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Alabado sea el Espíritu Santo que la hizo Templo vivo de la Santa Trinidad.

Cuando iniciamos un camino de oración continua con un grupo de niños, la dispersión e hiperactividad tan presente en nuestra sociedad fácilmente dificultarán el silencio, la escucha y el recogimiento.

Sin embargo, todo niño es capaz de un encuentro personal con el Dios que habita en su corazón. Si perseveramos en nuestro propósito, sin la urgencia de resultados inmediatos, con la paciencia y caridad de las vírgenes sensatas, seremos testigos de un hecho prodigioso: la invocación pausada del Nombre de Jesús centrará la atención de los estudiantes, dominarán sin prisa sus impulsos hacia un equilibrado recogimiento, y les colmará de los grandes frutos de la Resurrección del Señor, presente en sus corazones: la paz, la alegría y la confianza.

Así, poco a poco, la semilla de la oración que vamos sembrando día a día en el corazón de cada niño, irá germinando en atractivos frutos. En un principio, será de forma muy simple y breve, oculta y silenciosa. Con el tiempo, esa semilla inicial producirá en buen fruto de una oración madura, sentida en el corazón y formulada con la propia inteligencia.

De forma tan simple y sencilla, el Espíritu de Dios va convirtiendo el cuerpo de cada estudiante en un Templo vivo de la presencia del Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.

En este itinerario, el camino recorrido por Santa María Virgen, Madre y Maestra de oración se nos revela como LUZ que guía y acompaña nuestra misma vida de oración. Ella se vació completamente de sí misma, para acoger el gran don de Dios: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. De esta forma, el Espíritu Divino, en un dialogo de corazón a corazón, la fue conformando en TEMPLO vivo donde mora la Palabra eterna del Padre, hasta su entrega en totalidad al Dios que la habita: “Hágase en mí, según tu Palabra”.

Ser Templo de Dios es vaciarse de sí mismo, acoger la presencia de Dios en nosotros, y dejarnos llevar por su impulso de donación total: “Ser todo de Dios, ya que Él es todo nuestro” (CIC 2617). Los pobres de espíritu y los niños, desprendidos de tantas adherencias externas, en su sencillez y simplicidad nos guían en el camino para convertirnos en templos de Dios.

Ser Templo de Dios es la obra del Espíritu en cada orante con corazón de niño. Deja que el Espíritu entre en tu corazón. Muchos pensamientos y tareas pendientes roban tu atención. La ansiedad y el agobio te roban la paz de espíritu. Vacíate de ellos.

Guarda silencio. Atiende tu respiración, prolongada y aquietada. Deja al Espíritu que ore en ti, sin palabras, que te mueva al amor y la confianza, que te recoja en tu interior:

Ven, Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo.

Ven a orar en mí.

Vacíame de mi dispersión.

Recógeme en mi interior.

Hazme Templo vivo de Dios.

Me dejo acompañar por el canto: Pedimos el Espíritu (CD1)