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En el patrocinio de San José de Calasanz

Nuestro corazón está inquieto, hasta que encuentra en Dios su plenitud. Los mayores, tan confiados en nuestros méritos, nos esforzamos por alcanzar nuestra plenitud con estresantes actividades, prácticas religiosas vanas, o el anhelo de logros y éxitos de proyectos y planificaciones.

Sin embargo, cuando nos dejamos guiar de los niños, en su bondad e inocencia, ellos nos purifican la mirada y el corazón del engaño de la apariencia, la superficialidad, la anécdota. Los pequeños fácilmente recuerdan un nombre, una persona, un encuentro o un abrazo. Llevan consigo la sabiduría de quien dedica tiempo a contemplar la naturaleza, sin otra motivación que disfrutar de su presencia, a jugar con los compañeros porque es reconfortante compartir diversión y amistad.

“…Busquen al Señor con corazón sincero, pues se manifiesta a los que no exigen pruebas, y se revela a los que han hecho de la confianza su fortaleza. (Sb 1,1-2), leemos en la Palabra de Dios.

Dejémonos instruir por la sabiduría de los niños, de los simples, de los limpios de corazón. “El camino de la sabiduría, en palabras de san José de Calasanz es hacerse necio a los ojos de los hombres, dejándose llevar como un asnillo” (EP, 130).

Déjate conducir por la docilidad de los pequeños de Dios. No te engañes bajo apariencia de falsa humildad, diciéndote a ti mismo: “no pinto nada, no me tienen en cuenta”. El Espíritu te adentra en la humilde Verdad de acogerte y aceptarte a ti mismo, tal y como Dios te mira en cada circunstancia de tu vida. Porque sólo dispones del momento presente para recoger el amor de Dios y derramarlo a los tuyos, a los que tienes cerca. Le invocamos:

Ven, Espíritu Santo.

Acompáñame…Guíame.

Quiero ser dócil a tu voz, a tus inspiraciones.

Siembra en mi un corazón orante.

Regálame el mirar y sentir con corazón de niño.

Os daré el Espíritu Santo no os dejaré huérfanos

Thiago es un estudiante de un colegio nuestro. Es un niño tierno, cariñoso, amable y sensible. Disfruta jugando con sus amigos. Va contento a su escuela. Sin embargo, su vida no ha estado exenta de dificultades. En ocasiones, se inquieta, su atención se dispersa exageradamente, con regularidad realiza movimientos involuntarios. Vive tan pendiente de sus compañeros, que le resulta muy difícil realizar con destreza las tareas que se le proponen.

Sin embargo, cuando sus educadoras dinamizan un tiempo de oración del corazón, dócilmente se deja conducir en las formas externas, su cuerpo se pacifica y su rostro revela algo de esa paz que sólo Dios puede derramar en el corazón de sus discípulos. La gran virtud de Thiago, por acción de la gracia, es recogerse en su interior de donde brota el agua mansa y vivificadora del amor de Dios.

Cuando contemplamos a nuestros niños en oración, es fácil recordar las palabras de Jesús en el Evangelio: El que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.” (Mc 10,15). En el día a día del salón de clase, un educador siente fuerte el impulso de servir a los niños. En la medida que compartimos vida con Jesús, incorporamos el modo y la manera con que Jesús sirve a sus pequeños. El adulto, por sí mismo, se engaña haciendo de sí mismo y sus capacidades la fuerza de su servicio. Sin embargo, Jesús nos impulsa a servir en el abajamiento de nuestros deseos e ilusiones para ser entrega de amor en el anonadamiento del camino de Jesús: “haciéndonos niños con los niños y pobres con los pobres” (Constituciones, 19).

Entonces, iniciamos el camino de la verdadera grandeza. Como un niño, crecemos no cuando escondemos nuestras limitaciones, sino cuando los reconocemos con sinceridad y humildad. Ahí, en ese momento, crecemos, nos abrimos a los demás, a Dios y encontramos un sentido para vivir. Quien se siente pequeño entre nosotros porque ha recibido la visita de una enfermedad grave, porque ha sentido el desamparo en su vocación, o la deportación sin justificación… o tantas otras situaciones que cada uno vive en lo íntimo de su corazón, se le ilumina un nuevo horizonte, porque junto a Jesús la fragilidad es oportunidad de vivir a Dios con un corazón nuevo, un poco más tierno y menos endurecido, más compasivo con los prójimos, menos rígidos en sus juicios.

En la fragilidad descubrimos el cuidado de Dios. Jesús abraza, bendice e impone las manos sobre los niños (Mc 10,16). El creyente que reza con perseverancia, en los momentos de oscuridad y soledad, va saboreando (adquiriendo la sabiduría) la ternura de Dios que se hace presente con mayor intensidad y derrama en nuestros corazones la paz, la cercanía, el consuelo. Cuando nos sentimos poca cosa, desventurados y abandonados, el Señor nos mira, nos abraza nos hace grandes, no por nuestros méritos, sino por la confianza que depositamos en el Padre.

ORACION

Deja a Dios el protagonismo de tu vida. Reconoce que te dejas llevar por tus ansias de éxito y grandeza. Suelta tus amarras y atrévete a confiar en Dios.  Él te conoce muy bien y sabe de tus miedos, tus recelos, tus inseguridades. No temas mostrarte en la verdad de lo que escondes. A Dios, se le conoce en la oscuridad de tus vacíos interiores, de tu inseguridad.

Ahora, ora desde tu fragilidad. Atiende tu respiración. Déjate acompañar por ella. Pregúntate qué te hace sentir débil, inseguro, temeroso. La atención a la percepción de tu respiración silencia tus pensamientos y sentimientos. Invoca a Jesús:

Ven, Señor Jesús…Ven, Señor Jesús…Ven, Señor Jesús.

Ahora me imagino ante Jesús, rodeado de niños que abraza y bendice. Nombro ante Jesús mi debilidad.

Le ruego: Ayúdame,

Jesús ayúdame…

Jesús, alíviame…

Jesús, Tú mi descanso…

Jesús, mi fortaleza…

Jesús mi Esperanza…

Jesús, Tú eres mi luz.

Jesús, me abandono en Ti.

Ven a mí, si tú estás cansado. Ven a mi si agobiado tú estás. Que yo te aliviaré, yo te aliviaré. Ven a mí. Que Yo te aliviaré, yo te aliviaré. Ven a mí. Porque Yo soy tu descanso, porque Yo soy para ti la paz. Porque yo soy tu fortaleza y tu esperanza para ti yo soy la luz. Porque yo soy tu fortaleza y tu esperanza para ti Yo soy la luz.