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Celebramos hoy la fiesta del Dulce Nombre de María. Día para el silencio y la escucha, día para mirar a María en una imagen, en un icono, en el dibujo de nuestra entrada, y dejarnos llenar de su bondad, su alegría, su esperanza.

Mirar a María es abrirse a la acción del Espíritu Santo, derramado en tu corazón. Ella es modelo de apertura atenta, de docilidad fiel, de vaciarse del propio querer y pensar para dejarnos habitar por la gracia del Altísimo. El Padre ha pensado en María, en ti, en cada uno de nuestros niños para una vocación y una misión de eternidad.

Alabado sea Dios Padre que la predestinó como Madre de su divino Hijo.

En el silencio de Dios, atendemos nuestra respiración. Dejamos que la paz y la serenidad del Espíritu llenen poco a poco nuestro corazón y nuestra atención se centre en la escucha, en el interior:

Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu Santo.
Envíame tu luz, tu consuelo, tu esperanza.
Tú eres mi Dios.
Te busco… Te llamo… Te invoco…
Ven Espíritu Divino.

Siempre que invocamos reiteradamente en nombre de María, ocurre algo hermoso, misterioso: las muchas circunstancias de la vida que dejan una cierta amargura en nuestro espíritu, van abriendo espacio a una dulzura que deleita nuestro corazón, pacifica nuestra alma y enciende un cariño filial, entrañable hacia nuestra Madre, la Virgen María.

Hoy, miramos a María como una mujer con un destino, con una misión que ha recibido del cielo. Cada persona es como un pensamiento de Dios que el Padre quiere encarnar en un cuerpo, en un lugar, en un tiempo. A veces, nos resulta difícil escuchar, comprender ese designio de Dios para darle forma y cuerpo. Son muchos los engaños que nos desorientan. Pero Dios nos ha entregado a María, para que aprendamos de Ella a escuchar, a aceptar y seguir esa voluntad del Padre sobre cada uno de nosotros. Así, nos convertimos en presencia gozosa y amorosa de Dios.

¿Cómo nos enseña María a acoger el designio que Dios tiene sobre cada uno de nosotros?

1. María es ante todo inocencia, que más allá de una pureza para no pecar, es receptividad profunda ante la presencia del Dios que habita en Ella. Cuando compartimos nuestra vida y oración con los niños; cuando observamos su atención intensa ante imágenes y palabras que cautivan su corazón, entonces descubrimos su capacidad grande para recibir. Los adultos con facilidad nos sentimos capaces para alcanzar los objetivos que nos proponemos. Sin embargo, los niños nos acercan a aquella simplicidad de María que vacía de sí misma, se deja llenar del ser de Dios.

San José de Calasanz, Pobre de la Madre de Dios, aprendió de María y con los niños a responder a la llamada del Padre, dejándole hacer incluso en las circunstancias más difíciles de su vida. Fue necesario vaciarse de sí, para la gracia de Dios colmará su corazón.

En 1643, Calasanz dejó escrito:

“Es necesario antes recoger como concha, para derramar luego a los demás como canales”

2. María también es confianza plena. Cuando el ángel le anunció la Concepción y Nacimiento del Hijo de Dios, Ella con toda sencillez y espontaneidad respondió: “¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?” (Lc 1, 30-34).

Ante la propuesta de Dios, María es confianza, abandono en Dios. Ella presenta en la trasparencia de quien vive con intención recta ante Dios, su verdad a la espera de que Dios mismo inspire el modo de llevarla adelante. Con su “no conozco varón” renuncia a hacerse protagonista de su propio destino, a buscar garantías de éxito, a recurrir a los propios recursos terrenos para encarnar la voluntad que viene de Dios.

Cuando escuchamos la voz de Dios, cuando comprendemos a dónde nos quiere llevar, cuando sentimos miedo y escuchamos las objeciones de nuestro espíritu y de nuestro ambiente, guiados por la gracia, surge ese impulso de confianza y abandono en Dios, que lo deja todo en el corazón de Dios, y le dice: “Me abandono en Ti, ocúpate Tú de ello”

San José de Calasanz dejó escrito en 1628:

Esto quiere decir aquella sentencia tan poco entendida y mucho menos practicada: Si no os hacéis como los niños no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt 8,3). Aprenda esta práctica y procure llegar a esta gran sencillez que entonces encontrará en verdad aquella sentencia que dice: “…con los sencillos tiene su intimidad” (Prov 3,32).

3. María en su SI virginal, es presencia de Dios. A partir de su Hágase, marchó presurosa a visitar a Isabel y su persona irradió gozo y exultación en el Espíritu. Junto a María, comprendemos que encarnar un deseo de Dios es fuente de mucha alegría. Dios no es triste, ni nos abandona en el fracaso de nuestros proyectos, porque al final María, la Estrella de Dios, brilla en la oscuridad. Si seguimos el camino humilde de María, si nos dejamos llenar de la bondad, la humildad, la honestidad de María, entonces cantaremos su hermoso canto de alabanza:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvación.

María, la Pobre de Dios, está toda Ella habitada y conducida por la presencia de Dios, dócil para recoger su amor y su cariño. María es el silencio en el que se escucha la PALABRA eterna del Padre en nuestra carne del mundo; María es la aurora que hace acogedora la LUZ que ilumina a toda persona.

También la Iglesia, las Escuelas Pías, cada niño y niña que se nos confía está a la sombra del Espíritu. Como María, también yo me siento dichoso bajo la mirada del Señor, y deseo decir mi Hágase para que el Hijo de Dios visite el corazón de cada uno de nuestros niños.

En la escuela de María, aprendo el amor al silencio interior, la escucha profunda, en donde la Palaba viene a plantar su tienda entre los niños y los pobres.

Dejamos que el Espíritu nos silencie por dentro… Atendemos nuestra respiración… Invocamos a María, Maestra del silencio, la escucha, el SI incondicional y fiel a Dios:

María, te llamo, ven.
María tú eres inocencia… Lléname de tu verdad.
María, tú eres confianza… Edúcame en el abandono.
María, tú eres presencia de Dios… Enséñame a abrirme a Él.

Y dejo que la dulzura del nombre de María llene mi corazón: María…María…María…