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Cuando dejamos que el Espíritu lleve nuestra vida nos encamina por los senderos del abajamiento y el anonadamiento. Ése fue el camino de Jesús. Él se despojó de sí mismo, se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz.

Con frecuencia, nos faltan las fuerzas para seguir a Jesús por el camino de la cruz. S. José de Calasanz dedicó mucho tiempo a leer, meditar y orar con la pasión de Cristo. Pero fue la gracia del Espíritu quien le concedió seguir su camino.

Pedimos al Espíritu, que nos fortalezca, porque queremos seguir a Jesús por la misma senda de Calasanz.

En 1632, el Papa nombró General Vitalicio a San José de Calasanz. Si bien el hecho significó un reconocimiento del Fundador en el desempeño de su oficio, no debemos silenciar el disgusto de algunos religiosos ante la decisión del Papa.

Se escribieron indignos memoriales dirigidos a la Santa Sede en los que mezclaban medias verdades con chismes, exageraciones y aun calumnias, desprestigiando al General y a la orden entera.

Entre las dificultades de aquella primera Escuela Pía, destaca el comportamiento del P. Mario Sozzi en la comunidad de Florencia, que terminó, unido a otros problemas, en la suspensión del P. General y en la reducción de la Orden, el más auténtico Calvario vivido por las Escuelas Pías y su Fundador hasta el presente.

El 16 de marzo de 1646, el Papa Inocencio X firmaba el Decreto de reducción de la Orden. Se trataba de una auténtica sentencia de muerte.

Se aceptó con heroica obediencia, pero con la íntima convicción de que había sido una injusticia. Calasanz mostró una esperanza y confianza inquebrantable, convencido de que el Instituto resurgiría con mayor esplendor. Sirvan de ejemplo estas palabras escritas por el Santo al día siguiente de leer el Breve: “Finalmente ha salido el Breve que confirma la ruina de nuestra religión, pero yo espero que cuanto más la mortifiquen los hombres, tanto más la exaltará Dios”

Una vez muerto el Santo, se inició un camino glorioso que terminó con el restablecimiento de la Orden y la canonización del Santo. La Iglesia reconocía públicamente la santidad y bien obrar de su siervo, José de Calasanz.

En una carta que San José de Calasanz escribe al P. Vicente Berro en 1643 (EP 4120), recoge este hermoso principio de vida espiritual: “Es necesario recoger antes como concha para derramar luego a los demás como canales”. El Santo se adentra paulatinamente en su particular participación en el misterio pascual de Jesús, desde el que acompaña y guía a un religioso que Calasanz estimó entrañablemente. Son tiempos realmente difíciles para el Santo. Su obra se derrumba. Es momento “de gracia”, tiempo providencial en que el Misterio Pascual se encarna en la persona de Calasanz. Ahora, podemos contemplar toda su vida, como una plena configuración con Jesús.

El camino de Calasanz parte de una experiencia cada vez más viva, más llena de sorpresa y gratitud: la entrega de Cristo como el mayor signo de amor. Desde sus primeros años, fue recogiendo las muchas gracias que Dios derramó en su corazón. Nació en una familia cristiana, en la que recibió una exquisita educación y surgió su vocación sacerdotal, desde la que aspiraba a importantes oficios eclesiásticos. Pero el Señor le salió al encuentro en los niños pobres, experiencia del amor y entrega del Señor, que llegó a ser don personal, algo que toca lo más profundo de su persona, le garantiza la certeza de haber sido amado sin límites.

Poco a poco fue descubriendo que la vida recibida, se multiplica derramándola. La presencia de Cristo en los niños pobres, le impulsó a amar del mismo modo, con la misma intensidad, hasta la muerte. Calasanz se entrega en cuerpo y alma a la obra de las Escuelas Pías. Es su forma concreta de vivir la identificación con Cristo. Junto a la cruz de Jesús, aprendió a recoger su amor y derramarlo al estilo del maestro. Poco a poco, comprende que no puede seguir a Jesús de lejos, que cuando se ama de verdad aparece el anonadamiento de la cruz, experiencia definitiva de entrega en el amor. La vida le va conduciendo no sólo a trabajar con Cristo, sino a vivir como Él en un camino que acaba no sólo en la muerte física, sino en la destrucción de aquello que se había convertido en fuente de sentido, motivo inspirador de una vida derramada.

En profundo silencio y sosiego de cuerpo y espíritu, como él mismo nos dice, dejamos que nuestras voces menguan para mejor escuchar la voz de Dios. En silencio, atendemos nuestra respiración, olvidamos nuestras preocupaciones e inquietudes.

Invocamos a Jesús, pausadamente. Ven, Jesús… Ven, Jesús… Ven, Jesús… Quiero recogerme contigo… quiero recoger tu amor… Jesús, aquí estoy como una concha, que las olas del mar llenan una y otra vez… Empapa mi corazón de tu amor y compasión…

Jesús, quiero derramarme contigo… quiero que tu amor llegue a mis niños… a mis compañeros… a mis amigos…

Y cantamos con el canto: Recoger y derramar