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Alabado sea el Hijo de Dios que de María nació y fue alimentado por Ella en su niñez.

Hágase, hágase, hágase en mí tu Palabra

Cuando llega el anuncio de un nuevo nacimiento a nuestra familia es una gran alegría. Poco a poco, nos disponemos para acogerlo con mucho amor y cariño, preparamos la casa: compramos las cosas necesarias para su atención. Amigos y familiares nos hacen regalos para celebrar la llegada de un nuevo hijo: la cuna donde dormirá, la ropa que vestirá, la silla donde comerá, los juguetes que le distraerán. En cuanto el recién nacido entre en la familia, con el cariño y el cuidado de todos crecerá y se sentirá hijo de sus padres y hermanos entre sus hermanos.

José y María recibieron de un ángel la noticia del nacimiento de su hijo. En un principio, se entregaron a los preparativos en su casa de Nazaret. Pero Dios tenía otros planes para el nacimiento de su Hijo. Se publicó el decreto de César Augusto,  emperador de Roma, ordenando que se empadronase cada cual en su ciudad. (Lc 2, 1-7). José y María no dudaron en ponerse en camino hacia Belén. Intuyeron que en la decisión de aquel emperador injusto, Dios mostraba su voluntad. Ellos que habían preparado su casa con la intención más pura, comprendieron que Dios quería preparar sus corazones con un largo viaje, confiándose y abandonándose en la Providencia del Padre, siempre atento a las necesidades de sus hijos.

En Belén, nadie les recibe. Se cierran todas las puertas, se sienten humillados y rechazados por la familia y los vecinos. José busca un camino hacia una gruta, refugio de ganados en momentos de temporal y lluvia. José y María se recogen allí, añorando seguramente su acogedor hogar de Nazaret.

En ese silencio y pobreza, acompañados por unos pocos animales, le llegó a María los dolores del parto. José prepara con unas pajas y telas el mejor espacio para la Madre y el niño, en el amor que se desprende  de todo para no tenerle más que a Él. Da a luz a su niño esperado y querido desde que escuchó al ángel. La Virgen lo mira, lo coge en sus brazos, lo abraza. Lo alimenta con la leche de su pecho. Es su único tesoro, todo lo tiene de Él. El Padre se lo entrega. Ella lo acoge. Cuando lo deja en el pesebre, como si de un altar se tratara, sabe que lo ofrecerá para que el amor providente del Padre se derrame en todos los corazones. La Madre que lo ha traído al mundo y lo acuna en su regazo, lleva al niño que ha formado su cuerpo, pero lleva también al Dios en el que cree, el Dios que le ha dado y moldeado su fe.

Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: “¡Abba, Padre!” (Rm 8, 14-15), nos dice la Palabra de Dios. José y maría se dejaron guiar por el Espíritu de Dios, interpretando en el decreto del emperador, el querer de Dios. Abandonaron su hogar de Nazaret, en la incertidumbre del camino. En la gruta de Belén, fueron despojados de sus planes e ilusiones, y en pobreza y humildad, vieron eclosionar al Hijo de Dios, en el cuerpecito frágil de aquel recién nacido. En la oscuridad de su corazón, resonaba la voz del Espíritu, que clamaba: “Abbá, Padre”. Hijos en el Hijo, se ofrecían al Padre en la alabanza de los pobres e espíritu.

San José de Calasanz, también se dejó llevar por el Espíritu. Fiel a su voz que susurraba en su corazón: “José, ve a Roma”, en el encuentro con los desarrapados niños del Trastevere, fue despojado de sus ansias de prebendas, para dar a luz, en la pequeña y humilde Santa Dorotea, a las Escuelas Pías. Desprendido de sí mismo, atento a “la voz del Espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa”, se abandonó a la Providencia del Padre.

ORACIÓN

San José y la Virgen María, S. José de Calasanz escucharon la voz de Dios en los acontecimientos de sus vidas. Se dejaron llevar en un camino de abajamiento y humildad. Dieron a luz al Dios de la vida.

Dios también se ha fijado en ti. Te ha llamado para hacer presente la bondad y cercanía de Dios a los tuyos, a tu familia, tus amigos, tus alumnos. Déjate tocar por Él, por su gracia. En lo que te ocurre, Él te habla, te sugiere e insinúa el sendero a seguir. Quizás, sientas fuerte tu resistencia. Dale a Jesús, el protagonismo. Vacíate de ti mismo, de tus fantasías, de tus sueños de éxito, de grandeza. Él habita tu realidad, simple, humilde. Guarda silencio en la mente y en el corazón. Invoca a Jesús:

Jesús…Jesús…Jesús

Te ofrezco mi persona, mi vida

Ven a nacer en mi corazón

                          mi familia

                          mis niños

Danos la luz de Belén.

Hago memoria de los niños abandonados de sus familias y los encomiendo a Jesús… a María

Virgen de El Cisne, patrona de Loja (Ecuador). ruega por nosotros

Nos dejamos acompañar por el canto:

Hágase, hágase, hágase en mí tu Palabra