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En una fría noche, en la soledad de un pesebre, acompañado de unos pocos animales, amado y adorado por sus papás, niño pobre y humilde, Dios vino a nuestra tierra a traernos la vida de Dios.

“El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará  su fruto”, nos dice el salmo 84. Dios ha regado nuestros corazones, secos y desolados por el egoísmo, la avidez y el pecado con la lluvia generosa, suave y gratuita que empapa de la bondad y misericordia de Dios.

Dios sorprende de nuevo. Abandona su grandeza eterna y elige hacerse pequeño en el tiempo,  para que le acojamos, le escuchemos, le ofrezcamos nuestro corazón y descubramos la belleza de su amistad.

La tierra exulta con su canto de alabanza: las aguas corren entre los valles, los trinos de los pájaros alegran el corazón, las ramas estallan en flor, y los ángeles cantan: Gloria a  Dios en la tierra y paz en la tierra.

Dejamos que la bondad de la naturaleza nos penetre, que nos llene su serenidad, y de su equilibrio y serenidad. Guardamos silencio. Atiendo mi respiración. Acallo tantas voces que me reclaman y dispersan. Deseo quedarme sólo, a la escucha de Dios, de las inspiraciones que el Espíritu Santo siembra en mi corazón. Le llamo:

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús

A ti, Señor, levanto mi alma.

Dios mío, en ti confío.

CANTO: Dios vino a la tierra, niño pobre y humilde, alegría de mi corazón.

Hoy celebramos la Navidad, día para mirar con amor, para contemplar a nuestro Dios, hecho niño, para acercarte al nacimiento de tu casa, dejar allí que te hable, y te sugiera la mejor manera de estar allí, junto a Él. ¿Y cómo estar junto a Él?

En primer lugar, ante el misterio de la Navidad, te das cuenta de que, aunque no estás a la altura, Él se hace pequeño por ti. A ti, que en muchas ocasiones andas tan ocupado en tus asuntos, sin darte cuenta, Él ha venido en silencio, sin avisar, sin ruido ni propaganda, sin exigir que le atiendas. Cuando en medio del ajetreo diario le miras, aunque sea de modo fugaz, Él te trasmite un mensaje difícil de verbalizar: “Te amo y siempre te amaré, tú eres precioso a mis ojos”, nos dice el profeta Isaias (Is 43,4…). Dios te ama y basta, Su amor no depende de ti, de tus buenas acciones, tu coherencia de vida, de tus buenos principios. No. Este es el gran regalo de la Navidad: descubrir que el Señor es todo gratuidad posible, todo ternura entrañable. Su presencia no asusta, nos deslumbra, nos conquista, no con el poder, el prestigio  o el dinero, sino con la riqueza de su amor.

¿Qué puedes hacer tú ante este misterio? Una sola cosa: recoger el don como una concha. Antes de ir a buscarlo, antes de decirle que le amas, antes de soñar nuevos planes y proyectos, dejarte buscar por él, dejar que Él te llene, dejar que su mirada se encuentre con la tuya y te envuelva con su ternura. Él antes que hacer, nos llama a ser, a mirarte con sus ojos, y verte precioso, y ver a tu prójimo con su misma mirada amorosa. Recoger el don exige mucha gratitud. Cuando yo me veo capaz, me siento con derecho a recibir. Pero si me veo vacío, Jesús, pequeño y pobre llena mi concha y yo no puedo menos que agradecer. Y entonces, yo mismo me transformo en don que se derrama por los demás. Pregúntate:

¿Eres capaz de recibir? ¿Qué don te ofrece hoy Jesús?

Guarda silencio. En la quietud del corazón, deja que la atención a tu respiración silencie tu pensar y sentir. Imagínate con una concha pequeña en tus manos, dejando que las gotas de la lluvia la vayan llenando poco a poco. Así, deseo tener mi corazón en su sencillez y simplicidad, vacío de ataduras, vínculos, pretensiones… Y le digo:

Ven Jesús… Ven Jesús…

Vacíame de mí,

Vacíame de mis intereses…

Vacíame de mis aspiraciones…

Vacíame de mis deseos…

Lléname de Ti…

Regálame tu don…

CANTO: Dios vino a la tierra, niño pobre y humilde, alegría de mi corazón.

La puerta de entrada en este Misterio es pequeña, exige abajarse. Sólo el corazón contrito y humilde resulta agradable al Señor. Los grandes de su tiempo no recibieron la buena noticia de la encarnación de Dios. Él apareció en un establo. Los ángeles de Dios anunciaron a unos pobres pastores que cuidaban sus rebaños. Esta es la paradoja del Evangelio: Si te dejas cautivar por los fastos de la apariencia, no le percibes en la sencillez de la vida. Para encontrarlo, tienes que ir donde está Él: es necesario inclinarse, abajarse, mirar abajo, hacerse pequeño, ver en nuestra carne, la gloria de Dios. Allí, despojado de todo, ante Él, niño pobre y humilde, escuchar su voz, su llamada:

  • a centrarnos en lo esencial de la vida, dejando pasar lo efímero, lo que pierda valor con el tiempo.
  • a dejar que su paz repose en tu corazón, desprendiéndote de pretensiones e insatisfacciones que violentan tu interior.
  • a acoger la alegría del corazón, que derrota la tristeza del fracaso.

Pregúntate, ¿Te abajas para estar con Él, escucharle y adorarle? ¿En los niños, en lo pequeño, lo que no cuenta, lo despreciable del mundo, de tu vida le descubres encarnado?

Guarda silencio. En la quietud del corazón, deja que la atención a tu respiración silencie tu pensar y sentir. Me imagino ante la gruta de Belén, solo ante Jesús, María y José, inclinado hacia abajo, mirándole indefenso, sereno… Y voy dejando que su mirada se detenga en mis pretensiones, mis derrotas, mis tristezas, mis tensiones…

Y le digo:

Jesús, tu vienes a la tierra…

Jesús tu vienes a mi corazón…

Jesús, te miro…

Jesús, te amo…

Jesús, me entrego a ti.

 

CANTO: Jesús, quiero ser tu amigo, amarte, adorarte y ofrecerte mi corazón

 

ORACION

 

Jesús,

Tú has venido a la tierra,

niño como yo, lleno de amor por mi.

¡Qué gran alegría llena mi corazón!

Te miro.

Te amo.

Te adoro.

 

Gracias, Jesús,

Quédate siempre conmigo,  con nosotros.