dispuesto a ofrecer su amor misericordioso.

Cuando nos hacemos niños con los niños, les dedicamos tiempo generosamente, cuando guardamos silencio, e invocamos con mucha simplicidad y amor el nombre de Jesús, en un tiempo y espacio de recogimiento, entonces nuestros corazones se llenan de la presencia de Dios. Él nos  colma de su amor y nuestra relación con Él es viva, amistosa, auténtica.

En dinámica de oración

Ahora, cada uno puede atender al niño que lleva dentro. En su infancia, aprendió a confiar, mirar, sentir y agradecer con inocencia, amor y paz. Nos dejamos llevar por él. Guardamos silencio. Atendemos a nuestra respiración en su cadencia suave, pausada.

Invocamos a Jesús, y unidos a Él, nos vivimos niños y niñas, pequeños, con simplicidad y agradecimiento le agradecemos nuestros sentimientos más bellos: Gracias por la alegría que aprendí de mi padre, o la confianza de mi madre, o la bondad de mi abuelo, o la paciencia de mi maestro…

Y sencillamente le decimos

Gracias Padre…

Con corazón de niño me dejo en tus manos…

Espíritu santo, me abandono  ti

Dejo mi vida en tus manos…

 

Canto: En tus brazos de Padre CD 2