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Alabado sea Dios Padre que le dio por compañero y esposo purísimo a San José.

Dichoso quien sabe orar en Espíritu y verdad.

Dichoso quien sabe orar en Espíritu y verdad.

San José es el gran santo protector que el Padre concedió a la Sagrada familia. Él fue por delante como guía fiel, acompañando a la Virgen Purísima en el expuesto camino de Nazaret a Belén. Él vivía atento y preocupado por las necesidades del hijo de Dios; su presencia augura la bendición del cielo y si le seguimos nos educa en el amor de Dios. Compañero de camino, en su pureza de alma nos enseña 3 virtudes importantes: El silencio, la humildad y la oración de corazón.

En el evangelio, San José siempre permanece en silencio, no se recoge ninguna palabra suya. En sueños, escucha las palabras del ángel y presuroso le obedece. Escucha y obra en coherencia, aun cuando suponga una contrariedad. Su silencio nos habla de reflexión, atención a lo interior, sosiego para que Dios hable y obre. Es el callar de quien siente que Dios está en su vida.

Su humildad fue saber ocupar su lugar, en lo oculto, sin pretender hacer más de lo que Dios le pide. Él vive que en lo escondido, en el servicio, atento y amoroso, germina una vida preciosa y auténtica a los ojos de Dios. Así es como se educa en el aula y en la familia. Compartió con María la admiración y asombro ante el Hijo de Dios presente en aquel recién nacido.

San José nos ofrece también el testimonio de una oración con corazón de niño: la capacidad de agradecer los regalos que Dios nos hace cada día: asombrarse ante un atardecer en la naturaleza, disfrutar con la lluvia, sonreír cuando tu papá te premia con una chuchería, alegrarte cuando los papás te llevan a jugar al parque, descubrir a Dios en la bondad y belleza de lo cotidiano. Se maravillaba con María por lo que se decía de Jesús. Su admiración es principio de sabiduría porque nos mueve a intuir que Dios es maravilloso en su simplicidad.

Hoy en San José, el esposo purísimo que Dios Padre pensó para María, nos llama a dejarnos sorprender por Dios,

  • a verle en cada niño, en cada situación de la vida;
  • a guardar silencio y reflexionar en nuestro ser y hacer;
  • a saber ocupar los lugares de abajo porque lo propio del amor es descender hasta lo más simple;
  • A mirar la vida de cada día con los ojos limpios de un niño que siente que Dios le cuida y protege.

En silencio, nos dejamos acompañar por San José. Él es Padre y Educador de orantes, de amigos de Dios. Su silencio y escucha es escuela de sabiduría para los que aman el diálogo auténtico con Dios.

Atiendo mi cuerpo, mis manos. Dios habita en mí. Me ama como soy, me cuida con su amor y bondad.

Invocamos a S. José:

San José, acompáñame

San José, edúcame

San José, protégeme.

Muéstrate padre

 guíame en mi camino.

Concédeme tu silencio.

Edúcame en tu humildad.

Hago memoria de los niños huérfanos y los encomiendo a Jesús… a María.

Nuestra Señora de los Ángeles, patrona de Costa Rica, ruega por nosotros.

Y nos unimos al canto:

Dichoso quien sabe orar en Espíritu y verdad.

Dichoso quien sabe orar en Espíritu y verdad.