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Alabado sea Dios Padre, que la adornó con todas las virtudes.

Padre, te bendigo porque me amas. Te fijas en los pequeños y limpios de corazón. Te fijas en los pequeños y limpios de corazón.

A los niños les encantan las actividades deportivas. En la medida que ejercitamos nuestros músculos se fortalecen, nos hacen sentir bien y cada vez logramos objetivos más exigentes. Para ello, sabemos que debemos entrenar con disciplina y esfuerzo. Sin embargo, cuando nos dejamos llevar de las comodidades, de lo que nos apetece en cada momento, de las modas, poco a poco perdemos salud, amigos y nos sentimos mal con nosotros mismos.

En nuestra relación con Dios nos ocurre algo parecido. Cuando escuchamos su Palabra, sentimos su amor, nos urge el deseo de amarle, de estar con él, de procurar ayudar a los demás. Entonces nos sentimos muy bien con nosotros mismos. Es lo que llamamos la virtud, la fuerza que nos impulsa a superarnos para alcanzar la belleza y hermosura que a Dios le complace.

Cuando nos dejamos vencer por la desidia y la falta de cuidado, cuando nos olvidamos de Dios y los demás, y actuamos pensando solo en mis gustos y comodidades, el vicio se va apoderando de nuestra voluntad y nos olvidamos del bien que somos capaces de hacer.

Unas virtudes crecen en nosotros mediante el esfuerzo humano: la prudencia, la justicia, la templanza y la fortaleza; Otras son infundidas por Dios en nuestras almas, para vivir como hijos suyos: La fe, la esperanza y la caridad.

La Virgen María fue una mujer bella porque Dios la adornó con todas las virtudes. María escuchó y creyó humildemente la Palabra, y su vida quedó transformada a imagen de Dios. María era una niña bondadosa, se esforzaba por ser fiel a Dios obedeciendo sus mandatos. En las dificultades esperó siempre en Dios. Durante su vida, el amor a su hijo alcanzó su máxima expresión en la cruz. Después de su resurrección, alimentó la oración y confianza de los apóstoles a la espera del don del Espíritu Santo.

 “¿No sabéis que en las carreras del estadio todos corren, mas uno solo recibe el premio? ¡Corred de manera que lo consigáis!” (1 Cor 9,24), nos dejó escrito el apóstol S. Pablo. El Señor Jesús nos visita, en el encuentro con Él nos entusiasma en el deseo y la ilusión de permanecer en Él, parecernos a Él, sentir su compañía en cada momento de nuestro día. En ocasiones, sentimos la tentación de la comodidad y la rutina, pero Él siempre quiere tocar nuestro corazón con su gracia, para que demos el mejor fruto: el amor a Él en la oración y en las tareas de cada día, y el amor a los otros en la escucha, el diálogo, el perdón y el servicio. Así, alcanzaremos una vida feliz en unión con Dios y el prójimo, junto a Santa María, la Madre del Señor.

ORACIÓN.

Guardo silencio. Recuerdo algunas expresiones de la meditación. Examínate por dentro: sientes que avanzas en la virtud en las cosas de cada día, o te dejas vencer por la desgana e incluso por conductas viciadas. Este es un momento de verdad y autenticidad. Pido al Espíritu que me ayude a verme con confianza y bondad. Le invoco:

Espíritu Santo, ven… Espíritu Santo, ven… Espíritu Santo, ven…

Ilumíname con tu Verdad.

Fortaléceme en mi voluntad.

Guíame en tu bondad.

Hazme testigo de tu amor… tu bondad… tu presencia

Hago memoria de los niños que viven en la calle y los encomiendo a Jesús… a María

Nuestra Señora, Virgen Inmaculada de Lourdes, ruega por nosotros

Dejamos que el canto nos acompañe.

Padre, te bendigo porque me amas. Te fijas en los pequeños y limpios de corazón. Te fijas en los pequeños y limpios de corazón.