El Adviento es un tiempo de peregrinos. Vamos de camino hacia Belén, liberándonos de tantas esperas engañosas que pueden anidar siempre en nuestro espíritu, si olvidamos que Dios viene; que actúa en nuestra historia, mora en nuestra intimidad, y nos pide que le acojamos.
Volver a Belén, a ese lugar escondido, pequeño, estrecho, para pocos no es una ideología. En Belén, sobran palabras. Allí, solo llegan los que se vacían de sí mismos, de sus falsos idealismos. En Belén, la cercanía y presencia de Dios, su acción íntima, y a la vez veraz, nos renueva, nos revitaliza, enciende la confianza en nuestras almas.
Jesús llama a tu puerta, como un peregrino para que le dejes entrar en tus convicciones más escondidas, en tus sentimientos más auténticos. Viene a derramar allí su luz, su paz, su esperanza, su alegría. Deja que Él sane tu desaliento, tu falta de vigor. Invócale:
Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…
Enséñame, Señor tus caminos.
Instrúyeme en tus sendas.
Haz que camine con lealtad.
Jesús, yo quiero ser tu amigo,
Tú lo puedes todo.
Escuchamos de nuevo al profeta Isaías:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, para liberar a los cautivos, para proclamar el año de gracia del Señor. (Is 62, 1-2)
En estas palabras, escritas muchos años antes del nacimiento de Jesús, se nos describe el modo y la manera como Dios vendrá a nuestra tierra. A veces, en nuestra relación con Dios nos engañamos y soñamos con un Dios que venga a satisfacer y colmar todas mis necesidades. Pero cuando nos dejamos embaucar por el egoísmo a la larga viene el tedio, la codicia, el estar por encima de los otros… que nos dejan en el vacío y el desánimo.
Sin embargo, hoy el profeta nos anuncia que Dios va a ungir a su Hijo con su Espíritu, porque Él viene a traer alegría a los pobres, sanación a los corazones rotos, libertad a los prisioneros. Cuando llegue, ungirá el corazón del que le espera, atento y vigilante; sanará sus heridas provocadas por tantos dolores y sufrimientos sin sentido. Él suscitará un nuevo ser en el corazón: donde antes reinaba el rencor, se abrirá paso el perdón; donde antes vencía la codicia, germinará la generosidad; donde antes crecía la vanidad, brotará la entrega confiada a Dios y al prójimo. Cuando sintamos estas actitudes, será señal de que Jesús y su reino llegan a nuestras vidas.
Para acoger esta unción del Espíritu, se requiere un corazón de pequeño y humilde, como Juan el bautista. Su verdad en la humildad conmueve: “Yo No soy el mesías, no soy la luz.” (Jn 1,20), dirá a los que le interrogan. Él no usurpa el lugar de Jesús. Él es la voz que grita en el desierto. Esta es su identidad, la misión a la que el Señor le ha llamado. Él es testigo de Dios, le anuncia sin miedo, con la palabra transparente y cristalina que nace de su experiencia en la soledad del desierto. Él es quien Dios quiere que sea y esta es su alegría. También hoy, en el desierto de nuestras ciudades, tan abocadas al consumo, muchos pobres deambulan por las periferias conformándose con las migajas que caen de la mesa de los ricos. Allí, necesitamos voces que alcen la voz y anuncien: Dios existe, Dios viene a sentarse a la mesa de los últimos, a contagiarles su alegría, a sanar los corazones desgarrados, a recuperar la esperanza, la bondad, la generosidad, la limpieza de corazón.
En estos días previos a la Navidad, dedicaremos tiempo y esfuerzos a ambientar nuestros hogares. Niños y mayores iremos desempolvando las cajas escondidas, e iremos creando nuestro nacimiento, colocando cada figura en el lugar y el momento oportuno. Allí, ante Jesús niño, será posible detenernos, sin prisa, contemplar aquel escenario, fijarnos en la presencia y actitud de cada figura, para detener nuestra mirada en el pequeño Jesús, nuestra gran esperanza, para mirarle, amarle y adorarle.
Acércate a Belén. Mírale allí. Él es el ungido por el Espíritu divino. Viene a traerte la libertad, la sanación, la alegría y la esperanza. Deja que el estupor y la admiración unjan tu alma.
Guarda silencio. Contémplalo allí, junto a José y María. Fíjate en cada detalle del nacimiento: todo habla de sencillez, pobreza, humildad, entrega, adoración. Únete a los pastores, ellos ofrecen sus dones, su corazón ungido de amor divino. Abandónate a Él. Invócale:
Jesús… Jesús… Jesús…
Ven, Jesús, unge mi corazón…
Ven Jesús, anúnciame tu Buena Noticia…
Ven, Jesús, libérame de mis ataduras…
Ven Jesús, dame un corazón nuevo, como el tuyo…
Jesús, te espero con mucho amor.
Jesús, quiero ser todo tuyo…
Y nos dejamos acompañar por el canto:
Ven a mí, si tú estás cansado.
Ven a mí, si agobiado tú estás.
Que yo te aliviaré, yo te aliviaré.
Ven a mí.
Porque yo soy tu descanso,
Porque yo soy para ti la paz.
Porque yo soy tu fortaleza y tu esperanza,
Para ti yo soy la luz.
Ven a mí.
