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Virgen pura y santa,

digna Madre del Hijo de Dios,

Jesucristo mi redentor,

también a ti me ofrezco por entero.

Acepta, Señora, mi servicio…

 

Con esta sencilla oración, San José de Calasanz inculcaba a los niños en el ejercicio de la oración continua, la entrega confiada de su persona. El, ya en su infancia, encontró en la Madre de Dios la dulzura y compasión que sólo podía tener su fuente en el corazón del hijo de dios. Junto a él cantamos:

El Padre contemplaba a la humanidad que sufría por el pecado, el mal, las discordias. Enviaba a sus profetas, pero su pueblo no les escuchaba. Decidió enviar a su Hijo, no como un Dios, sino haciéndose semejante a los hombres, con la humilde semblanza de un pobre, en la confianza de que le acogerían.

En Nazaret, vivía María, atenta a Dios, a su Palabra. Ella realizaba sus tareas, vivían en pobreza y humildad. El Hijo de Dios se fijó en ella, era la mujer más digna para ser la Madre de Dios.

María era capaz de acoger a un Dios que venía a nacer, no en un palacio entre gentes poderosas, sino en un pobre pesebre a las afueras de Belén porque ningún vecino le ofreció alojamiento en su casa; que recibió el espíritu divino para anunciar la Buena Noticia a los pobres y oprimidos; que vivió entre pecadores y endemoniados para ofrecerles la sanación de Dios; que murió en una cruz para redimir a toda la humanidad.

María es la Madre que no se avergüenza del abajamiento del Hijo en la encarnación. Ella se deja llevar por ese movimiento que desde el cielo desciende a los lugares más bajos de la tierra, de la humanidad, en la gratuidad del amor de una madre que se dilata en miradas concretas, atentas, cariñosas a los demás; en el silencio que conserva y medita en el corazón; en el encuentro que trasmite la alegría de Dios; en la alabanza agradecida por el don recibido; en la escucha atenta y orante de las palabras del Hijo, junto a sus discípulos. Al contemplar a su Hijo, siente manar de su corazón un amor que da a fondo perdido, que toma siempre la iniciativa de derramarse, aunque sea por el camino de una aventura oscura que incluirá la cruz. Sólo una mujer así, como María, podía reflejar el amor entrañable de aquel seno materno que ya anunciaron los profetas:

¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del Hijo de sus entrañas? Pues, aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Isaías 49,14-15)

Gracias a María, el rostro de Dios Padre ha quedado coloreado para siempre de la ternura, dulzura y esperanza de la maternidad y feminidad de la Virgen de Nazaret. La pobreza es bienaventuranza y la pureza de corazón, bendición. Una maternidad que se proponga en el tiempo de los discípulos de su Hijo, que alcanza su plenitud en las palabras pronunciadas en la cruz: “Mujer, ahí tienes a tu Hijo”, “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27)

En palabras del Papa Francisco, “ser escolapio es, por definición, ser una persona en un estado de abajamiento, un pequeño que se puede identificar con los pequeños, un pobre con los pobres. La historia de nuestra salvación es la historia de un supremo abajamiento: el divino se hace humano, el celeste se convierte en terrestre, el eterno se hace temporal, el absoluto se vuelve frágil, la sabiduría de Dios se convierte en locura y su fuerza se convierte en debilidad; porque la Vida, la verdadera Vida, se abaja hasta la muerte y muerte de cruz”

Pero ser Pobre de la Madre de Dios es algo más sublime, porque es abajarse a los pequeños, con la ternura de la Madre, para alumbrar el nacimiento de su Hijo en el corazón de los pobres de espíritu, a través de la misericordia maternal, en la fecundidad de una fe que se hace solicitud, acogida, paciencia, perseverancia en el amor, cariño en el don. Y sólo así reproducimos la imagen de la Madre.

María baja a las entrañas de cada uno de nosotros para hacernos entrega de su Hijo. Ella es la lámpara ungida con el aceite del amor que nos ofrece a Jesús, LUZ que alumbra a todos los pueblos, e ilumina nuestros ojos para ver, como el anciano Simeón, la salvación que desciende al lugar más bajo y escondido de nuestro corazón.

En el silencio y sosiego de nuestro espíritu, atendemos a nuestra respiración…

Acallamos tantas voces que nos aturden e invocamos a Jesús,

Ven Señor Jesús…,

Ven Señor Jesús…,

Jesús, tú eres pequeño…

Jesús, tú eres pobre…

Jesús, tú desciendes a mi corazón…

Jesús, con tu mirada quiero mirar a los de abajo…,

Jesús, con tu cariño, quiero escucharlos…

 

María, ven a mi corazón…

María, edúcame en el amor….

María, edúcame en el amor que se abaja a los pequeños… a los últimos… María, hazme pobre de espíritu…

 

Y prolongamos la oración con nuestro canto…