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De San José de Calasanz y de los escolapios que nos precedieron, hemos recibido una peculiar vivencia de la presencia de Santa María Virgen en nuestro ser y actuar, en nuestra consagración a Dios y en nuestra vida compartida con los niños y los pobres. Más allá de expresiones que responden a su época y a su ambiente, nosotros hemos recibido su vivencia del misterio trinitario: el Padre eligió a María como Hija; El Hijo, la eligió como Madre; y el Espíritu Santo, como esposa. Esa experiencia de María fue fundamento y guía de la Corona de las 12 estrellas, que brotó en el corazón de Calasanz.

Durante este año litúrgico recién estrenado, y de forma eminente en estos días de adviento, nos acercaremos, de la mano de nuestra Corona al misterio de Dios que derramó sus gracias en el Corazón Inmaculado de María, alma e inspiración de nuestra identidad y vocación.

Alabemos y demos gracias a Dios Padre que la eligió como Hija.

Dios Padre, desde el cielo, observa toda la humanidad. Él ha formado cada corazón, comprende todos sus deseos y decisiones. Sus ojos observan a los que esperan en su amor.

El corazón de María Virgen, en su pureza e inocencia, en su pobreza y humildad ha cautivado la mirada atenta de Dios. Sus ojos se han fijado en ella. Le rogamos que también nos mire con ternura y compasión

Oh Dios, Luz Verdadera,

que en el corazón purísimo

de María Virgen

encontraste una digna morada

para tu Hijo;

Derrama tu Espíritu

en nuestros corazones,

para que también recibamos

la elección de Dios.

María, desde su infancia, sabía que Dios había elegido a su pueblo, entre todas las naciones de la tierra; participaba de las esperanzas de sus contemporáneos. nació en el hogar de S. Joaquín y Santa Ana; Aprendió las sanas tradiciones del pueblo; le educaron en el amor y respeto de la ley de Israel; en el afecto y cariño de unos padres que ya ancianos recibieron a su hija como un regalo del cielo; y en algunas actitudes que abrieron su corazón a la presencia de Dios: el silencio y la escucha; la humildad y simplicidad en su sentir y obrar; el recogimiento y permanente atención a su interior.

A esta “tierra buena” para coger las semillas de Dios (Lc 8,15), el Padre envió el ángel Gabriel. En su silencio, escuchó la voz discreta y amorosa del ángel que paulatinamente le fue desgranando los planes amorosos de Dios.

Alégrate, (Lc 1, 28) fue el primer saludo. La alegría es fruto del Espíritu Santo. (Gal 5,22) Cuando Dios nos visita, cuando Él se fija en nuestros corazones, cuando Él nos llama y elige, derrama su alegría en nuestros corazones. Es un distintivo propio de todos los elegidos de Dios.

Cuando nos dejamos vencer por la tristeza y el desánimo, cuánto bien nos hace dejar que nuestros niños con su mirada limpia e inocente nos contagien esa alegría, confianza y esperanza de quienes miran a lo lejos, al horizonte de luz y vida que Dios traerá a nuestros corazones. En la mirada de cada niño en oración, intuimos esa inocencia y pulcritud del corazón inmaculado de María.

“Muy limpio eres de ojos para mirar el mal”, (Hab 1,13) leemos en la Palabra de Dios. Esta es la mirada que Dios ha dirigido a María. El Padre, cuando la vio, se alegró. En Ella, ha encontrado el ánfora en la que derramar todas sus gracias, que le acompañarán en una vida siguiendo los pasos del Hijo. De Jesús, aprenderá a balbucear su particular “Abbá, Padre” (Rom 8,14-15), a permanecer siempre pequeña y humilde, en plena disponibilidad y adhesión a la Voluntad del Padre (Luc 2, 48-50), a menguar para que Él crezca (Jn 3, 30), a hacer lo que Él diga (Jn 2, 5), porque quien escucha y guarda las Palabras del Hijo (Lc 11, 28), aún en los trances más oscuros de su vida Mat 26, 38-39), recibe la bienaventuranza del cielo (Lc 1, 45), en la plenitud de los hijos de Dios (Jn 1,16).

María ha sido elegida como hija para derramar en los pobres, los niños, los abatidos de espíritu, el consuelo y la bendición del Padre. Ella es la morada de Dios con los hombres (Apoc 21, 2-3).Cuando la invocamos, el silencio, medicina del Padre para una humanidad inquieta y dispersa, se encarna en nuestro interior más profundo y nos afina el oído para escuchar las voces e inspiraciones más delicadas del Padre.

Hace unos días, hemos iniciado el adviento, en el que escuchamos la voz que llama a una atenta vigilancia, al Señor que viene. La oración simple y recogida de los niños se parece a esa buena tierra donde quiere llegar, para derramar sus palabras amorosas; Él quiere derramar con generosidad la gracia de su Espíritu, en la tierra reseca de un mundo que en su lógica no percibe a Dios en los acontecimientos; Él viene a levantar el ánimo de tantos enfermos, iluminar la esperanza ante tantas pérdidas; a proteger a tantos inocentes desamparados.

En el silencio de nuestro corazón, dejamos que el Espíritu nos silencie por dentro… Atendemos nuestra respiración…. Invocamos a María, maestra del silencio: María…María… María, visítame… María edúcame en el silencio… María, edúcame en la alegría del Padre… María, enséñame a ser hijo de Dios…

Y dejamos que el canto se haga oración en nosotros: