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En la fiesta de S. José de Calasanz

Cuando escuchamos a nuestros niños su testimonio de oración, quedamos sobrecogidos porque ,con palabras simples y sencillas, expresan la Verdad de quien se deja moldear por la gracia de Dios. A continuación, os compartimos algunos testimonios:

“En la oración, me siento muy tranquila, y me gusta escuchar a Dios, dar gracias y así… ahí está Dios.”Isabela López, 5 años, del colegio Calasanz de Caracas (Venezuela)

“Para mí, la oración es conectarme con Jesús. Cuando voy a la capilla me siento en paz. Me gusta ir porque es un pequeño encuentro con Jesús y María”. Carlotta Milano, 10 años, colegio Escuelas Pías de Valencia (España).

Al acompañar la vida de oración de nuestros niños, ellos nos abren el tesoro escondido en su corazón. En el encuentro con cada uno de ellos, comprendemos que más allá de sus diferentes formas de pensar y sentir, intuimos que la sed de Dios, de su paz y amor es lo más genuino que habita en sus almas. En unas ocasiones, la presencia de Dios se expresará como perdón; en otras, tranquilidad; paz; confianza; esperanza… De esta forma, niños y niñas nos revelan a los adultos los diversos rostros de la belleza de Dios.

San José de Calasanz, también se dejó acompañar por la oración de sus niños. Dicen sus biógrafos, que “muchas veces acompañaba personalmente la Oración Continua de sus estudiantes… y que el Santo Padre quedó con tan nuevo y señalado fervor, muy consolado y mayormente animado a proseguir la obra de las Escuelas Pías, que veía tan grata al Señor”. (Recuerdos narrados por el P. Alejo Armini)

Al contemplar la vida de Calasanz, intuimos que, en su camino, la oración ha sido alma de su ser y obrar. En su infancia y juventud, sus padres y educadores sembraron en su alma el espíritu y práctica de oración que le capacitó para reconocer en aquellos niños desarrapados de la Roma barroca y cortesana al Maestro bueno que le mira en los ojos limpios de aquellos pequeñuelos; le llama en su dulce voz; le educa en sus gestos naturales y espontáneos, le ama en el cariño auténtico de unos niños, trasparencia nítida y diáfana de la Verdad de Dios, que le movió a confesar: “He encontrado mejor modo de servir a Dios, haciendo el bien a estos pequeños, y no lo dejaré por nada de este mundo.”

De esta forma, los niños le acompañaron en una vida de oración, vivida en la sencillez del corazón que confía plenamente en Dios Padre; en el silencio y la soledad de quien descubre en su interior el encuentro vital, de Tú a tú con el Dios que le conforma a la imagen de su Hijo; en la escucha de la voz de Dios que siempre le llevó por los caminos impensables del despojo, la pérdida y la humillación.

Cada uno de nosotros, hemos recibido el don de nuestros niños en las escuelas, las parroquias y las familias. Ellos, en su anhelo de conocer, convivir, aprender, jugar… reclaman nuestra cercanía y guía que les acompaña en su día a día. Los niños nos llevan cordialmente de la mano hasta el Pastor bueno, que nos sana en sus llagas ensangrentadas; nos consuela en su ánimo siempre decidido a seguir adelante; nos congrega en el banquete pascual de su amor; fortalece nuestras manos débiles y nuestros pies vacilantes, nos ama en cada circunstancia de nuestra vida. Sin embargo, es posible que las adversidades de la vida, las ideologías, la frialdad en el encuentro con Dios vayan oscureciendo esa mirada de amor divino ante los niños que Dios nos ha confiado.

Por ello, en este inicio del curso escolar, les ofrezco una bella oración que cada día rezamos en muchos de nuestros colegios, en el deseo de que Nuestro Santo Padre haga de cada Educador trasparencia viva de la presencia de Dios para cada uno de sus estudiantes:

San José de Calasanz,

mi maestro, luz y guía.

Mírame desde la gloria.

Bendíceme en este día.

Alcánzame de Dios Padre

inteligencia y piedad,

y un corazón bien dispuesto,

para hacer tu voluntad.