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En la Eucaristía de hoy, escucharemos la siguiente oración: Dios Todopoderoso y eterno, condúcenos a la asamblea gozosa del cielo, para que la debilidad del rebaño llegue hasta donde le ha precedido la fortaleza del Pastor (Oración colecta de la Eucaristía).

Hoy es un día para dejar que este pastor nos lleve sobre sus hombros, descansar en Él y dejarnos conducir por Él.

En los relatos del Antiguo Testamento, ante el fracaso de los líderes de Israel, los Profetas intuyeron a Dios mismo como el auténtico Pastor de su pueblo. “Como un pastor vela por su rebaño, así velaré yo por mis ovejas (…) Las reuniré de todos los lugares sonde se habían dispersado en días de nubes y brumas, nos dice Ezequiel” (Ez 34,12).

Jesús Resucitado, en su encuentro con los discípulos, inaugura esa relación viva, cercana, entrañable que lo constituye en el Pastor bueno que “vela compasivo sobre su rebaño y conduce a los pastos eternos a las ovejas que ha redimido” (Oración comunión Eucaristía).

Dejemos hoy que la bondad y belleza infinita del Pastor Resucitado encuentren acogida en nuestros corazones. Él viene. Con su silbo amoroso nos atrae al interior, donde se comparten los secretos más íntimos. Orar es quietud, escucha, silencio, dejarnos llevar por Él a donde nos espera. Pero no sabemos el camino.

Le invocamos:

Ven, Señor Jesús… Ven, Señor Jesús…

A ti clamo… Respóndeme

Jesús, guíame… Jesús, llévame contigo

Atráenos, Señor, hacia Ti.

Jesús Resucitado que vive en nosotros, se convierte en el Pastor que nos atrae a lo profundo de nosotros mismos porque conocemos su voz.

Durante este tiempo de Pascua, el Espíritu Santo nos va revelando quién es el Resucitado para cada uno de nosotros. Es un camino pausado, en diálogo y encuentro. Desde los inicios, los cristianos expresaron su relación con Él por medio de diversos símbolos. La imagen del Buen Pastor fue especialmente sugerente.

Jesús es el pastor bueno que en su bello misterio nos atrae. Realiza algo muy hermoso: da la vida por las ovejas. Al asalariado que no es pastor, no le importan las ovejas. Las utiliza en beneficio propio, las domina con violencia y dureza (Ez 34, 4-5). Ellas se dispersan, desorientadas por valles y montañas. Mal alimentadas, enferman. Cuando ve venir al lobo huye, las abandona. ¡Qué fácil es dominar y aprovecharse de los niños indefensos, desentenderse de sus necesidades, dejarlos desamparados y necesitados de guías que les conduzcan a los verdaderos pastos de vida!

Jesús es el pastor bueno porque da su vida por las ovejas. Es cierto que en su Misterio Pascual dio su vida por nosotros. Pero, ¿cómo da hoy su vida por nosotros?

En primer lugar, compartiendo nuestra vida. No estamos solos. Aunque estamos expuestos a tantas ideologías y estructuras que despersonalizan, Él habita con nosotros, comparte nuestros dolores, nos escucha, siente junto a nosotros, nos ofrece su paz, su alegría, inspira nuestros mejores deseos e ideales. Él se preocupa y cuida de cada una de sus ovejas.

En segundo lugar, nos llama por nuestro nombre, a seguirle, nos suscita el deseo de mirarle, de conocerle, de entrar en la dinámica de perder, ofrecer, entregar la vida libremente para hacernos pobres y pequeños, sabiendo que Él es nuestra riqueza.

En tercer lugar, nos ofrece su Palabra que ilumina los entresijos de nuestro interior, derrama su perdón en nuestros dolores, guía e inspira nuestros pasos y decisiones. Es el tesoro escondido que nos revela el corazón de Dios.

En cuarto lugar, si permanecemos cerca de Él, nos conduce a los pastos más deliciosos y Él mismo se nos ofrece como el alimento que sacia el hambre de felicidad: Yo soy el Pan de Vida.

Al entregar su vida, entabla una relación única con cada una de sus ovejas: “Conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, igual que las mías me conocen y yo conozco a mi Padre”, nos dice. Nuestro pastor tiene algo que cautiva el corazón de sus ovejas. Cuando uno habla de sí mismo, de sus conocimientos, de sus proyectos… en su propio nombre, los pequeños del Evangelio se aburren y vislumbran que eso es demasiado poco, que no responde a sus inquietudes más profundas.

Pero cuando escucho la voz de Jesús, resuena otra voz, la del Padre; entonces intuyo que Jesús, humilde y manso de corazón, es el Pastor Bueno, bello en su identidad, porque el Padre habla en sus palabras. En el interior, ante las heridas de la vida, puede surgir un cierto temor o rechazo ante el Creador y Señor de la creación. En el tono dulce y cordial de la voz de Jesús, resuena la Palabra del Padre. A la luz de Dios, nuestro corazón sana, se rejuvenece, porque en esa relación de corazón a corazón con Él, sentimos una paz entrañable que es aceptación de nuestro ser en su misterio de cruz y resurrección. Entonces, así como las ovejas aman al buen pastor, yo también le amo con locura, le obedezco, le sigo y me dejo conducir.

En nuestra Oración Continua, los niños paulatinamente van identificando la voz del Buen Pastor. Al principio, dispersos en los muchos estímulos que exteriorizan. En el silencio y la serenidad van identificando la voz, la llamada, el silbo amoroso de Jesús. Guiados por su presencia y sus palabras escuchadas, guardadas y oradas, progresan en la amistad con Él, sintiéndose conocidos, aceptados, acogidos incondicionalmente por Jesús. Así se inicia un camino de amistad que, en la Eucaristía celebrada y adorada; alcanzará su plenitud.

En la exhortación a los Superiores, san José de Calasanz dejó escrito:

“…como buenos pastores de la grey del Señor, han de proveer primero que a las propias, a las necesidades espirituales y corporales de las ovejas que les han sido confiadas, preguntándoles a menudo si les falta algo necesario a la comida y al vestido, y proveyéndoles según la pobreza y posibilidad nuestra…”

Quien ha recibido el carisma calasancio, también encontrará en el buen Pastor guía e inspiración para acompañar a sus alumnos, sus hijos, sus niños de la catequesis o del voluntariado… hasta el Pastor que da la vida. Entregando la propia, resonará en su voz, la Palabra del Padre que llama a seguirle.

El Buen Pastor hoy nos convoca a orar. En un encuentro personal de corazón con él. Si es posible busca el silencio, la tranquilidad. Déjate llevar por tus sentimientos más auténticos ante Jesús. Guardamos silencios. Muchas voces del asalariado gritan en el interior. Pero sabemos que el Espíritu Santo habita en nuestro interior. Su clamor acalla las voces de los lobos interiores. Me voy dejando en el corazón del buen pastor. Sé que Él me ha llevado y conducido, incluso cuando he atravesado cañadas oscuras.

Si me ayuda, miro la imagen que preside la entrada. Él es mi pastor que me mira, me habla, me comprende, me guía. Le quiero confiar mis inquietudes y preocupaciones. le invoco:

Ven, Espíritu Santo… Ven, Espíritu Santo…

Buen Pastor, guíame…

Buen Pastor, acompáñame…

Buen Pastor, llévame…

Buen Pastor, llámame junto a ti…