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Alabado sea el Hijo de Dios, que le reveló los misterios de la redención del mundo.

Jesús, te acompaño con María y Juan, te amo y recibo tu perdón.

En muchos de nuestros niños percibimos las heridas sangrantes con el que el sufrimiento de la vida va minando la confianza en sí mismos, en los otros y en Dios. Cuando llega la debilidad, la enfermedad, las faltas de amor, el desprecio o la humillación…, nuestros niños y niñas callan asustados y van cargando injustamente con la cruz de los adultos. En el mejor de los casos, un educador con alma de pastor les acogerá y por la acogida, la escucha y el perdón ayudará a sanar las heridas y consolar el corazón. Nos alegraremos al verlos crecer, superar sus dificultades, y cuando llegue el día en que nos abandonen para continuar su camino en busca de nuevos estudios, una profesión o fundar un hogar les desearemos que sean mensajeros de la paz, el consuelo y la alegría que han aprendido de nosotros.

Jesús, en su familia, vivió un ambiente entrañable, libre del pecado y de sus consecuencias. Cuando sale  de su hogar, empieza a conocer los efectos, el daño  que el pecado provoca en la vida de las personas. La experiencia de la vida le enseña que personas inocentes pueden cargar con los pecados de la humanidad.

A los 30 años, también abandonó su hogar de Nazaret, y allí dejó a sus padres. Se marchó sin grandes preparativos ni despedidas. Se va y su Madre sabe que ha terminado su tiempo de formación. Se marcha ya adulto, no para ejercer una profesión o fundar una familia: se marcha para realizar su misión.

María, movida por el impulso de su amor materno, le acompañará en la distancia, de la que “conserva y guarda todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 19). Desde el anuncio del ángel: “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su padre; reinará sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin.” (Lc 1, 32-33); se ha visto envuelta en circunstancias dolorosas e incomprensibles: la precariedad en su viaje a Belén, el desprecio de la familia y los vecinos, la huida en la noche a Egipto porque el rey Herodes quiere matar a su hijo…, que ha asumido en fidelidad a la voluntad del Padre. Medita y conserva en el día a día las palabras que escuchó a Simeón en el Templo, buscando la luz que ilumine su cooperación a la misión del Hijo:

¡Y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que se pongan de manifiesto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 35).

María desconoce el modo cómo su hijo Jesús salvará  de los pecados a su pueblo. Pero, poco a poco, el Padre y el Hijo le van revelando el modo de la redención. Ella le contempla en su actividad de liberación de los demonios y de sanación de todas las enfermedades. Ve cumplidos los anuncios del profeta Isaías: “El tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades”. (Mt 8 17)  Descubre aquí los modos de Dios, el camino de la Redención.

María pronunció su consentimiento al ángel. Simeón le anuncia que recibirá la herida de una espada, antes incluso de que el Hijo reciba en la  cruz las de los clavos y la lanza. María pronunció su consentimiento al ángel. Al tiempo que el Hijo realiza su misión que provoca el rechazo de los poderosos, ella ofrece su consentimiento porque tiene la misión maternal de cooperar con el Hijo y sus discípulos en el nacimiento de una nueva relación con Dios, en la que el dolor y el sufrimiento se integran en ofrenda de amor.

El sufrimiento de la Madre viene a ayudar al nuestro, que en tantas ocasiones nos asusta y aleja de Dios. ¡Qué difícil le resulta a la inteligencia y al corazón humano mirar al Hijo de Dios humano, sufriente, amigo y compañero en el dolor y el sufrimiento¡ María, madre y educadora, nos lleva a su Hijo en la cruz, nos ayuda a comprender que en sus heridas se derrama el perdón y la misericordia de Dios. El corazón de María ha sido traspasado por siete espadas, como siete son los dones con el Espíritu Santo la ha enriquecido. Ella nos los regala para que sigamos al Hijo hasta la cruz.

San José de Calasanz dejó escrito en 1630: “… es necesario que el religioso llegue a considerarse peregrino en esta vida y que no hay para él otra patria que el cielo donde está su Padre, Cristo bendito, que lo ha engendrado con el derramamiento de su sangre y donde está su Madre Santísima que es la Purísima Virgen, que nos tomó por hijos al pie de la cruz”. ¡Cómo nos enseña Calasanz a entender los misterios de la Redención revelados a María!

ORACIÓN

Con Calasanz, mira a Jesús en la cruz, junto a su Sacratísima Madre que allí nos tomó por hijos. Siéntete hijo de María. Son muchos los sufrimientos de tu vida. La Madre los conoce, los comprende, los acompaña. Ella quiere que los dones del Espíritu aniden en tu corazón: la fortaleza en la debilidad, la piedad en la soledad, la sabiduría en el error.

Guarda silencio. Vuelve a tu corazón. Confía e invoca a Jesús:

Jesús… Jesús… Jesús

Jesús, en la cruz, eres mi Señor y Redentor.

Lleno de amor por mí, me redimes.

Jesús, Tú me abres a la esperanza.

Di Señor a mi alma: Yo soy tu victoria.

Señor mío y Dios mío, confío en Ti.

Sáname con tu perdón.

Hago memoria de los niños sometidos al maltrato y los encomiendo a Jesús… a María

Virgen María, Madre Corredentora, ruega por nosotros

Jesús, te miro en la cruz, lleno de amor por mí.

Jesús, te miro en la cruz, lleno de amor por mí.