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Nos presentamos ante el Señor como niños, para dejarnos sorprender por su bondad y ternura entrañables. Siente la cercanía de Jesús junto a tu vida. Él conoce tus luces y sombras. El es el buen amigo que siempre está a tu lado.

Haz camino con Jesús. Él te ofrece una experiencia de oración: un tiempo en soledad y silencio para escucharte por dentro, para estar con Dios, para abrir tu mirada al horizonte de vida que te ofrece.

En ocasiones nos sentimos perdidos y desorientados, como si Dios se olvidara de nosotros. Sin embargo, leemos en el profeta Isaías (49, 14-15):

Sion dice: “Yahveh me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”.
¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque esas, llegasen a olvidar, yo no te olvido.”

Déjate querer por este Dios que te lleva siempre en el corazón, que desea estar muy cerca de ti para amarte y hacerte feliz. Deja que su Palabra se abra paso y llegue hasta tu intimidad. Si acoges su Espíritu, no quedarás perdido, huérfano.

Le invocamos:
Ven Espíritu Santo… Ven Espíritu Santo
Escúchame… Ten compasión de mi.

Canto: Os daré el Espíritu Santo, no os dejaré huérfanos.

Fija la mirada en el dibujo que encabeza nuestra entrada del blog: los colores, los personajes, sus rostros, sus posturas… Mira con atención, guarda silencio, hazte consciente de tu respiración pausada, serena… Deja que la imagen te hable. Pregúntate:

¿Qué sensaciones o sentimientos te provoca?
¿Qué vivencias o experiencias te recuerda?

(Breve silencio)

En él ves un adulto y un niño sentados muy cerca el uno del otro. Con sus manos recogidas en sus rodillas, su semblante hacia el corazón, con sus ojos cerrados miran al interior. Recuerda las personas que de cerca te han acompañado y cuidado: tus padres, tus educadores, catequistas…. y a las que cuidas y acompañas en el día a día: los niños y jóvenes en la familia, en las aulas, en el grupo de catequesis o de voluntariado…tus compañeros, amigos, mayores, enfermos …

CANTO: Contigo Jesús, quiero escuchar al Padre, amarle y hacer su voluntad.

Dios nos ha entregado un gran regalo: nuestro cuerpo:
1. Con nuestros ojos, miramos tantas maravillas que nos envuelven en la naturaleza: la tierra, el agua en los mares y ríos, los árboles con sus formas y colores tan diferentes, los animales… pero de forma especial a las personas, porque ellas nos conocen y nos quieren, y nosotros también les queremos y cuidamos.

2. Con nuestros oídos, escuchamos el canto alegre de los pájaros, el murmullo del agua en el mar o en los ríos, el susurro del viento cuando remueve las hojas de los árboles… Pero con agrado especial escuchamos a las personas cuando nos hablan, nos enseñan la belleza de la creación y de las buenas obras hacia los demás.

3. Con nuestro tacto, sentimos el calor del sol en verano y el frío en el invierno, el agua suave que nos limpia… pero de forma especial las manos cariñosas de cada persona que coge las nuestras, las acaricia y nos hace sentir su compasión.

Pero nuestro cuerpo también puede ver, escuchar y sentir con el interior. No estamos huecos, vacíos por dentro. Dios nos ha concedido una inteligencia para conocer las personas, la naturaleza, lo que ocurre en la vida, y un corazón con el que sentimos el amor, la bondad, la cercanía de las personas que nos quieren. Con el corazón y con nuestra inteligencia también podemos conocer y amar a Dios, pero algo aún más hermoso: descubrir que Él nos conoce y nos ama con un amor sin medida.

Cuando me quedo en silencio, quieto, Si atiendo al tacto, sentiré el frío o el calor; si me fijo en mi mirada, veré la belleza que me rodea; si estoy pendiente de mis oídos, escucharé los murmullos y las voces de las personas.

Dios en su Espíritu se parece un poco al viento. San José de Calasanz lo decía de una forma muy bella:

“La voz De Dios es voz de espíritu que va y viene, toca el corazón y pasa; no se sabe de dónde venga o cuándo sople; de donde importa estar siempre muy vigilante para que no venga improvisadamente y pase sin fruto” (A Narni, 1622)

CANTO: Contigo Jesús, quiero escuchar al Padre, amarle y hacer su voluntad.

Si te sientas en una postura correcta, si atiendes tu respiración pausada, si llamas a Jesús sin prisa, si te atreves a cerrar los ojos, si le pides a Jesús que venga, con insistencia:

Ven Señor Jesús… Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús.

Entonces Dios viene, te acompaña. Está tan cerca de ti que llega a tu interior. Si te distraes, al nombrarle, atiendes a su presencia. Tu cuerpo es como su casa, su morada.

Allí, Él te escucha, te ama. Le puedes hablar, contarle tus cosas, las experiencias más bellas del día y también las dificultades que has vivido. Él te regalará su amor, su paz, su alegría, su compañía…

Así, le invocamos ahora
Ven, Señor Jesús…. Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús.
Jesús, ámame… Jesús ámame
Jesús acompáñame… Jesús acompáñame.
Jesús, visítame… Jesús junto a mi…
Jesús, lléname de tu vida…
tu alegría.
tu esperanza.
¡Qué feliz me siento contigo!

Y te dejas acompañar por el canto: Contigo Jesús, quiero escuchar al Padre, amarle y hacer su voluntad.

 

[De la carpeta 1: Contemplando la creación / Encuentro de oración 5: Escuchar la voz de Dios]