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Alabanza al Padre. María, descúbrenos hijos del Padre.

Alabemos y demos gracia a Dios Padre que la eligió como hija

Vengo ante ti, Señor. Te encuentro como siempre: esperándome, llamando a mi puerta. Y yo, también como siempre, tan derramado en las actividades, en las criaturas.

¡Qué bien se está contigo!

Como María, quiero abrirte mi corazón, llenarme de tu gracia y tu verdad, que tu Espíritu encuentre en mí una digna morada.

Invocamos al Espíritu:

Ven, Espíritu Divino.

Abre mi corazón a tu presencia.

Quiero escuchar tu voz.

 

Canto: Pedimos el Espíritu

Espíritu Santo me vuelvo hacia Ti, te llamo y te invoco. Ven y habita en mi corazón. Ven y habita e mi corazón.  

Cuando en los primeros días de curso, el educador entra en el aula, se encuentra con la pluralidad y diversidad de sus alumnos y alumnas. Entonces es fácil que le embargue un cierto estupor y admiración ante la belleza de una creación recibida que le mueve a decir: “Y vio Dios lo que había creado y dijo: todo era muy bueno”.

Conforme avance el curso, paulatinamente el educador se irá encontrando con la singularidad de cada uno: en unos niños, reconocerá la fortaleza y vitalidad de quien desde su nacimiento ha recibido amor y cariño. En otros, se encontrará con la timidez y el retraimiento de quien ha sentido soledad y faltas de atención. Ocurre que, con el paso del tiempo, las huellas del pecado original se dejan sentir y la fortaleza fácilmente se reviste de orgullo y vanidad y la timidez de humillación y falta de estima.

Cuando la mirada del educador se encuentra con la imagen de la Virgen María, siempre presente en nuestras aulas, ante la que detenernos, mirarla y dejar que nos hable, nos transmite sus sentimientos, y se nos revela como la Hija del Padre “que lanza gritos de júbilo porque el Señor su Dios está en Ella, exulta de gozo y le renueva por su amor” (Sof. 3,16-17). En esa contemplación de María, se acoge en el corazón de cada niño, la presencia de Dios que, sana de las heridas de la ignorancia y el  pecado, y nos llama a ser hijos, en la confianza de la hija del Señor. Y en el rostro de cada niño, el educador reconocerá la imagen del Hijo, que nos mueve a entonar en un canto de alabanza al Padre en el Espíritu Santo, por la creación de cada uno de ellos.

ORACIÓN

Dejamos ahora que el silencio nos llene el corazón. María en su pobreza y humildad escucha, medita y lo guarda todo en su corazón.

Le invocamos:

María…

María…

María…

Visita mi corazón.

Edúcame en tu mirada limpia, inocente y pura.

Ayúdame a ver el rostro de Hijo en cada niño y niña que me confías y que recordando a mis niños, ore diciendo:

Abba padre

Abba padre

Abba padre

Canto: Tu amor en mi pequeñez

Gracias, Padre bueno, por tu amor desbordado en mi pequeñez, por amarme tanto. Por llevarme siempre en tus brazos. Por tu amor desbordado en mi pequeñez, gracias por amarme tanto.