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El adviento es un tiempo de esperanza. El Señor viene, comparte las tribulaciones del mundo, nos trae el consuelo de Dios, encarnado en su presencia.

Vivimos en un mundo en guerra, sin capacidad para el perdón y la reconciliación, devaluando la vida humana en su precio más bajo. Muchas familias se rompen, los jóvenes ven debilitarse su confianza en un mundo más fiable y acogedor. En algunos países, se prefiere un animal de compañía a los propios hijos. Los cambios climáticos auguran un futuro incierto para la misma tierra. La Verdad de Dios parece que ya resuena poco en los corazones de los hombres.

Dios observa nuestras gentes, nuestro mundo. En lugar de dirigir su mirada hacia otra parte, cansado de la terquedad del corazón humano, no se cansa de mirarnos, de escuchar nuestros deseos más íntimos. Él desea estar aún más cerca de nosotros, no para imponernos sus mandatos de vida, sino más bien para acompañarnos en el camino de la vida, para conversar con nosotros, escuchar nuestras quejas y protestas, y ofrecernos lo mejor de Él mismo: su bondad que vence la maldad del corazón, su Verdad que ilumina la oscuridad de nuestros pensamientos, su Vida que nos rescata de toda tristeza y desánimo.

Dios sólo desea escuchar de nuestros labios el clamor que inspira cada venida suya: Ven, Señor Jesús. Muchas las oportunidades para decírselo: en el comienzo de nuestra jornada, en las actividades y trabajos, en las decisiones importantes que debemos adoptar, en los momentos importantes de nuestra vida: Ven, Señor Jesús.

Hazte consciente de que Dios viene a tu encuentro. Ante Él, no son tan importantes las palabras, como las actitudes del corazón. Dios, no sólo atiende nuestras devociones y oraciones, sino que Él se complace de forma especial cuando un corazón, se deja llevar por Él, se silencia y se aquieta, y se esfuerza por dejarle obrar a Él. Ahora, déjale ser protagonista de tu vida. El desea hacerte feliz, derramar en ti su alegría, su paz, su esperanza. Invócale:

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…

Ven Jesús, Mira mi corazón, atiende mi voz.

Ven Jesús, lléname de tu amor.

CANTO:

En los días previos a la Navidad, muchas personas comparten deseos de salud, bienestar y prosperidad. La esperanza verdadera y segura, más allá de las expectativas humanas, encuentra su fundamento en el encuentro con el Dios Amor, Padre misericordioso, que envía una y otra vez su Palabra a los hombres. A pesar de tantas amenazas a la vida humana, Dios vuelve a nuestras vidas.

En la Palabra de Dios, escuchamos el testimonio de muchas personas que conocieron a Dios. Isaías, el gran profeta del adviento, en su juventud tuvo un encuentro con el Dios Santo y sorprendente, ante el que se sintió indigno y pecador. Así Dios le simplificó el corazón, para escuchar las palabras de Dios y anunciarlas a su pueblo. Él es el mensajero de los anuncios de Dios que quieren mantener viva la esperanza.

Dios viene también a nuestro encuentro. Nos resulta imposible acordar una cita con Él. Es desconcertante y fascinante; escondido y misterioso. Cuando menos lo esperas, aparece. Él no llega en la dispersión del consumo, la superficialidad de lo aparente o en la política de los poderosos que amenazan la vida y la concordia de los pueblos. El, cuando llega simplifica los corazones engreídos, inspira la bondad que vence el mal, la verdad que acalla la mentira, la vida que renueva la alegría y el buen ánimo.

Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él, nos dejó escrito el profeta Isaías. (Is 64,3) En su encuentro con Dios, el profeta sintió la íntima cercanía de Dios. En adviento, recordamos esa proximidad de Dios. El desciende hasta nosotros. A veces, lo sentimos lejos y distante. Por eso, el profeta clama: “¡Ojalá rasgases los cielos y descendieras!”. Dile a Dios con cariño: “¡Acércate un poco más!” Como el niño que abraza a su madre porque ella es consuelo y protección, únete a Dios. Él viene. Permanece atento. Con Isaías, recuerda tanto que Él ha hecho por ti.

ORACIÓN

“Jesús, quiero que estés siempre conmigo y que nunca me dejes solo. Quiero que estés en mi corazón. Solo quiero que estés a mi lado siempre.”, es la oración de un estudiante en los días de adviento.

Haz tuya la oración de este niño. Dios te busca, te espera. Deja que la quietud y la serenidad te pacifiquen. Di desde el corazón:

Jesús, quiero estar contigo…

Ven Jesús, no me dejes solo.

Jesús quiero que estés en mi corazón…

Jesús, Tú mi esperanza…

Jesús, Tú mi alegría

Te espero… ven…. acércate un poco más a mi vida, a mi familia, a mis amigos…

Ven… acércate a las gentes en guerra.

Ven… acércate al dolor de los pobres.

Ven, rasga los cielos y desciende.