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En septiembre, muchas de nuestras escuelas inician su curso escolar. Asimismo, diversas fiestas marianas acompañan la vida de muchas de nuestras presencias, como si Ella pretendiera guiar a nuestros educadores y estudiantes en los comienzos de su escolaridad: la Natividad de la Virgen, el Dulce Nombre de María, la Virgen de los Dolores y la Virgen de la Merced, que se prolongará en octubre con la Virgen del Rosario. San José de Calasanz encontró en el Dulce Nombre de María un refugio seguro para sus nacientes Escuelas Pías. Las letras M y A entrelazadas junto a la Maternidad divina de María son referencia de identidad en todas presencias escolapias en el mundo.

En el deseo de encomendar a la Virgen María la vida y actividad de nuestras comunidades educativas, dedicaremos nuestras próximas entradas a orar la tercera parte de nuestra Corona de las Doce Estrellas, consagrada a la alabanza del Espíritu Santo.

 

CON MARIA, DESPOSADOS EN EL ESPIRITU

Corona de las 12 estrellas

Alabemos y demos gracias al Espíritu Santo que la eligió como Esposa.

 

En el día a día de nuestras obras educativas, nos encontramos con estudiantes que trasparentan la alegría de una vida de familia, serena y feliz, en la que sus padres han hecho de su amor mutuo el fundamento de su hogar.

¡Cómo nos conmueve contemplar el amor tierno que une a unos esposos en esa sana armonía de palabras, gestos y sentimientos que son fuente de plenitud y felicidad!

Si contemplamos una estampa tan bella en el amor que une a un hombre y una mujer, ¡cuánto más sucede con la Virgen María, siendo así que tiene por esposo al Espíritu Santo!

En su diálogo con el ángel Gabriel, María se expresó con toda transparencia y simplicidad: “¿Cómo será esto si no conozco varón?  El ángel te contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).

Santa María, la Esposa del Espíritu Santo, está siempre presente entre nosotros: nos hace partícipes de su unión íntima con el Espíritu de Dios, cada vez que le miramos en una imagen, o le invocamos en la oración, o le expresamos nuestro amor. Ella es tan gentil que derrama la paz y la alegría del Espíritu en los corazones de los pequeños y los pobres que confían en su protección.

Guardamos silencio, atendemos nuestra respiración. Esperamos la presencia de Dios en nosotros. Él viene siempre. Sólo nos pide que le llamemos con confianza:

Ven, Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo.

Ven, Espíritu Santo.

Tú eres LUZ en la oscuridad.

Tú eres la VERDAD que triunfa sobre la mentira.

Ven y acompáñanos.

Ven, no nos dejes huérfanos.

Canto: Os daré el Espíritu Santo, no os dejará huérfanos. Cd2

Cuando oramos nuestra Corona de las Doce estrellas, ¡cuántas manifestaciones de amor resplandecen en María!

  • El Padre la predestinó para la maternidad divina, la preservó del pecado, la adornó con todas las gracias y le entregó a San José.
  • El Hijo se encarnó en María y nació de Ella, quiso ser educado por Ella y le reveló los misterios de la Redención del mundo.
  • El Espíritu Santo la eligió para que fuera su esposa.

Virgen María, ¿cómo vives tú este amor a tu esposo divino y cómo poderlo vivirlo nosotros?

Probablemente nos responderías con la Palabra que guardabas con tanto cariño en tu corazón, y quizás nos proclamarías aquellas palabras del profeta Oseas: “Voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón (…) Yo te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo en fidelidad y tú conocerás a Yahveh” (Os 2,16.21-22).

Las personas vivimos muy ocupados en nuestras tareas y responsabilidades. Parece que no tenemos tiempo para compartir vida con los demás. Fácilmente nos distraemos y dispersamos, muy atentos a lo nuestro. Hacemos de la actividad permanente, algo que nos exime de responder a nuestra propia identidad, justificados en que estamos ocupados. En la soledad del desierto, regresamos a la verdad de nuestro corazón, donde cultivar relaciones en autenticidad.

María fue una mujer simple de espíritu, vacía de tantas adherencias que nos impiden escuchar a Dios. En María, nos encontramos con una persona que, en la soledad de su vida, se entregó a Dios y a las dinámicas que nos acercan a Él: el silencio y la escucha, el desprenderse de mensajes que nos desorientan, el acallamiento del propio pensar y sentir, la lectura y meditación asidua de la Palabra de Dios, la acogida de las inspiraciones que el Espíritu Santo va dejando en el propio corazón. Así, poco a poco, María se familiarizó con Dios, y el Espíritu Santo la fue enamorando con sus dones y frutos hasta hacer de Ella su Esposa.

Quizás nos veamos incapaces de seguir su camino. Entonces, María nos susurra al corazón: es necesario hacerse pequeño como un niño, no pretender lograrlo por nosotros mismos, sino conceder el protagonismo al Espíritu, llenarnos de Él, invocarlo con toda simplicidad e insistencia, dejar que Él penetre en el corazón, ofrecérselo con sinceridad, para que Él se apropie de lo nuestro. Atender a los pensamientos e inspiraciones que Él derrama en nuestras almas, dejarte encontrar por Él y consentir.

Así, asimilaremos sin prisa que al Espíritu Santo le contenta que nos entreguemos con todo nuestro ser a Dios y a su voluntad, como le ocurrió a María.

Querida Virgen María, nos atrevemos a preguntarte en la confianza que tú nos inspiras: ¿cómo es esa relación de amor con el Espíritu en tu vida divina?

Ante pregunta tan íntima, seguramente Tú nos hablarías de oración continua. No de esa oración hecha de fórmulas y palabras, repetidas mecánicamente, sino de esa otra oración de corazón a corazón en la que cualquier circunstancia de la vida es una oportunidad para confiar en Él, escucharle y amarle desde una mirada limpia: la gratitud ante la contemplación de la creación; la intercesión ante el dolor y el sufrimiento de las personas; la admiración ante un niño que se entrega al silencio de la oración; la confianza y el abandono ante las dificultades; la ofrenda agradecida en el atardecer de la vida; la alegría ante las oportunidades de la vida; el deseo de ayudar al prójimo, expresión del verdadero amor a Dios.

Gracias Virgen Madre porque te ofreciste al Espíritu Santo con el ardor de una Esposa. Cada vez que te invocamos, Tú nos acercas a ese lugar profundo, escondido e íntimo del corazón, donde habita el Espíritu divino. Nuestras inquietudes y turbaciones se silencian en tu corazón inmaculado, siempre disponible a la acción de la gracia.

Junto con María, mujer de silencio y escucha, queremos aprender la sabiduría de Dios. Guarda silencio.  Aquieta tu cuerpo. Atiende tu respiración: es el hálito de vida con que el Espíritu Santo te acompaña en todo momento. Descansa en Él todas tus inquietudes y agobios. Él se interesa por ti. Invócale:

Ven, Espíritu Santo… Ven, Espíritu Santo… Ven, Espíritu Santo…

Me confío en Ti… Te entrego mi ser… Habita en mi corazón…

Fíjate en el dibujo que inicia esta entrada. Es la medalla que san José de Calasanz mandó acuñar cuando recibieron el hábito los primeros escolapios. María Reina se aparece a un escolapio que arrodillado en oración recibe una cadena, expresión del vínculo de amor con María. En una breve leyenda, se dice: “en señal de perpetuo servicio”. María sabe de amor fiel, generoso, perpetuo. Identifícate con aquel humilde escolapio. Imagínate ante María, que viene a Ti, Reina coronada, junto con su Hijo, triunfante del mal y del pecado.

Invócale:

María, Esposa del Espíritu Santo, edúcame en el amor de Dios

María, morada de la sabiduría, enséñame a guardar la Palabra de tu Hijo.

María, arca de la nueva Alianza, edúcame en el trato íntimo con Dios.

María, Virgen orante, instrúyeme en la oración continua.

Nos dejamos acompañar por el canto:   Pedimos el Espíritu. Cd1

Espíritu Santo, me vuelvo hacia ti;

te llamo y te invoco;

Ven y habita en mi corazón.