Alabemos y demos gracias al Hijo de Dios que la eligió como Madre
Cuando nos sentimos solos y vacíos de la atención de los otros, un sentimiento de orfandad nos invade el alma. Es la soledad narcisista y egoísta de quien sólo sabe mirarse a sí mismo, y olvida que la vida es un regalo que hemos recibido y que se nos invita a compartir.
En muchas de nuestras casas, en las aulas y entradas de nuestros colegios, nos encontramos con una imagen de María, Madre de Dios. Ella nos muestra y ofrece a su Hijo para que le tengamos presente en las vicisitudes de cada jornada. Así hace de nuestro hogar y nuestra escuela una familia en la que la ternura, el canto, la risa y la gratitud nos devuelven la confianza y la esperanza que nos roban las inquietudes y turbaciones de la vida.
María se acerca a cada uno, nos visita y nos trae el Espíritu Santo, la bendición que el Padre derramó en su corazón.
Le invocamos:
Salve, María,
Santa Madre de Dios,
Muéstrate Madre.
En ti confío, me abandono en Ti.
Visítame, lléname de la gracia de tu Espíritu.
Os daré el Espíritu santo no os dejaré huérfanos
Cada niño, cuando cruza sus ojos con la mirada de su madre, siente que la ternura, el cariño, la protección llena su corazón. Es una mirada sanadora, que disculpa faltas y equivocaciones, que no se desanima ni paraliza ante las dificultades, sino que siempre nos mueve a avanzar. Entonces surge espontáneo el grito que la invoca:¡ mamá ! porque tiene la certeza de que siempre será acompañado.
María mira así, con el corazón. Se fija en cada persona, en cada niño, como en Caná observa toda necesidad, conoce nuestros anhelos e ilusiones, escucha amorosamente el rumor de nuestras devociones y oraciones, se acerca hasta nosotros para entregarnos la divinidad de su Hijo. María es la madre de Jesús, de Dios y de todos los que le pertenecemos. El corazón del Hijo de Dios comenzó a latir en María, el Dios de la vida tomó el oxígeno de Ella.
En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, cuerpo frágil de carne y hueso, para estar no solamente con nosotros, sino también para SER COMO nosotros. He aquí la novedad que nos trae la maternidad de María: ninguna persona es huérfana, sino que es hijo, en el Hijo amado del Padre, para siempre. Es la belleza de sabernos amados, de sentir las caricias tiernas y entrañables de sus manos, y en su mirada vernos preciosos y sagrados a sus ojos. Desde ese instante, Dios ha abierto un camino nuevo por el que se abaja a la intimidad de cada uno de nosotros. María también es la puerta pequeña y estrecha por la que cada pequeño pueda entrar en el Reino de los Cielos.
ORACIÓN
María, porque es Madre de Dios, también es Madre nuestra.
Tú no estás solo, ni eres huérfano. María te mira en silencio, sin hacer ruido, atenta. Observa tus afanes y ansiedades. En Ella, palpita el Corazón Inmaculado de Dios. Dejo que el silencio de María, llene mi alma, en ese encuentro único, entrañable entre madre e hijo.
Le invoco:
María… María…María…
Tú eres mi madre…
Me atrevo a llamarte: Mamá… Mamá…Mamá
Déjame que te hable de mi vida, mis alegrías y preocupaciones. (Ahora te proponemos que invoques a María y le hables de las personas y las situaciones que te preocupan, te angustian: alguna enfermedad grave de un ser querido, una dificultad seria en el trabajo; una desavenencia fuerte en la familia; un cambio de destino; las amistades extrañas de un hijo, alguna situación del mundo que llama con fuerza a tu corazón…)
Hago memoria de los niños abandonados y desamparados, y los encomiendo a Dios… a María
Nuestra Señora de Coromoto, Patrona de Venezuela, ruega por nosotros
Y terminamos abandonándolo todo en el corazón materno de María, con el canto.
María, tu eres mi mamá. Tú me cuidas, y proteges, con tu mirada misericordiosa, atiende mis oraciones y de todos los peligros, defiéndeme. María, te ofrezco mi corazón.
