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En el silencio del desierto, crece nuestra atención a cada mensaje que llega a nuestro corazón. “La escucha asidua de la Palabra de Dios nos hace madurar una docilidad que nos dispone a acoger su obra en nosotros, que hace fecunda nuestra vida”, nos dice el papa Francisco en su mensaje de Cuaresma.

En el silenciamiento de pensamientos y sentimientos, abrimos nuestro corazón a la presencia del Espíritu Santo, que fecundará una docilidad nueva, creativa, a la Palabra de Dios escuchada con el amor de los amigos de Dios.

En el silencio y sosiego de cuerpo y espíritu, atendemos nuestra respiración, nos vaciamos de expectativas e ilusiones para dejarle todo el protagonismo al Espíritu divino.

CANTO: Jesús nos llama a ser discípulos.

Jesús, Tú me llamas a ir contigo, quiero conocerte y amarte,
quiero conocerte y amarte, estar contigo, escuchar tus palabras, guardarlas en el corazón y anunciar tu amor.

Cuando Jesús anunció a sus discípulos que “Él debía sufrir mucho, ser reprobado por los ancianos y ser matado”, y a continuación, les llamó a seguirle negándose a sí mismos y tomando la cruz de cada día, ellos quedaron enmudecidos ante semejante mensaje. Resulta inaceptable asumir un destino de fracaso y muerte para la persona que ha despertado tantas esperanzas y expectativas.

Nuestra vida de cada día se encuentra también ante el sinsentido del fracaso y de la cruz. Los horrores de la guerra, la violencia, el hambre nos sobrecoge ante un desprecio tan palpable de la dignidad de cada persona. Jesús no se desentiende de nuestros dolores y sufrimientos, nos mira con ternura y, como a Pedro, Santiago y Juan nos toma de la mano y nos conduce a lo alto del monte para orar.

Ante la angustia del desprecio y la humillación, es fácil buscar refugio en la avidez, la soberbia y el deseo de acumular, que, con el tiempo, nos encierra en el propio egoísmo y en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Sin embargo, Jesús nos toma consigo, y en sus manos sentimos la amistad de quien nos lleva a la plenitud y la felicidad. Subir con Él al monte no es primordialmente un recorrido externo, sino sobre todo interno, en el esfuerzo de desprendernos de tantas adherencias que nos atan a lo nuestro, para respirar, en nuestro ascenso, el aire puro del Espíritu que nos conduce al alma de la oración de corazón: la íntima unión y compenetración de Jesús con el Padre, que se convierte en luz pura para los limpios de corazón. Al igual que Moisés y Elías conversaban con Jesús, los niños dialogan con nosotros y, en su inocencia, docilidad y sencillez, con sus preguntas y respuestas, nos descubren esa presencia viva de Dios en la Palabra, la Eucaristía, los hermanos… y con ellos aprendemos a escuchar la Palabra de Jesús y sus inspiraciones en el corazón. En la oración, le hablamos de lo nuestro, pero Jesús nos ofrece su presencia y su Palabra que iluminan nuevos horizontes de vida.

San José de Calasanz dejó escrito en 1633, al P. Juan Domingo Franchi, que vivía una fuerte tensión interior entre su desánimo por su sensación de inutilidad y su vanidad por la elección para cargos importantes: “… así como la elección es de Dios, también el llevar a feliz término el asunto depende de su mano, por lo tanto, debe recurrir con frecuencia a Él pidiendo luz para conocer el camino que debe seguir…” (Epistolario 2006)

Necesitamos la luz del señor tanto para conocer el camino que hemos de seguir como para llevarlo a feliz término. En el Evangelio, Jesús nos trasmite el primado de la oración sin la cual todo compromiso apostólico y solidario se reduce a activismo, carente de la vida de Dios. Sólo en la oración, se contempla a Jesús-LUZ, que irradia nuestros corazones y enciende la unión de mente y corazón con Él y con su destino de entregar la propia vida por los hermanos. Unidos a Jesús, renunciamos a “levantar nuestra tienda” en el Tabor del encuentro con Él, para descender hasta nuestros hermanos dañados por tantas cruces sin sentido, y allí sanar con el amor y la fuerza que crece en el encuentro vivo con Jesús en la oración.

SILENCIO

Jesús te ama, te busca. Te pide que le acompañes hasta tu Tabor más íntimo y personal donde escuchas las voces más secretas. Él desea que te desprendas de tantas tareas, preocupaciones, oscuridades, confusiones…, que le concedas a Él la prioridad.

En el silencio y sosiego que encuentras en la Palabra, atiende tu respiración pausada, tranquila. Jesús es el AMIGO que te acompaña y escucha, que busca una comunicación más trasparente de corazón a corazón.

Le invoco:

Ven, Señor Jesús…; Ven, Señor Jesús.

Recuerda alguna palabra suya que te resulte sugerente, atractiva… Repítela muy despacio, dejando que mueva tus deseos más íntimos.

Jesús, yo creo que estás aquí.
Jesús, creo que habitas en mí.

Jesús, cuando te miro en una imagen, me consuelas.
Jesús, cuando escucho y guardo una palabra tuya, guías mis pasos.

Jesús, Tú eres LUZ que pacifica,
que anima,
que alegras.

Jesús confío en Ti.

Jesús, me abandono en Ti.

CANTO: Hacer su voluntad

Contigo, Jesús, quiero escuchar al Padre, amarle y hacer su voluntad