Alabado sea el Espíritu Santo que le reveló su nombre de Espíritu Santo
En los primeros días del curso, al comienzo de la jornada, cada educador pasa lista, fijándose en el nombre de cada estudiante, en el anhelo de asociar cada rostro con su nombre propio. Detrás de cada nombre, siempre existe una persona con sus luces y sombras, pero, ante todo, con el deseo de ser acogido, respetado, valorado y amado por lo que es en sí mismo más allá de los resultados que vaya alcanzar en su aprendizaje. Tener nombre es tener identidad, que nos diferencia del resto de compañeros, a la vez que nos conforma en nuestro ser y obrar.
En su Palabra, Dios se manifestó personalmente a los hombres que llamaba a la amistad con Él. El Señor, en su encuentro con Moisés en la zarza que ardía sin consumirse, le comunicó su nombre: “Yo soy el que soy”. (Ex 3, 14) Muchos años después, el ángel que se apareció en sueños a José, le encomendó la misión de poner el nombre de Jesús al niño que nacerá de María, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21) El ángel Gabriel, en su encuentro con la Virgen María, le reveló al Espíritu Santo: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. (Lc 1, 35)
En su nombre, el Espíritu Santo traduce el término hebreo ruah, que significa soplo, aire, viento. Es el aliento divino que “sopla donde quiere, oyes su voz, pero no sabes de dónde viene o adónde va” (Jn 3,8), como le dijo Jesús a Nicodemo. Este soplo divino es tan intenso que siempre que le invocamos permanece junto a nosotros, para guiarnos por el buen camino, protegernos de todos los peligros, defendernos en la adversidad.
María lo acogió con total apertura y generosidad. Dejándose guiar por Él, se entregó de todo corazón a Dios Padre, en su “hágase en mí, según tu Palabra”. (Lc 1, 38) El mismo Espíritu, como nos dejó escrito san José de Calasanz, “enseña a los humildes a orar con gemidos inefables.” (C 23).
El Espíritu Santo es presencia, escucha, inspiración, maestro para la vida. Él guio a María Virgen en su entrega a la voluntad del Padre. Él acompaña nuestras vidas. Al escuchar su nombre, nuestra confianza se renueva. Hemos sentido su presencia en muchas circunstancias de nuestra vida. Su presencia y ayuda ha guiado hoy nuestro camino de “oración continua”.
El Espíritu Santo es amigo íntimo de los niños y los pobres. En quien se simplifica, habita con gusto. Deja el protagonismo al niño que llevas en tu interior. Deja que el silencio y la quietud te pacifiquen. Atiende tu respiración, símbolo de la brisa suave que sopla en tu corazón. Invoca al Espíritu:
Ven, Espíritu Santo… Ven, Espíritu Santo…
Acompáñame.
Guíame.
Defiéndeme de los peligros.
Confío en Ti.
Te amo.
Me entrego a Ti.
Canto: Ven Espíritu Santo. CD1 18
Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón con tu amor;
Recuérdame tus palabras, Edúcame en tu amor.
Consuélame en la tristeza;
Fortaléceme en la debilidad;
Protégeme en los peligros.
Acompáñame en la soledad,
Cúrame en la enfermedad.
